Por Marcos José Núñez
El 27 de febrero de este año 2026, parecía ser un día más con la sola excepción de que el pueblo dominicano estaba celebrando su independencia nacional (una de ellas y quizás la más importante de todas) y como cada año, se produce la rendición de cuentas de naturaleza constitucional que hace el presidente de la república ante la asamblea nacional y las demás actividades complementarias en el marco de las festividades de la fecha patria.
Ya en la madrugada del día 28 de febrero, pasadas las tres de la mañana, estando casi la mitad del planeta en sus horas de descanso nocturno, el mundo se ha estremecido con la noticia de que en una operación conjunta de Estados Unidos e Israel, se ha producido un ataque masivo prácticamente por sorpresa a la República islámica de Irán, liderada desde hace 36 años por Ali Khamenei, algo que se sabía que podía pasar, pero que nadie previó que tan rápido o tan temprano se produciría.
Los Estados Unidos y aliados desataron el ataque masivo en contra de diferentes objetivos en el territorio iraní, haciendo uso de armamento, vehículos y máquinas de última generación como misiles tomahawk, aviones F-18 y F-35, así como drones suicidas de bajo costo pero especialmente diseñados para combatir esa misma tecnología en poder de Irán. Según partes de prensa internacionales, en medio de la operación militar especial, habría sido eliminado el gobernante Ali Khamenei, líder supremo del país y principal target de todo el entramado operativo.
A todo esto, el gobierno de Irán ha respondido inmediatamente como necesaria represalia, atacando bases militares de los Estados Unidos en los países circundantes como Bahrein, Qatar y otros lugares. El gobierno de la República Popular China ha reaccionado condenando el ataque e invitando a la conformación de un frente conjunto para hacer que se respete el derecho internacional, en lo atinente a las acciones militares unilaterales que a su entender, amenazan la estabilidad mundial.
Lo cierto es que las tensiones con Irán se vienen acumulando prácticamente desde que inició la actual etapa de ese país, bajo la tutela de los Ayatolas. Las relaciones de ese país con el occidente culturalmente cristiano siempre fueron relativamente cordiales desde hace siglos y solo con el ascenso de la secta chiita del islam al poder en el antiguo reino de Persia, después de la triunfante revolución islámica de 1979, se han agregado nuevas capas de controversia, sobre las ya de por sí muy discutidas relaciones entre el eje Este-Oeste.
No bien habían pasado un par de años de la caída del Shah de Irán, la figura gobernante (reinante durante décadas) y de confianza para entenderse con los hegemones del hemisferio occidental, cuando el régimen de los Ayatolas y su nuevo líder espiritual, Ruhollah Khomeini, comenzaron una larga guerra contra el gobierno militar de Irak, encabezado por el entonces aliado occidental, Sadam Hussein (dicho sea de paso, Irak es la antigua Babilonia) gobernante absoluto de un país de mayoría islámica sunita (rival histórico de los chiitas, parecido a la situación de católicos versus protestantes en occidente), contribuyendo esto último a crear un leve aislamiento de la nueva teocracia de oriente medio, la cual quedó marcada como Estado patrocinador del terrorismo desde 1984.
Uno de los aspectos que ha incidido en las rivalidades entre Estados Unidos de América principalmente y en menor medida de la Unión Europea con Irán, se ha centrado en el hecho de que los principales líderes políticos de esa república islámica han asumido un discurso permanente e imprudente de confrontación con el poderoso Estado de Israel, país que ha sido aliado esencial-tradicional de los intereses occidentales en la región desde su restauración en 1948.
Antes de continuar, se debe resaltar que países de la Unión Europea, China y la administración Obama, hace más de una década, llegaron a un acuerdo mediante el cual, Irán limitaba toda pretensión de seguir adelante con su programa de creación de armas nucleares a cambio de inspecciones periódicas internacionales y el levantamiento de sanciones económicas, pero con el cambio de administración en los Estados Unidos para enero de 2017 y los señalamientos del gobierno de Israel, de que Irán no estaba cumpliendo a cabalidad con lo que se había obligado, potenciando además el terrorismo internacional, al parecer, el acuerdo llamado “Plan de Acción Integral Conjunto”, quedó sin efecto un tiempo después.
Tanto demócratas como republicanos en los Estados Unidos tienen posturas encontradas con respecto al tema y los más recientes ataques a Irán no han contado con el suficiente apoyo institucional a lo interno del gigante del hemisferio occidental. Usted puede estar o no de acuerdo, pero periódicos de prestigio mundial como “The New York Times”, tienen una línea editorial que cuestiona la falta de apoyos y la insuficiente definición de objetivos por parte de la actual administración republicana.
En lo referido al tema que nos ocupa, como se empezó a explicar más arriba, también hay que decir que dentro del mundo islámico, la tendencia chiita que enarbolan los actuales dirigentes teocráticos de Irán y una parte de su población, representa un porcentaje reducido de aquellos que militan en la creencia fundamental inaugurada por Mahoma en los albores del siglo VII. Tanto Irak, como Arabia Saudita, Turquía, Afganistán, Pakistán, etc. son países mayormente sunitas, quienes se ubican alrededor de la República de Irán, manteniendo técnicamente rodeado a ese país y con pocos aliados reales, exceptuando algunos grupos disidentes islámicos dispersos de cierta incidencia en el Líbano, Siria, Bahrein, Yemen, Gaza, partes de Irak y otros lugares, con apoyo solapado en recursos y armas sofisticadas por parte de la Fuerza Quds, sector de la Guardia Revolucionaria de Irán, según reportes.
La política exterior de ese país ha consistido tradicionalmente en apoyar países con gobiernos o sistemas políticos adversos a los intereses occidentales, allí donde sea que se encuentren, como fue el caso de la Venezuela chavista hasta hace poco, para poner un ejemplo cercano. También se ha denunciado vínculos con grupos terroristas considerados de alto peligro como residuos de Al-Qaeda, Hezbolá, Hamás, los Hutíes y en las últimas décadas, se han abocado de manera reiterativa, en ir tras la búsqueda de obtener uranio enriquecido, para los fines de consolidar un programa de creación de bombas nucleares con todo lo que eso implica para la seguridad nacional de países que les adversan.
En un pasado no muy lejano, ya vimos lo que puede causar el uso de armas nucleares sobre poblaciones civiles indefensas en medio de una cruenta guerra total. Aunque estamos conscientes de que el complejo industrial-militar de Estados Unidos y aliados, necesita dentro de su lógica de vigencia, tanto en lo económico como en lo geopolítico, el que haya frecuentes conflictos bélicos para intervenir a su manera y conseguir ciertos beneficios, éstos se verían legítimamente compelidos a actuar, cuando se presenten provocaciones de países rivales o precipitaciones de otros distantes de su órbita pero que revistan algún interés y que coadyuven a crear un ambiente propicio para ello.
De manera comparativa, podemos explicar brevemente la llamada “Pax Romana”, que permitió durante más de dos siglos al imperio romano ampliar sus horizontes de desarrollo, su riqueza material y sus fronteras de dominio civilizatorio, llevando la guerra a otras regiones del globo, en tanto a lo interno del imperio, hubo una relativa paz, aunque luego de manera casi inexorable vino el declive, como efecto del mismo modelo de conquista que los llevó a la cima más alta del mundo antiguo.
Sin embargo, en términos normales, ningún país, ninguna nación, ningún reino, ningún imperio o potencia crece de manera sana, orgánica, robusta y duradera, teniendo como vehículo predilecto, la instrumentalización de la guerra. Como hemos planteado, los grandes imperios de la antigüedad y las potencias contemporáneas han prevalecido a través de distintos tipos de conflictos, eso es cierto, pero siempre pagando un costo muy alto en vidas humanas y pérdidas materiales. Y si eso ha pasado con los poderosos, que no sucederá con los países más pobres o más pequeños que se vean directamente arrastrados o indirectamente envueltos?
Con el agravante de que las armas al uso y las tecnologías bélicas de esta época de la humanidad es probablemente con diferencia de las más mortíferas que han existido nunca. ¿Qué pasaría con la humanidad, el día que varios de los miembros del club de países con armas nucleares decidan por ligereza o en un acto desesperado, hacer uso de su arsenal para subyugar o derrotar al otro o los otros?
Solo para algunos países grandes, la guerra puede ser netamente productiva o un objetivo altamente rentable y beneficioso pero sólo hasta un punto, luego deviene un periodo de cierta decadencia cíclica, como hemos resaltado, mientras que para la inmensa mayoría de los casi 200 países reconocidos en el mundo, las conflagraciones bélicas a escala mayor o menor, resultan bastante inconvenientes sino desastrosas o realmente trágicas, como se puede ver en los conflictos reiterados entre etnias y naciones africanas -destruyendo vidas, bienes y posibilidades de progreso,- que no parecen terminar. De ahí que, la guerra sea siempre el último recurso a agotar para resolver algún diferendo o enfrentamiento.
Con la globalización o sin ella, por lo general, las naciones crecen mejor cuando hay paz y tranquilidad, ya que esto garantiza convivencia social, solidaridad, cooperación, integración, progreso y competencia deseable. No huelga decir que gran parte de los inventos patentados que han contribuido al avance de la civilización humana, trayendo innovación y desarrollo, fueron creados por el ser humano en notables periodos donde hubo paz y concordia, aunque hay muchos casos en que el uso de las invenciones, derivó posteriormente para fines exclusivamente bélicos, como hemos señalado y ligeramente en menor medida, han sido fantásticas creaciones de los militares que han migrado hacia el uso provechoso de la generalidad de los civiles.
La estabilidad y relativa prosperidad de que el mundo goza hoy, innegablemente se originó en el resultado victorioso para los aliados en la segunda mundial, quienes diseñaron un nuevo orden mundial de instituciones sólidas pero, el vivir en distintos tipos de guerras o pasar a esquemas bélicos permanentes, desgasta a los países que se involucran, sin importar su poder o tamaño; tampoco podemos ignorar que esos procesos de luchas fratricidas podrían conducir eventualmente a la desaparición de la vida sobre la tierra tal y como la conocemos.
En consecuencia, los seres humanos cansados o preocupados por las guerras, independientemente del realismo geopolítico, debemos abogar ante el mundo por la creación, activación o preservación de mecanismos de prevención o resolución de conflictos que garanticen la paz por sobre las guerras híbridas regionales o globales, siempre como la norma y no como la regla no escrita o la excepción a la regla.
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