Por Miguel Ángel Cid Cid
cidbelie29@gmail.com
La gente, si te dice algo del gobierno lo hace en voz baja, casi en secreto. Pero primero se agacha para ver a uno u otro lado. Pretenden verificar si hay alguien espiando en los alrededores. ¡Qué miedo!
El grado de desconfianza se arraigó en el dominicano inducido con el maltrato impuesto por los principales líderes históricos del país. El Dr. Antonio Zaglul Elmúdesi menciona a “Lilís, Santana, Báez, Trujillo, etc.”. Yo incluyo a Balaguer porque él refinó las técnicas para construir el miedo colectivo.
El psiquiatra se remonta más atrás y señala que la paranoia el dominicano la arrastra desde “Nicolas de Ovando, de Osorio, de Bobadilla, de Colon” inclusive.
La paranoia. ¿Qué es? Los psiquiatras y psicólogos la definen como una enfermedad mental que consiste en fijarse una idea o un orden de ideas con el que todo guarda relación. En buen dominicano, todo lo que sucede a su alrededor es un “gancho”.
Zaglul, médico psiquiatra petromacorisano, en el artículo: “El gancho: la paranoia del dominicano”, refiere que: “Entre la verdad y el error media un trecho, y en ese trecho nos ubicamos”. O sea, el dominicano no vive en la verdad, pero tampoco en el error.
Una analogía más popular podría ser, por derivación —sin ánimo de enmendar la plana del Dr. Zaglul— que los dominicanos viven entre Luca y Juan Mejía.
La dualidad descrita por Zaglul podría ser la semilla que hace del dominicano un ser que teme a la crítica como el diablo a la cruz. Que lo convierte, por el contrario, en un sujeto dado a los elogios mientras está en público.
No obstante, cuando este sale del escenario público da riendas sueltas a su percepción sobre los temas tratados. Es decir, en sus círculos más estrechos el dominicano suele desahogarse.
— Oye, yo no dije nada porque nadie sabe si decir algo contrario pueda traer algún problema— expresan.
Con esta forma de vida la crítica se ha convertido —en los intelectuales, inclusive— en algo pecaminoso. La norma es ser complaciente con amigos, actitud que puede explicarse, pero no justificarse. Sin embargo, la complacencia es mayor cuando quien expone es un desconocido. Y peor si son presentados con currículos abultados.
“El gancho” del que escribe Zaglul está hasta en la sopa, y en la misa también. Se percibe cuando se trata de cuestionar una instancia social, la opinión suele expresarse bajo un manto misterioso. Pero el verdadero “gancho” esta cuando se trata sobre la gestión de gobierno —sea el gobierno nacional o el local.
El dominicano lleva la sospecha al extremo, sin pensar en el daño que esa paranoia pueda acarrearle. Conviene, por tanto, mantener la duda legitima como mecanismo de defensa. Pero a la vez, sería recomendable comenzar a dosificar el gancho para curar la paranoia.
En suma, convendría a los dominicanos dejar de desinhibe en privado para recurrir menos a las reprimendas de sus emociones en público. Porque, a fin de cuentas, como dicen los aguiluchos: cuál es el mie’o.
Nota: Para este trabajo se consultó el libro: Apuntes del Dr. Antonio Zaglul Elmúdesi, Ediciones Cielonaranja, 2025.
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