Por Hanna Bueno
Por más que intentemos maquillarlo con discursos de progreso, lo ocurrido con Delvis Carlos Abreu Quezada es una de esas tragedias que despojan a nuestra sociedad de sus vestiduras y la dejan en carne viva.
Un humilde ayudante de camión recolector de basura termina linchado a puñaladas por una turba dentro del parqueo del Palacio de Justicia de Santiago.
La ironía es macabra: mientras en los despachos superiores se dictan sentencias en nombre de la civilización, en el asfalto del estacionamiento se ejecutaba una pena de muerte sumaria. El lugar destinado a administrar la ley se convirtió en el matadero de la justicia.
Este caso no es una anomalía; es el síntoma final de un cuerpo social descompuesto.
Fallaron los servicios de emergencia, víctima de su propia burocracia.
Llegaron, sí. Pero cuando un hombre se desangra por una herida femoral, la puntualidad no es un lujo, es la diferencia entre un susto y un funeral. No necesitamos ambulancias de adorno ni choferes con sirenas; necesitamos personal que sepa que, en esos minutos, el protocolo más importante es detener la vida que se escapa. Llegar para simplemente levantar un cuerpo es aceptar que el sistema solo sirve para certificar muertes, no para evitarlas.
Falló la seguridad del Palacio de Justicia, el refugio que fue trampa.
Es un insulto a la inteligencia ciudadana. Un hombre huye despavorido buscando el amparo del Estado y encuentra las puertas abiertas para sus verdugos.
¿Para qué sirven los perímetros, las garitas y los uniformes si el territorio de la ley es tierra de nadie? La cultura del “no te metas” ha permeado incluso las botas de quienes juraron protegernos.
Falló la ciudadanía, enferma de morbo.
Mientras un ser humano agonizaba, el público prefirió el encuadre perfecto al torniquete urgente. Cambiamos la solidaridad por el «like».
La hija de la víctima tiene razón: la indiferencia mató tanto como el cuchillo. Nos hemos convertido en una sociedad de directores de cine de lo trágico, donde grabar el horror es más importante que socorrer al prójimo. Y falló, sobre todo, el país.
Falló una Policía que reacciona por espasmos ante la presión mediática. Falló un Estado que no garantiza la vida ni en la puerta de sus instituciones. Fallamos todos al permitir que la «justicia por mano propia» sea el código penal de las calles.
La muerte de Delvis no debe ser el trending topic pasajero de un fin de semana. Debe ser el punto de inflexión. Si no somos capaces de proteger a un trabajador municipal en las escalinatas de un tribunal, entonces nuestras leyes son solo papel mojado y nuestras instituciones, puro teatro.
Y el país ya se cansó de la función. Si mañana eres tú quien corre buscando refugio en la justicia, ¿estás seguro de que las puertas se abrirán para salvarte o solo para dejar pasar a tu verdugo?
No lo sé…
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