El eco de uno mismo: Identidad, cuerpo y tiempo cuando la vida deja de sonar automática

 

Por Otto De La Torre

Hay momentos que no hacen ruido y, aun así, lo cambian todo. No llegan con aviso; se cuelan en lo cotidiano, en cualquier momento. Frente al espejo, con la luz blanca del baño cayendo sin piedad, uno se mira y nota algo mínimo pero inquietante: ese rostro sigue siendo el suyo, pero ya no le obedece del todo. No es que haya cambiado mucho. Es peor. Hay algo en la mirada que no termina de reconocerse, como si el que observa y el que aparece reflejado no coincidieran del todo.

Dura poco. Apenas unos segundos. Pero deja una sensación difícil de ignorar. No es exactamente una duda clara, más bien una incomodidad persistente: la sospecha de que el problema no está en la imagen, sino en quién la está mirando.

Durante años, esa sensación casi no aparece. No hace falta. La vida funciona. El cuerpo responde. Uno se mueve, decide, resuelve. Todo sigue una lógica práctica que no exige demasiadas preguntas. Mientras eso se mantenga, no hay razones para detenerse. Sin embargo, basta con que algo se desajuste para que esa estabilidad pierda su base.

A veces el quiebre es mínimo. Estás hablando con alguien, contando una historia que has contado muchas veces, y de pronto te escuchas desde afuera. No tanto lo que dices, sino el hecho de estar diciéndolo. La conversación continúa, nadie nota nada, pero por dentro se abre una pequeña distancia: eso que estoy diciendo, ¿soy yo o es algo que aprendí a repetir?

Otras veces el aviso es más físico. Subes una escalera y el cuerpo no responde como antes. Buscas una palabra sencilla y no aparece. Te despiertas en la madrugada sin motivo claro y te quedas mirando el techo, con la sensación de estar completamente presente, pero sin terminar de ubicarte dentro de ti. En esos momentos, el cuerpo deja de ser fondo y pasa a primer plano, no como herramienta, sino como límite.

Y junto con ese cambio aparece algo todavía más difícil de encajar: no solo estás cansado, te das cuenta de que estás cansado. No solo estás desorientado, te observas estarlo. Esa especie de desdoblamiento introduce una pregunta incómoda que no termina de cerrarse: si yo soy ese cuerpo que falla, ¿quién es el que está mirando cómo falla?

Para sostener esa tensión sin quedar paralizado, uno hace lo que siempre ha hecho: arma una historia. Se explica. Ordena los hechos. Dice de dónde viene, qué le ocurrió, por qué es como es. Esa narrativa permite seguir adelante. Da continuidad. Pero también tiene un efecto curioso: mientras más se repite, más pulida se vuelve, y mientras más pulida, menos fricción ofrece.

Ahí es donde empieza a sentirse extraña. No falsa exactamente, pero sí demasiado bien acomodada. Como si fuera la versión más presentable de algo que, en realidad, es bastante más irregular.

Esa sensación se vuelve difícil de ignorar en ciertos lugares. Un hospital, por ejemplo. No la idea del hospital, sino el sitio en sí. El olor que no se parece a nada más. El sonido constante de un monitor que no sabes interpretar, pero que no puedes dejar de escuchar. Estás sentado, incómodo, mirando a alguien que siempre fue fuerte y ahora depende de una máquina para algo tan básico como respirar.

Ahí la narrativa pierde fuerza.
La pregunta cambia.

Qué es lo que se está yendo aquí.

El cuerpo sigue presente. La forma no ha desaparecido. Pero algo ya no responde igual, y aunque no sepas nombrarlo, sabes que falta. En ese punto, las explicaciones no alcanzan. Ni la científica, ni la espiritual, ni ninguna de las versiones disponibles logra encajar del todo con lo que se está sintiendo.

Lo que se siente es otra cosa. Es ausencia.

Como si alguien hubiera salido de una habitación sin abrir la puerta.

Ahí la incomodidad deja de ser abstracta. Se vuelve directa. No solo no sabemos qué somos, es que no hay una respuesta clara esperando. Y aparece una idea que cuesta aceptar: que eso que sentimos como “yo” podría no ser algo sólido, sino una construcción que funciona mientras todo se mantiene en pie.

Puede que sea así. O puede que no.

También es posible que esta forma de verlo sea solo otra historia más, mejor armada, pero historia al fin. No hay forma de estar completamente seguro. Y por eso uno no se queda demasiado tiempo ahí. Llena el día, se ocupa, se distrae. No tanto por superficialidad, sino por una necesidad bastante práctica de estabilidad.

Pero a veces no hay cómo evitarlo. A veces todo se queda en silencio. Y cuando eso pasa, no aparece ninguna respuesta. No hay revelaciones. Lo que aparece es algo mucho más simple: una forma de estar sin necesidad de explicarse.

No es cómodo, pero tampoco es caótico. Es solo estar ahí, sin la presión de tener que definirse en cada momento.

Eso no resuelve la pregunta, pero cambia su peso. Deja de exigir una respuesta inmediata. Ahí hay una pista. El problema no es no haber encontrado la respuesta, sino haber asumido que tiene que haber una.

Cuando la pregunta se manifiesta en mi mente, trato de no taparla de una vez, ni con lógica ni con frases que suenan bien. La dejo ahí, aunque incomode, y me quedo un rato. No tengo la respuesta, y cada vez que intento salir rápido de ese lugar, me queda la sensación de que me estoy perdiendo algo.

Y eso que incomoda… es de las pocas cosas que no estamos inventando.

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