Por Flavio Holguín
En la política dominicana, la oposición no es tan sólo un ejercicio decorativo, ni una tribuna para la emisión de discursos perfumados, donde se pierde la fragancia con el paso del viento.
La oposición, cuando es auténtica, es incómoda, es incisiva, perturbadora y profundamente desafiante del poder.
La misión de la oposición no es adornar la democracia, sino restregarla hasta una impalpable blancura, es tamizarla y sacudirla cuando el poder se vuelve arrogante, insensible, abusivo y cuando se aleja de su base de legitimidad.
Cuando la oposición renuncia a ese papel y se refugia en la comodidad de meras denuncias protocolares, deja de ser una fuerza transformadora y se convierte en un instrumento cosmético del mismo sistema que debería confrontar y cuestionar.
En la República Dominicana hoy dia, esa realidad pasiva por parte de la oposición, comienza a dibujar un esquema político sumamente preocupante, ya que esa actitud no puede seguir ignorándose, dada la magnitud del comportamiento desaprensivo y pandillero del Partido Revolucionario «Moderno».
Si algo nos enseñó la franquicia política del PRD y hoy PRM, durante sus años fuera del poder, fue precisamente su extraordinaria capacidad para ejercer una oposición feroz e incisiva. Nunca practicaron o ejercieron una oposición tibia o moderada. Siempre fueron una milla más lejos, radicalizando el discurso. Sembraron confrontación permanente, promovieron protestas incesantes, desarrollaron agudos y estruendosos cacerolazos, alimentaron el caos político y tensaron la cuerda institucional hasta más no poder.
Quienes recuerden el papel realizado por el PRD y el PRM, durante su tiempo de oposición, deben saber que nunca lo hicieron improvisadamente. Lo hicieron con métodos. Financiaron plataformas comunicacionales y desde el Congreso salían ácidos e incendiarios pronunciamientos, por parte de sus legisladores; construyeron narrativas agresivas y diseñaron una maquinaria propagandística orientada a desmontar, desacreditar y satanizar lo que, objetivamente, fue una de las etapas de mayor transformación económica, institucional y de desarrollo en infraestructura que haya vivido la República Dominicana, como fueron, de manera mayoritaria, los primeros períodos del otrora Partido de la Liberación Dominicana (PLD).
Esa fue la escuela política del PRM: la confrontación permanente.
Pretender enfrentar una maquinaria de esa naturaleza con una oposición ambigua, sinuosa, académica o excesivamente correcta, sería tan inútil como lanzarle una flor a un cerdo. La flor representa la elegancia del argumento, el cerdo, hundido en el fango, desconoce su esencia.
En política, los métodos deben corresponderse con la naturaleza del adversario.
Existe un refrán dominicano que dice: «Frente al tigre debes comportarte como un loco y frente a un loco debes comportarte como un auténtico tigre». Es decir, en política debemos ponernos a la altura de las circunstancias.
Es imperativo tener como premisa que la oposición verdadera no se limita a ruedas de prensa, ni a comunicados cuidadosamente redactados. La oposición real es acción, presión social y movilización política incesante.
Implica acompañar al pueblo en sus legítimos reclamos, convertir la indignación social en fuerza política debidamente organizada, y elevar el nivel de concientización colectiva frente a la improvisación y la ineptitud de un gobierno que estrangula a todo un pueblo.
Hay que poner de relieve que: Las marchas, piquetes, movilizaciones permanentes y una poderosa batería comunicacional, NO SON EXCESOS, NI SEDICIÓN O ANARQUÍA, son instrumentos legítimos de lucha democrática, cuando el poder se corrompe y se vuelve sordo e indiferente ante el clamor popular.
Es cierto que la Fuerza del Pueblo es un partido en proceso de consolidación, pero también es cierto, que es el partido mayor de la oposición y con el peso moral especifico de atribuirse el derecho vanguardista de la oposición.
Es consabido que el objetivo final de todo partido político es conquistar el poder para transformar la realidad nacional. Pero ese poder no se construye únicamente con crecimiento orgánico partidario, ni con ceremonias cuantiosas de juramentaciones.
El poder se construye conectándose con las angustias reales de la sociedad y con sus más aciagas vicisitudes.
Por eso la Fuerza del Pueblo, como el mayor partido de la oposición debe abandonar la riesgosa comodidad de la contemplación política. Debe abrazar sin titubeos las causas más urgentes del pueblo dominicano, como la desigualdad creciente, la marginalidad que sofoca a millones, el deterioro de los servicios esenciales, la inseguridad ciudadana, la hemorragia migratoria que atenta contra nuestra soberanía y seguridad Nacional, la inflación galopante, el desempleo y la frustración de una ciudadanía que observa como la indolencia, la injusticia gubernamental y el desbocado despilfarro de los recursos del erario, se convierten en políticas de Estado.
Como heredera del boschismo, la Fuerza del Pueblo tiene la obligación histórica de ser más fiscalizadora, más aguerrida, más combativa y más incisiva en su accionar político. Pero esa combatividad no puede quedarse atrapada en discursos o declaraciones. Debe trasladarse al terreno de la acción política concreta y general.
Para hacer oposición, es importante saber, que en realidad no basta con identificar los males del país. El pueblo ya los conoce.
No basta con señalar errores del gobierno. El pueblo los sufre cada día.
Limitar el papel de la oposición a ruedas de prensa y diagnósticos técnicos es, en el fondo, una forma elegante de domesticar o apaciguar la ira, inconformidad y la insastifaccion popular.
Si la Fuerza del Pueblo no se espabila y asume un rol más frontal, podría correr el riesgo, aun inadvertidamente, de instalar en el imaginario popular el pernicioso constructo de que «están haciendole el juego al gobierno».
Esa eventual percepción del pueblo, no podría sorprendernos, porque si la principal fuerza política opositora homologa esa normalización del estado putrefacto de cosas, el pueblo llano podría pensar que se trata de una complicidad soterrada con estos villanos de nuevo cuño.
Y una oposición domesticada o sumisa, es exactamente lo que todo gobierno incompetente desea.
Por eso se impone un cambio profundo en la manera de ejercer la oposición y sobre todo, ante éste gobierno ilegitimo de las minorías, inescrupuloso, corrupto y depredador voraz de los recursos del Estado.
Para enfrentar al PRM, se requieren métodos más dinámicos, más audaces y más conectados con las verdaderas luchas reivindicativas de la sociedad dominicana.
Porque en política no se premia a quienes describen la realidad con lucidez y belleza retórica. Se premia a quienes se atreven a desafiarla.
El insigne prócer dominicano, Profesor Juan Bosch, solía decir: «Hay que llevar a esas hordas de confederaciones grupales hacia su propia legalidad».
Si la Fuerza del Pueblo aspira a convertirse en una auténtica alternativa de poder, debe actuar como tal. Debe colocarse en la primera línea de las luchas sociales, interpretar la indignación colectiva y convertirla en una fuerza política capaz de estremecer el poder.
De lo contrario, corre el riesgo de caer en la peor de las tragedias políticas: convertirse en una oposición visible en los medios comunicacionales, pero invisible en las calles y en el sentimiento nacional.
En política, cuando la oposición deja de sentirse en las calles, el poder deja de temerle.
Y cuando el poder deja de temerle a la oposición, la democracia comienza a resquebrajarse y debilitarse. Justo en estas circunstancias es cuando el pueblo termina pagando la factura de una oposición que no supo desempeñar su auténtico rol.
El autor es articulista político.
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