Luis Días Portorreal (21 de junio de 1952 – 8 de diciembre de 2009) fue un compositor dominicano e intérprete de merengue, bachata, rock y ritmos típicos dominicanos. Gracias a sus investigaciones folcklóricas durante las décadas de 1970 y 1980 logró rescatar ritmos y bailes típicos de la República Dominicana entre ellos la bachata.

Introducción editorial

Hay relatos que no solo cuentan una historia, sino que conservan una atmósfera, una época y la huella íntima de quienes la vivieron. Eso ocurre con este texto de Silvino Pichardo, una narración que llegó hasta nosotros de manera casi casual, pero con la fuerza de esos testimonios que merecen ser preservados.

El escrito nos fue compartido vía WhatsApp por un contacto cercano. Al leerlo, comprendimos de inmediato que no se trataba de una simple anécdota, sino de una memoria viva sobre uno de los artistas más singulares e influyentes de la cultura dominicana: Luis «Terror» Días.

Tras localizar al autor y conversar directamente con él, solicitamos su autorización para reproducir este relato en Exposición Mediática, a lo que accedió generosamente, permitiéndonos compartir esta pieza de valor humano y cultural.

Luis “Terror” Días fue mucho más que un músico: fue un creador irrepetible, un explorador sonoro, compositor, guitarrista y figura esencial de la identidad musical dominicana contemporánea. Su obra rompió fronteras entre el rock, el folklore, la bachata, el merengue y la música alternativa, convirtiéndolo en una referencia imprescindible de varias generaciones. Su presencia escénica, su pensamiento artístico y su forma de habitar la música lo transformaron en un símbolo cultural.

En este relato, Silvino Pichardo no nos presenta al mito público, sino al amigo cercano, al hombre cotidiano, al artista rodeado de una energía difícil de explicar. Entre mariposas, lluvia y silencios extraños, estas memorias terminan convirtiéndose en algo más que recuerdos: en pequeñas señales de una despedida inolvidable.

Cuando las Mariposas Bajaron a Luis “Terror” Días

Por Silvino Pichardo

No soy supersticioso. Pero debo contar dos episodios, fuera de lo común, que viví con Luis “Terror” Días.

Antes debo decir que nos conocimos por el año 2002. Yo manejaba con marcado éxito un bar en Santiago de los Caballeros denominado “Te mataré Batista”.

Para amenizar, algunos jueves y viernes presentábamos artistas en vivo. Lo contraté vía telefónica y lo fui a recibir a “La Metro”, pues venía de la capital. Nos trasladamos directamente al bar, para que comiera algo y descansara.

Había instruido a Mary, la administradora, de que le brindara las mejores atenciones a ese ícono de la música popular. Así lo hizo. Tan pronto pusimos pie en “Te mataré”, apareció “La pérfida Mary”, saludando cariñosamente al “Terror” y a su acompañante.

—¿Qué desea tomar, señor Horror? —preguntó Mary, esbozando una sonrisa.

Mary, no es “Horror”, es “Terror” —me apresuré a aclararle, consternado.

Ella, fingiendo no percatarse del estropicio, volvió sobre sus pasos:

—¿Qué desea tomar, señor Terror? —le dijo, mostrando la misma sonrisa.

Una cervecitajejejey otra para Cristina, por favor —respondió el artista.

A Luis le había hecho gracia lo de “Señor Horror” y estaba de un excelente humor. El concierto fue un éxito y esa noche se selló una verdadera amistad entre Luis y yo, que duraría hasta su muerte, siete años después.

Era un cariño auténtico. Nos decíamos “Manito”.

Me acompañaba frecuentemente a mi casa en Diferencia y, previo a cada viaje, hacía siempre las mismas preguntas:

—¿Y los muchachos van?
es decir, si iban mujeres en el grupo—.

Tan pronto le contestaba, venía la siguiente pregunta:

—¿Y los muchachitos?
es decir, si lo de las bebidas estaba resuelto—.

Sí, Luis, no te preocupes, baja —le respondía yo, con entusiasmo.

Ese cariño que nos profesábamos no vino de la nada; teníamos un vínculo común, “un hilo de plata” que nos unía.

El mejor amigo de Luis era mi primo hermano Juan Luis Pichardo, a quien Luis adoraba. Juan Luis había heredado de su padre, mi tío Lacinio Pichardo, unos edificios en la José Reyes. Luis le había alquilado uno de esos apartamentos; es decir, que además de entrañables amigos, Juan Luis era su casero.

Puedo imaginarme perfectamente las gestiones de cobro de los alquileres que debía hacer Juan Luis todos los meses.

De ambos recibía continuas llamadas requiriendo mi presencia inmediata, quejándose —uno y otro— de la mala salud que afectaba al otro y de lo poco que se cuidaba.

Juan Luis tenía razón: Luis murió primero, pero Juan Luis moriría unos meses después.

El día del velatorio de Luis, en la Blandino, Juan Luis me recibió apaleado, como una “Dolorosa”. Se notaba que tenía días llorando sin pegar un ojo.

Pero me he ido apartando de lo que quería contarles.

Un día, estando en mi casa en Diferencia, Luis estaba inspirado y se había pasado todo el tiempo escribiendo y componiendo canciones.

Recuerdo que en ese viaje había llevado una novia bastante extraña.

Es una artista —me dijo, cuando me la presentó—. Con una voz preciosa.

Lo cierto era que nunca pude comunicarme con la joven. Era tan “cool”, que hablándome en perfecto español, y de frente, no podía entender una palabra de lo que decía y tenía que recurrir a traductores, así que opté por evitarla.

La otra persona que acompañaba a Luis en ese viaje era Pedro Amorós, entrañable amigo del Terror y creo, sin temor a equivocarme, su principal biógrafo.

Después de bañarse en las frescas aguas del Amina, que pasa justo frente a mi casa, Luis se sentó en una de las “tete e’ piedra” del río, guitarra en mano.

Empezó a tocar y a cantar, y a medida que cantaba, se llenaba de mariposas.

No estoy hablando de cinco o seis mariposas. Estoy hablando de docenas de mariposas revoloteando en su cabeza.

Nosotros nos mirábamos atónitos, a sabiendas de que estábamos presenciando un acto mágico, que Pedrito captó con su cámara.

La otra extraña experiencia fue durante su entierro.

Salimos de la funeraria y fuimos a Ciudad Nueva. No recuerdo las razones, pero la procesión decidió pasear por la zona el cadáver del artista venerado.

Recuerdo a Roldán, con su espesa cabellera, presidiendo la comitiva. La pena se podía cortar. Los vecinos estaban por todas partes, tratando de participar de las exequias.

De pronto, cuando el cortejo se aproximaba a la casa que fuera de Luis, empezó a llover.

Era una lluvia inesperada y cautivadora.

La procesión se desvaneció y solo un grupo que cargaba la urna abierta entró a la casa.

La lluvia tenía un extraño efecto, como si estuviera directamente relacionada con ese tiempo, con la muerte del artista.

Yo me refugié en un alero de la casa contigua, en la Beller, y entonces sentí que el tiempo se había detenido.

Todo se había callado.

Era como si una mano hubiera apagado toda aquella escena de aflicción.

Estaba completamente inmovilizado.

Ese trance debió durar varios minutos, hasta que pasó el chaparrón y todo volvió a la normalidad.

Sacaron la urna de la casa.

El ilustre muerto iba vestido como lo recordaban: chaqueta negra de cuero y lentes de rockero.

Y así continuó la procesión al cementerio.

Loading