Por Marcos José Núñez

El sábado recién pasado, se celebró por todo lo alto en los Estados Unidos de América y en misiones diplomáticas-consulares localizadas en todo el globo terráqueo, el 250 aniversario de su independencia.

Se trata de un extraordinario acontecimiento que marcó casi un antes y un después en lo relativo a los procesos revolucionarios, entiéndase, de cambios políticos, sociales e institucionales profundos en un territorio o en una sociedad determinada.

Aunque siglo y medio antes, en la Gran Bretaña decimonónica, se había vivido un primer proceso revolucionario que por poco tiempo había transformado el país y abolido la monarquía, no obstante, el reinado fue eventualmente restaurado, pero en cohabitación con instituciones reformadas y figuras jurídicas surgidas del seno de la revolución a prior.

En el caso de los Estados Unidos, aunque al inicio los criollos norteamericanos o colonos británicos, exigían ser tratados como súbditos con igualdad de derechos, cierta autonomía gubernamental respecto a la metrópoli o tener representación legislativa proporcional en el parlamento británico, la lucha se radicalizó, derivando hacia la búsqueda de la independencia total, pura y simple, ante las medidas abusivas ordenadas por el rey Jorge III.

Resulta que con motivo de la llamada “Guerra de los siete años” de 1756 a 1763, entre Gran Bretaña y otras potencias coloniales europeas con presencia en el inmenso territorio norteamericano como fue el caso de Francia, se tomó la decisión en Londres (para poder sostener las arcas del Estado, vacías por los altos costes de aquel conflicto armado), de aplicar impuestos muy altos al comercio entre los colonias del este de Norteamérica y el territorio insular británico.

La situación se tornó indignante. Tras la matanza de Boston en 1770, una mayoría de los habitantes de 13 de las 15 colonias individuales (futuros estados de la unión americana) comenzó a protestar y sabotear al gobierno, por la aplicación de unas medidas fiscales e impositivas que entendían como profundamente injustas y en tal virtud, dieron rienda suelta a diferentes tipos de conspiraciones como el “Motín del Té” en 1773 para defenderse de los excesos que desde la corona británica se estaba llevando a cabo en su contra.

En ese tenor, ciudadanos connotados y muy comprometidos con el devenir de las treces colonias, empezaron a reunirse para poder concretar estrategias y planes, con miras a detener el avasallamiento de que eran objeto por parte de los gobernadores de las colonias y las poderosas fuerzas militares en nombre del monarca.

A partir de 1774, y como reacción a la aprobación por parte del parlamento británico de las llamadas “Leyes Intolerables”, se comienza a reunir el Congreso Continental con miras a discutir las decisiones para impulsar con éxito la rebelión, sentar las bases jurídico-políticas de la lucha que se había iniciado, así como de revestir de legitimidad los enfrentamientos bélicos que se llevarían a cabo incluso en condición de inferioridad en comparación con las experimentadas tropas inglesas.

Para el 19 de abril de 1775, el Segundo Congreso Continental, decide que la ruptura con la madre patria es prácticamente irreversible y designa al hacendado agrícola y hombre veterano de las milicias coloniales de la guerra de los siete años, George Washington, para ser quien encabece como comandante en jefe, el nuevo ejército continental que habría de conformarse para luchar por la independencia. Después de las batallas de Lexington y Concord, el 14 de junio de ese año queda estructurada definitivamente la fuerza armada de los revolucionarios que han de luchar en nombre del congreso y del pueblo de las provincias británicas norteamericanas.

Al año siguiente, se produce la “Declaración de Independencia”, documento producido por el designado “Comité de los Cinco” del congreso, al que pertenecían patriotas e iluminados, algunos de los cuales serían futuros presidente del país, como Thomas Jefferson (tercer presidente), Benjamín Franklin, John Adams (segundo presidente), Roger Sherman y Robert R. Livingston, declaración que servirá de referente moral y de faro de luz para los dirigentes políticos involucrados en esa admirable gesta heroica.

La resolución del congreso reunido que planteó la necesidad de una declaración de independencia, fue sometida por el delegado de Virginia, Richard Henry Lee, el día 7 de junio de 1776. La discusión sobre el anteproyecto o borrador de la declaración (se redactó entre el 11 de junio al 27 de junio por el comité de los cinco), se inició el 28 de junio de 1776. La declaración fue aprobada en primera lectura el 2 de julio en la tarde y no fue sino hasta el día 4 de julio en la madrugada que se completaron todas las 55 firmas de los congresistas o delegados para legalización del documento y se dió a conocer al público al día siguiente, el 5 de julio a través de los periódicos. Su aprobación definitiva se produjo en la mañana del 2 de agosto de ese mismo año.

El 14 de junio de 1777, las trece colonias unidas y en plena guerra desde hacía dos años y en medio de algunos fuertes reveses o derrotas importantes, izan por primera vez y con todo el simbolismo que eso conlleva, la primera versión de la bandera estadounidense. En ese mismo verano, se pone en vigor, los llamados “Artículos de la Confederación” documento que regiría legalmente el gobierno de las antiguas colonias británicas en armas hasta la aprobación de la futura constitución.

En esa época, los revolucionarios parecían que estaban a punto de perder la guerra, por los contratiempos sobre todo económicos y la superioridad del ejército inglés, pero la oportuna intervención como aliados tácticos de tropas francesas y españolas, potencias rivales de los británicos en otros mares y territorios, ayudó a balancear un poco la lucha y eventualmente les dió el triunfo final a los criollos norteamericanos sobre las fuerzas británicas de la corona en la decisiva batalla de Yorktown en 1781.

En tal virtud y ante la pérdida de muchos soldados en la guerra y una situación económica aún más precaria que antes del inicio del conflicto armado, al rey Jorge III no le quedó más remedio que firmar el “Tratado de París”, el 3 de septiembre de 1783, reconociendo formalmente la independencia de las trece colonias y el fin de la guerra.

El congreso de las trece colonias siguió en sesión como ente supremo de gobierno, habiéndose transformado en el Congreso de la Confederación Americana cuando los llamados “Artículos de la Confederación” aprobados por ellos, fueron acogidos por todos los estados y puestos en vigencia, un procedimiento legal que se llevó a cabo por largo tiempo, desde el 15 de noviembre de 1777, hasta el día 1 de marzo de 1781. Cuatro años después de haber sido reconocida la independencia por el Reino Unido, esto es, el 17 de septiembre de 1787, se aprobó la nueva constitución que habría de regir el país bajo un esquema de gobierno de tipo federal, con una serie de artículos que serían susceptibles de modificación posterior mediante el sistema de enmiendas.

Año y medio después de aquellos acontecimientos que derivaron en la creación de la constitución federal, es decir, el 30 de abril de 1789, el general George Washington, jefe de las fuerzas armadas revolucionarias y líder político-militar triunfante en la guerra de independencia, es juramentado en la ciudad de Nueva York como el primer presidente de la nación, la cual pasó a denominarse formalmente como los “Estados Unidos de América.”

En estos doscientos cincuenta años de aciertos y desaciertos, triunfos y derrotas, progreso y perjuicio, abusos y excesos, justicia e injusticia, el gran experimento norteamericano se ha convertido en ejemplo a seguir en los aspectos más positivos de su accionar, para gran parte del planeta. Felicitaciones para la democracia más antigua y más sólida de nuestro joven continente.

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