Ruta lógica de exhibición de una película: ¿Cine primero y streaming después, o al revés?

La actriz Sandy Hernández interpreta a Mlly Quezada en una escena del film homónimo.

A propósito de la situación de Milly, reina del merengue (Leticia Tonos Paniagua). Toda película de altos valores de producción en imagen y sonido clama, en primer lugar, por la pantalla grande.

Por José Rafael Sosa

Santo Domingo, R.D..- La práctica ordinaria para la exhibición de una película de cualquier nacionalidad, si posee una calidad notable en su producción, es estrenarla primero en cines y luego pasarla a plataformas de streaming, por cuanto responde a una lógica económica, cultural, estratégica y de posicionamiento de marca.

Respecto a una película, sus productores aspiran a obtener la mayor cantidad de ingresos en sus diversas ventanas de explotación comercial. El modelo tradicional del cine funciona por “ventanas”, que son cuatro: salas de cine (taquilla), venta o alquiler digital (TVOD), streaming por suscripción (SVOD) y televisión. Cada fase genera ingresos distintos.

Si una película se lanza directamente en streaming, renuncia al dinero de la taquilla, que puede ser muy significativo. Renunciar a esos ingresos resulta una decisión poco lógica desde la perspectiva industrial.

El cine aumenta el valor percibido, debido a que se concibe como un “evento” social; otorga prestigio al producto, lo legitima como obra cinematográfica, forma parte del proceso para aspirar a premios importantes (que regularmente exigen exhibición comercial en salas), genera conversación social y permite llegar al streaming con mayor atractivo. Se produce, además, un impacto publicitario adicional que fortalece la marca y la proyección de la obra.

El estreno en cines produce críticas en medios impresos y digitales, entrevistas al elenco, despliegue en alfombra roja, comentarios en redes y abre el abanico gratuito del “boca a boca”. Esa oleada mediática funciona como promoción indirecta para su llegada posterior a plataformas.

Algunas películas están diseñadas específicamente para la pantalla grande, por ser espectáculos visuales que requieren sonido envolvente. Esto resulta particularmente importante cuando se trata de un espectáculo musical con grandes espacios abiertos como locaciones.

En plataformas, miles de títulos compiten por la atención del público. Un estreno previo en cines evita que la película “se pierda” en el catálogo.

Una película exitosa en la taquilla se vende más cara al streaming, atrae suscriptores y reduce el riesgo para la plataforma. El cine atrae primero a los fans, al público más motivado y a los consumidores dispuestos a pagar más por la experiencia.

Avance oficial del film.

La gran ventaja del streaming es que la película logra impacto en un público masivo y contribuye, en el caso de producciones costosas, a captar ingresos adicionales. Para directores, actores y productores, el estreno en salas consolida su reputación profesional.

La experiencia demuestra que, para grandes producciones, los cines van primero y luego se pasa al streaming, siendo este el modelo más lucrativo.

El estreno directo en plataformas resulta rentable principalmente para películas de presupuesto medio o bajo, como comedias románticas, animación familiar, documentales y producciones educativas o de contenido local.

Para ese tipo de obras, el streaming implica una recuperación rápida y segura, menor riesgo financiero, evita los costos de distribución en salas y ofrece mayor posibilidad de impacto en una audiencia global. La gran desventaja es que el techo de ingresos es limitado, ya que no existen los “taquillazos”.

El modelo más rentable hoy continúa siendo: cine primero, plataforma después.

Una regla práctica de la industria lo resume con claridad:

A) Cuanto más grande la película, más conviene estrenarla en el cine.
B) Cuanto más pequeña o de nicho, más conviene el streaming.

En síntesis, la pantalla grande no solo maximiza ingresos, sino que consagra simbólicamente a la película como acontecimiento cultural. El streaming, en cambio, prolonga su vida útil y amplía su alcance.

Renunciar al cine cuando la obra lo merece no es modernidad, ni estrategia, sino desperdiciar el momento de mayor valor económico, artístico y emocional que una película puede alcanzar ante su público.

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