Imagen ilustrativa.

Por Fidel Soto Castro

La propuesta del presidente Luis Abinader de impulsar proyectos vinculados a cohetes o industria aeroespacial en Pedernales no es solo ambiciosa: es profundamente preocupante. No por lo que promete, sino por lo que revela. Detrás del lenguaje futurista y la retórica del progreso, lo que aparece es una peligrosa mezcla de improvisación, espectáculo y opacidad.

La idea no nace hoy. Se remonta a la IX Cumbre de las Américas celebrada en Los Ángeles en 2022, donde se anunciaron miles de millones en inversiones proyectadas para la República Dominicana. En aquel mismo contexto, la delegación oficial recorrió instalaciones de SpaceX y quedó sembrada la narrativa: el país entrando al club de las naciones que miran al espacio.

Pero una cosa es visitar fábricas y otra muy distinta construir soberanía tecnológica. La industria aeroespacial no se improvisa con discursos ni se instala con decretos. Es uno de los sectores más complejos, costosos y geopolíticamente sensibles del planeta. Requiere décadas de inversión científica, ecosistemas académicos robustos, seguridad estratégica y una institucionalidad que el país sencillamente no tiene.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿esto es política pública o propaganda futurista?

Más grave aún es el lugar escogido. Pedernales no es un desierto industrial ni una zona militarizada. Es una de las regiones ecológicas más frágiles del país, vendida al mismo tiempo como paraíso turístico sostenible. ¿En qué momento se decidió que ese territorio debía debatirse entre hoteles ecológicos y cohetes? ¿Dónde están los estudios ambientales? ¿Dónde el debate público? ¿Dónde las comunidades en esta conversación?

Porque aquí no se trata solo de economía, sino de modelo de país.

La industria de cohetes no es neutral. Aunque se disfrace de innovación civil, su cercanía con aplicaciones militares es innegable. Cada plataforma de lanzamiento tiene implicaciones estratégicas. Cada acuerdo en ese sector arrastra intereses globales. Y cada silencio oficial sobre esos detalles debería encender alarmas.

¿Está el país preparado para entrar en ese tablero geopolítico? ¿O simplemente está jugando a ser actor en una obra escrita por otros?

El patrón se repite: grandes anuncios, pocos detalles. En 2022 se proyectaron miles de millones sin explicar proyectos concretos. Hoy se habla de cohetes sin mostrar estudios técnicos, marcos legales ni evaluaciones de riesgo. La constante no es la innovación, es la opacidad.

Por eso vuelve a cobrar sentido aquella frase atribuida al expresidente venezolano Hugo Chávez: “Vamos de cumbre en cumbre sin resolver nada”. En América Latina abundan los gobiernos que confunden visibilidad internacional con desarrollo real. Y el peligro es que, mientras se venden sueños orbitales, los problemas estructurales siguen intactos.

Nadie se opone al progreso ni a la diversificación productiva. Pero el desarrollo serio no se construye con ocurrencias tecnológicas ni con titulares espectaculares. Se construye con planificación, ciencia, transparencia y participación ciudadana. Todo lo que, hasta ahora, brilla por su ausencia en esta propuesta.

Pedernales necesita desarrollo, sí. Pero no convertirse en laboratorio de experimentos políticos ni vitrina de fantasías tecnocráticas.

Antes de hablar de cohetes, el país merece respuestas básicas: quién financia, quién decide, quién gana y quién asume los riesgos.

Porque gobernar no es lanzar ideas al espacio. Es rendir cuentas en la tierra.

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