Por Cristina Melo Cabrera
Higüey, municipio cabecera de la provincia La Altagracia, ha experimentado un crecimiento extraordinario en población, turismo, inversiones y actividad económica. Sin embargo, ese desarrollo no se ha traducido, en la misma proporción, en soluciones para las necesidades básicas de sus comunidades.
Seguimos enfrentando problemas que parecen pertenecer a otra época: deficiencias en el drenaje y el alcantarillado, deterioro de calles, dificultades en el tránsito, precariedades en los servicios públicos, falta de ordenamiento urbano, deficiencias en el manejo de residuos y otras necesidades esenciales.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede crecer tanto una ciudad y, al mismo tiempo, permanecer estancada frente a problemas que arrastra desde hace décadas?
Una parte de la respuesta está en la calidad de la gestión pública. Cuando las autoridades carecen de visión, planificación, capacidad administrativa y transparencia, el crecimiento económico termina contrastando con las necesidades reales de la población.
El problema no es únicamente cuánto dinero recibe una institución, sino cómo se administra, en qué se invierte y qué resultados produce.
No podemos normalizar el aumento desproporcionado de las nóminas, los gastos innecesarios, los privilegios, las inversiones de escaso impacto social ni la utilización de dádivas como mecanismo para presentar como grandes logros acciones que deberían formar parte de una gestión pública eficiente.
Una autoridad que trabaja bien no necesita fabricar resultados. Los buenos resultados hablan por sí solos.
Por eso, la responsabilidad también recae sobre nosotros como sociedad. Debemos dejar de evaluar a nuestros líderes únicamente por las ayudas que entregan, las promesas que hacen o la cantidad de personas que movilizan en tiempos electorales.
Necesitamos ciudadanos más informados, más críticos y más interesados en conocer cómo se administran los recursos públicos.
La política no debe abandonarse porque algunos políticos hayan perdido la confianza de la población. Al contrario: debemos participar más, fiscalizar más y exigir más.
Cuando la ciudadanía se aleja de la política, deja espacios que otros pueden ocupar sin controles suficientes.
Higüey no necesita autoridades dedicadas exclusivamente a conservar votos. Necesita servidores públicos capaces de planificar, ejecutar, rendir cuentas y resolver.
El desarrollo de Higüey y de la provincia La Altagracia no puede medirse solamente por sus hoteles, sus inversiones o el crecimiento del turismo. También debe medirse por la calidad de vida de su gente.
Porque, al final, el mayor fracaso no es que una ciudad tenga problemas. El verdadero fracaso es acostumbrarnos a ellos.
Higüey merece más. Y para lograrlo, no basta con esperar mejores autoridades: también necesitamos una ciudadanía dispuesta a exigirlas.
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