Por Antonio Corcino
La inversión turística llega a República Dominicana atraída por una fórmula conocida: playas, clima tropical y mano de obra barata. Esa combinación funciona como ventaja competitiva, pero también como un contrato con letras pequeñas. Como país compite con bajos salarios, pero tras los años hemos terminado atrapados en la necesidad de mantenerlos bajos para seguir siendo atractivo frente a otros destinos del Caribe.
Ahí aparece la primera trampa. El modelo de turismo “todo incluido” de bajo costo sostiene una considerable parte del Caribe dominicano, pero limita la posibilidad de subir salarios sin perder competitividad. Si encarecemos la mano de obra, otros destinos con el mismo sol y playa podrían captar la inversión y turistas.
Un laberinto diseñado para no salir
El problema es que los salarios bajos también frenan el desarrollo. Sin mejores ingresos no hay suficiente demanda interna, formación técnica ni productividad para evolucionar hacia un turismo de mayor valor agregado. El país está encerrado en un laberinto económico: necesita salarios bajos para competir, pero esos mismos salarios impiden salir de este parámetro de bajo costo.
Como arenas movedizas sociales: mientras más intenta sostener el modelo de bajo costo, más difícil resulta salir de él. Llegan millones de turistas y crecen los resorts, pero gran parte de la riqueza no se transforma en bienestar territorial; por el contrario, en desigualdades.
Una carrera donde el trabajador pierde
República Dominicana no compite sola. En el Caribe existe una carrera regional donde cada destino intenta ofrecer mejores condiciones al capital: incentivos, regulaciones flexibles y mano de obra barata. En esa competencia el trabajador rara vez gana.
Las reglas están escritas a favor del inversionista. Exenciones fiscales, débil negociación laboral y escasa representación de las comunidades. Con pocos márgenes para negociar, como países receptivos aceptamos las condiciones, pero ya el precio de su desarrollo manifiesta otros costos visibles, que no aparecen en los libros contables, aquellos que terminan pagándose en salarios bajos, desequilibrio y presión social.
No es una falla accidental: es una arquitectura económica diseñada para atraer capital global sin cuestionamiento. Ahora bien, el Caribe dominicano tiene un peso específico en el mercado gracias a una combinación de ventajas geográficas, políticas, económicas, logísticas y estratégicas que lo convierten en una plataforma regional del ocio, los negocios y la conectividad internacional. Es un sujeto con condiciones para renegociar, poner sobre la mesa y poder transparentar sus costos reales en la explotación y comercialización de su producto turístico.
El empleo que no crea desarrollo
El turismo genera empleo, pero muchas veces no construye trayectorias reales de movilidad social. Veámoslo de esta forma: una camarista que pasa veinte años limpiando habitaciones puede sostener la operación hotelera sin acumular capacidades transferibles a sectores de mayor productividad.
Es ahí, entonces, donde surge otra trampa silenciosa: el empleo existe, pero el desarrollo humano no avanza al mismo ritmo. Este paradigma utiliza mano de obra intensiva, aunque con limitada formación técnica y baja acumulación de capital humano.
El costo de vivir donde llega el turismo
El turismo también encarece el territorio. En zonas como Verón-Bávaro-Punta Cana suben el alquiler, los alimentos y los servicios como transporte, salud y educación, impulsados por la propia expansión turística. El camarero que sirve en el restaurante no puede vivir cerca del hotel porque el costo de su vida crece más rápido que su salario. Su ingreso tiene que distribuirlo entre vivienda, alimentos y transporte. Eso quiere decir que apenas respira, sin poder institucional, sin organización suficiente y sin un Estado que no ha podido decidir todavía de qué lado está.
Necesariamente, como país, tenemos que tratar de crear las condiciones para escapar de este modelo turístico de bajo costo y avanzar hacia niveles más altos de productividad y valor agregado. Pero, al mismo tiempo, la propia estructura del sistema está diseñada para garantizar su competitividad inmediata y estabilidad económica, lo que de alguna manera nos tiene atrapados en una dinámica difícil de transformar.
Por ejemplo, en Verón-Bávaro-Punta Cana, donde alquilar una habitación cuesta entre RD$8,000 y RD$15,000 mensuales y la canasta básica supera los RD$48,100, un salario mínimo sectorial de entre RD$18,409 y RD$21,840 no representa un piso de bienestar, sino una estructura salarial insuficiente frente al costo real de vida. Incluso el quintil más bajo, estimado en RD$ 29,350.98 mensuales, queda por encima de una gran parte de los ingresos laborales del sector turístico en este distrito municipal.
Como una deuda invisible: no figura en los balances financieros, pero se acumula en el territorio y en la vida del trabajador. Mientras las ganancias viajan felices y contentas hacia las cadenas hoteleras, los operadores y los accionistas internacionales, los costos sociales se territorializan como cansancios y fatigas.
Un contrato que nadie leyó
Tenemos que conciliar que la actividad turística dominicana ha evolucionado hasta convertirse hoy en uno de los destinos turísticos más rentables por kilómetro de playa, pero también en uno de los más dependientes del modelo de “todo incluido” masivo.
Como país estamos en una encrucijada que tenemos que enfrentar a mediano y a largo plazo: mantener intacta una estructura basada en bajos salarios o redistribuir parte de la riqueza turística hacia los trabajadores y las comunidades. Depende de la voluntad política, pues eso implica reformar políticas públicas, fortalecer instituciones y construir un diálogo más equilibrado entre inversión, desarrollo territorial y bienestar social.
De igual forma, nuestra economía exhibe un crecimiento macroeconómico notable, pero esconde sus costos humanos fuera del estado financiero. Nuestro turismo no solo opera como motor económico; también funciona como un contrato con letras pequeñas: el capital conoce con precisión sus beneficios, mientras el trabajador descubre los costos cuando ya forma parte del sistema y el territorio termina absorbiendo las pérdidas del negocio.
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