Por Marcos José Núñez
El binomio izquierda-derecha definió casi desde su concepción, el posicionamiento de liberales como aquellos que luchaban en líneas generales por Estados laicos pero respetuosos del Clero, cambios políticos de cierto nivel con reformas de modernización estatal, versus los conservadores, quienes se asumen como defensores del fortalecimiento del vínculo Estado-Clero, promotores de la seguridad estatal y protectores sociales de las tradiciones nacionales.
Y en esa línea, desde aquella diada clásica y simple de izquierda-derecha o liberales vs. conservadores, hoy día existe una miríada de ideologías, tendencias políticas o corrientes de pensamiento –según usted lo quiera ver- que ocupan un espacio en las sociedades democráticas contemporáneas como son los conservadores, liberales, libertarios, ultra-conservadores, ambientalistas o verdes, progresistas, laboristas, socio-liberales, socialdemócratas, socialistas democráticos, comunistas, entre otros, entendiendo que existen dos polos, aunque podría haber tres o más, como resaltamos anteriormente.
Sin embargo, como se puede observar con detenimiento, en la mayoría de los casos (no descartamos que haya excepciones), se trata de diferencias por matices en cada lado: un conservador hoy día es un moderado de derecha frente a un ultraconservador quien también es de derecha, pero este último está más cerca del fascismo histórico y del extremismo –sin llegar hasta ese punto- que de cierta ecuanimidad que atañe al momento actual que vive el mundo.
No obstante, el dato interesante a subrayar es que detrás de esa caterva de matices ideológicos tan variados como tonalidades de colores o espectros de luz, es muy raro encontrar -sino imposible- un ser humano que desde el punto de vista ideológico sea 100% de una tendencia específica.
Ninguna persona es completamente liberal o completamente conservadora, sino que cada individuo incorpora rasgos de una u otra visión ideológica en su mentalidad, en razón de las influencias socio-ambientales de las que se va nutriendo su pensamiento y que se puede expresar políticamente; por tanto, existe una retroalimentación sucesivas de experiencias hacia el ser social.
El pensar está supeditado en gran parte al ser social y no el ser social subordinado al pensar como se ha creído por mucho tiempo, y es que la realidad es un poco más compleja de ahí, como hemos ido viendo.
Antes de continuar, debemos acotar que no se puede hablar de ideologías refiriéndose exclusivamente a aspectos sociales de las personas sino también al sistema económico que las sustenta y en este caso (como hicimos en el trabajo de opinión anterior y seguiremos en el actual) al capitalismo vencedor de la guerra fría y sus sucesivas mutaciones; en definitiva, este sistema señalado fue, es y será hasta nuevo aviso, con todo y las crisis cíclicas que genera por fallas intrínsecas (debido a que ningún sistema social, político o económico es perfecto), lo que va a imperar en gran parte del globo terráqueo.
Sobre la decantación social y pluralidad del espectro ideológico, el italiano Norberto Bobbio, plasmó a través de su obra política literaria, su posición contraria a la excesiva ideologización, su apoyo con cierta crítica constructiva al capitalismo e igualmente a la democracia como el mejor sistema político al menos para occidente; y la necesidad de rechazar los extremismos ideológicos sin importar las polaridades. Pareció aceptar y entender -a pesar de ser un hombre de izquierda-, que matices como el centro/derecha y la centro/izquierda son tendencias ideológicas aceptables para administrar el gobierno de nuestros países en este hemisferio, no obstante su opinión exclusivamente personal de que la derecha tiene más connotaciones negativas que positivas.
El escritor Fernando Savater en un seminario a propósito del enorme trabajo literario desarrollado por Norberto Bobbio, respecto de las ideologías políticas en la época actual, plantea según él, que es evidente que la diada tradicional se mantiene solo que con algunas modificaciones, al constatar el hecho de que vivimos en sociedades de ambidextros, es decir, de personas que no son químicamente puras de izquierda o de derechas, sino que hallamos una inmensa mayoría que tienen componentes conservadores o liberales en su forma de pensar y que eso mismo es parte normal de la contradicción intrínseca del ser humano, de la cual solo se libran los locos, quienes según el propio Savater, son los únicos sin contradicción aparente o monotemáticos en su quehacer.
Un ejemplo claro, meridiano y oportuno acerca de la no existencia de personas ideológicamente puras en sociedades como las nuestras y bajo un sistema económico como el dominante, lo constituye el ex presidente estadounidense, Ronald Reagan, quien fue ampliamente considerado, incluso a través de la valoración de encuestas muy conocidas en su momento, como el presidente más social y políticamente conservador que había tenido su país en más de doscientos años de vida institucional.
Actor de películas clase “B”, cronista y locutor deportivo, vocero y conferencista, Reagan pasó de ser un demócrata liberal, bastante identificado con las políticas cercanas a las ideas socialdemócratas del “New Deal” del presidente Franklin Delano Rosevelt, a volverse profundamente conservador a mediados de los años cincuenta, plenamente convencido luego de las ideas enarboladas por la derecha republicana recalcitrantemente anti-comunista.
Para puntualizar y que se entienda mejor el asunto, Reagan en su juventud siendo dirigente comprometido de la rama artística del Partido Demócrata, hizo fuerte activismo político-sindical a favor de sus colegas de profesión, lo que le valió ante los ojos de sus compañeros, el mérito de ser elegido más adelante como presidente del poderoso gremio artístico llamado “Screen Actor’s Guild” o Sindicato de Actores de la Pantalla, una de las asociaciones más influyentes de ese gran país. Y sin que esto sobre decirlo, los sindicatos o gremios contemporáneos, se originan en gran medida en las ideas del socialismo sobre la unidad y la organización de los trabajadores.
Lo primero que vendrá a la cabeza los lectores es que las personas tienen derecho a evolucionar o variar su forma de pensar, lo cual es correcto, normal y legítimo, pero el caso en cuestión, resaltamos que ocurre en medio de la guerra fría y ante lo que parecía ser un peligroso avance de las ideas socialistas que negaban en su totalidad al sistema capitalista del que Estados Unidos era y es todavía líder del mundo, moviendo a Reagan hacia otro lado de la diada y haciéndolo cambiar de opinión.
A poco de iniciarse aquel prolongado proceso de tensión geopolítica bipolar conocido como la guerra fría en 1947, en Estados Unidos empezó igualmente un proceso de persecución a personas consideradas por el establishment de ese momento como peligrosos simpatizantes del Partido Comunista y al frente del cual estuvo entre otros, el senador Joseph McCarthy, quien adoptó un esquema de denuncias y acusaciones sistemáticas, amparándose en su condición de influyente legislador, presidente de la Subcomisión de Investigación del Senado y promotor del poderoso Comité de Actividades Antiamericanas. En medio de todo ese maremágnum de cosas y durante la siguiente década, la clase artística fue investigada de arriba a abajo y Reagan, quien poseía un liderato y una reputación sólidamente construidos en ese sector, cooperó con las autoridades del FBI en la elaboración de la llamada «Lista Negra» para la delación de posibles actores o empleados de la industria, sospechosos de estar comprometidos clandestinamente con el avance del comunismo internacional; es a partir de esa etapa que el futuro presidente No. 40 de los Estados Unidos comienza a abjurar seriamente de su adhesión a los muy tolerantes liberales de la política estadounidense y se aproxima gradualmente al sector conservador y por tanto, menos indulgente, mediante el cual finalmente, haría eventualmente una exitosa carrera hacia el ejercicio del poder total.
Para que se tenga una idea del proceso de viraje ideológico de Reagan, éste fue tan lejos como para dar su apoyo de cara a las elecciones presidenciales de noviembre de 1964, al candidato más ultraconservador y extremista que ha habido en contienda alguna en los E.E.U.U. el senador republicano de Arizona, Barry Goldwater. En la convención nacional republicana de ese año, Reagan dió un discurso histórico al que se le tituló como “A time for choosing” o “Tiempo de elegir”, tan trascendente y con tanta gracia que opacó la escogencia de Goldwater y posicionó a Reagan de tal forma que, tan solo dos años después, sería electo gobernador del Estado más grande de la unión americana, el Estado de California al oeste, en la costa del pacifico.
Después de ocho años de un gobierno estatal con algunos logros y en el que llegó a combatir con fortaleza, movimientos estudiantiles liberales, opuestos a la guerra de Vietnam y a otros temas de política doméstica, Reagan se presentó como precandidato republicano a la presidencia de su país para la convención nacional de 1976 y la prensa estadounidense que en su mayoría siempre ha sido de tendencia liberal, lo tachó de ser una propuesta de candidatura del “far-right” esto es, casi de ultraderecha.
Reagan logró eventualmente alcanzar la presidencia de Estados Unidos en 1980 (siendo el primer presidente divorciado y artista en llegar a la Casa Blanca a través de un partido socialmente rígido y conservador) y con su ascenso, inauguró la etapa moderna del movimiento conservatista, los llamados actualmente como “Neocons” o “Neoconservadores”.
Ya en el gobierno, el presidente en ejercicio que tuvo las agallas de despedir a más de 11 mil controladores aéreos por considerar que hacían una huelga inconveniente, considerando este tipo de protestas como algo “socialista”, fue el mismo que como gobernador de California había sido un convencido ambientalista (y por tanto liberal de tendencia verde en este punto), protegiendo las zonas boscosas y las áreas naturales del territorio del estado de la construcción de proyectos inmobiliarios, represas y autopistas.
En un giro que podría parecer incomprensible, pero contextualizado frente al secuestro de una famosa heredera por un grupo extremista de izquierda que exigía una serie de demandas sociales a cambio de producir la liberación, mientras Reagan ejercía todavía de gobernador, este afirmó que “era un buen tiempo para un brote de botulismo” (es una enfermedad producto de contaminación bacteriana de alimentos y aguas que convertida en toxina podría usarse incluso como arma biológica), declaración por la que luego tuvo que pedir perdón a la prensa.
El presidente Reagan que decidió recortar masivamente impuestos varias veces en sus dos periodos, hacer desregulaciones masivas, reducir los fondos para atender la salud mental, aumentar el presupuesto de defensa para reforzar a las Fuerzas Armadas -todas estas políticas entendidas como totalmente conservativas en el contexto político estadounidense- fue el mismo presidente Reagan que hizo una amplia reforma migratoria para beneficiar a 3 millones de indocumentados, añadió en varios miles más la cantidad de empleados públicos, elevó por mucho el déficit fiscal, subió el techo de la deuda varias veces y triplicó la deuda federal, estas últimas medidas, de mayor gasto y endeudamiento, típicas de gobiernos demócratas y por tanto liberales de izquierda, en el contexto político e ideológico estadounidense.
El mandatario que decidió desocupar el Líbano, después de que allí unos terroristas eliminaran a 248 soldados de la infantería de marina, algo que regularmente hacían gobiernos liberales y por tanto, más pacifistas, fue el mismo que como ya dijimos, había incrementado por mucho el presupuesto para gasto militar. Y mientras fue gobernador de California, firmó una ley que permitía el aborto bajo ciertas condiciones en el Estado, aun cuando había sido electo por un partido y una plataforma conservadores, muy opuestos a este tipo de política.
Como candidato a la presidencia de Estados Unidos, Reagan declaró que las palabras más terribles que un ciudadano podía escuchar en esa época eran las siguientes: “Soy del gobierno y estoy aquí para ayudar”, definiendo con esto que creía fielmente en un gobierno más pequeño y eficiente, algo perfectamente entendible desde la óptica del conservatismo moderno, ya aliado desde ese entonces de la inseparable doctrina económica neoliberal y sin embargo, como ejecutivo nacional, Reagan actuó en lineamientos generales como un moderado y pragmático.
Este dirigente político norteamericano, ejemplifica ampliamente lo que indicamos, sobretodo en un contexto de tensión ideológica bi-polar en el que sus rivales del “Imperio del Mal” (denominación que Reagan aplicó basada en una saga de películas muy populares en su momento) que encarnaba la anticapitalista, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la que proyectaba una fuerte vocación expansiva hacia todas partes del mundo.
También en el interesantísimo libro “Grandes Biografías: Winston Churchill” ejemplar que estuvo en nuestras manos y desafortunadamente perdimos, se narra de manera puntual y detallada como ese gran político, estadista, escritor y Lord del Almirantazgo de Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, hombre clave en las victorias de su país en la primera guerra mundial pero sobretodo en la segunda gran guerra, también osciló ideológicamente (quizás lo hizo por pura conveniencia coyuntural en su momento) fue independiente y militó también en los dos principales partidos con presencia parlamentaria como lo eran a principios del siglo XX, el Partido Liberal o Whigs y el Partido Conservador o Tories.
Para el varias veces Primer Ministro Churchill, quien originalmente estuvo en el conservadurismo, organización con la cual había nexos familiares heredados por su condición social, los cambios de lado, de banca o de chaqueta, no constituían una claudicación de sus principios, los que se mantenían inalterables, según el mismo aducía, sino que aquello sucedía en contextos en los cuales se mostraba en desacuerdo con su facción originaria en temas de políticas públicas en materia comercial, fiscal e impositiva y ante las crecientes amenazas del socialismo expansivo vía el laborismo británico, el cual descalabró electoralmente al anteriormente antagónico liberalismo-democrático inglés, razón por la cual Churchill seguía definiéndose a sí mismo como un tory-demócrata, no obstante los vaivenes señalados anteriormente.
Como se puede observar, hay aspectos complejos de la evolución humana e historia política de las naciones en casi todas las épocas que respalda lo enunciado aquí. Y es que hasta del cristianismo de Pablo de Tarso, las prédicas de otros apóstoles de Jesucristo y las interpretaciones posteriores de las enseñanzas directas del hijo de Dios, se desprendieron corrientes de pensamiento e ideas que impulsaron -con todo y la violencia armada posterior- a la revolución inglesa, la gran revolución francesa, el proceso libertario estadounidense, las independencias latinoamericanas e incidió parcialmente en la aparición del comunismo, el socialismo y sus distintas variantes o movimientos.
Sin ánimos de aleccionar pero sí de poner ejemplos e ilustrar, está claro que una misma persona, proceso político, idea disruptiva o doctrina novedosa puede derivar sobre sus seguidores a través de las edades, hacia direccionamientos sistémicos e interpretaciones ideológicas, virtualmente opuestas o divergentes, según los intereses o puntos de vista, algo muy humano, como veremos más adelante.
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