Del debate jurídico al enfrentamiento mediático: libertad de expresión y polarización en República Dominicana

 

Redacción Exposición Mediática.- Las democracias contemporáneas ya no deliberan únicamente en los congresos, los tribunales o las páginas editoriales de los periódicos. El auge de los medios digitales ha ampliado los espacios de discusión pública hasta transformar profundamente la manera en que los ciudadanos participan en los asuntos de interés nacional.

Esa evolución ha fortalecido el pluralismo informativo, pero también ha dado paso a una dinámica en la que las controversias jurídicas y políticas pueden convertirse rápidamente en intensos enfrentamientos mediáticos.

La discusión en torno a la denominada «Ley Mordaza» constituye un ejemplo de esa transformación. Lo que comenzó como un debate sobre el alcance de determinadas disposiciones legales relacionadas con la libertad de expresión ha evolucionado hacia una confrontación pública protagonizada por comunicadores, plataformas digitales, actores políticos y ciudadanos que defienden posiciones encontradas. En ese proceso, la atención ha pasado, en buena medida, del contenido de la norma a las personas que la apoyan o la rechazan.

Este fenómeno no es exclusivo de República Dominicana. En numerosos países, las redes sociales y las plataformas digitales han modificado las reglas tradicionales del debate público. La capacidad de influir sobre la opinión nacional ya no depende exclusivamente de los medios convencionales. Hoy, comunicadores independientes, creadores de contenido y proyectos periodísticos digitales pueden construir audiencias de gran alcance y convertirse en actores relevantes dentro de la conversación democrática.

Ese cambio representa una saludable democratización del acceso al espacio público. Más voces significan más perspectivas, más posibilidades de fiscalización del poder y una ciudadanía con mayores opciones para contrastar informaciones y opiniones. Sin embargo, esa misma diversidad también intensifica la competencia por la atención del público y favorece una comunicación cada vez más inmediata, emocional y confrontativa.

En ese contexto, figuras como Eduardo Sánchez Tolentino han adquirido una relevancia indiscutible dentro del ecosistema digital dominicano. Su oposición a la denominada «Ley Mordaza» lo ha convertido en uno de los rostros más visibles de quienes consideran que determinadas disposiciones podrían afectar el ejercicio de la libertad de expresión. Esa posición, naturalmente, ha generado respuestas igualmente contundentes desde sectores que defienden la legislación o cuestionan sus planteamientos.

Lo importante, sin embargo, no es la existencia de críticas. La crítica constituye uno de los pilares de toda sociedad democrática y debe poder ejercerse en todas las direcciones, incluso hacia quienes se presentan como defensores de la libertad de expresión. Lo verdaderamente preocupante sería que el debate terminara desplazándose completamente desde el análisis de los argumentos hacia la descalificación sistemática de las personas.

Cuando una discusión pública deja de concentrarse en las implicaciones jurídicas de una ley para centrarse casi exclusivamente en los protagonistas del conflicto, existe el riesgo de que la ciudadanía pierda de vista las preguntas fundamentales:

¿Son compatibles las disposiciones cuestionadas con las garantías constitucionales?

¿Protegen adecuadamente tanto la libertad de expresión como el derecho al honor?

¿Responden a los estándares internacionales sobre derechos fundamentales?

Estas son las interrogantes que deberían ocupar el centro de la deliberación nacional.

La polarización añade una dificultad adicional. En ambientes profundamente divididos, toda crítica puede interpretarse como un ataque político y toda defensa como un acto de alineamiento partidario. Esa lógica binaria reduce los espacios para los matices, dificulta el intercambio racional de ideas y termina empobreciendo el debate democrático. El resultado suele ser una conversación donde resulta más importante desacreditar al adversario que examinar la solidez de sus argumentos.

La República Dominicana no es ajena a este fenómeno. La creciente influencia de los medios digitales ha redistribuido el poder comunicacional, permitiendo que nuevas voces desafíen narrativas tradicionalmente dominantes. Ese proceso ha enriquecido el pluralismo, pero también ha incrementado la intensidad de las disputas públicas. Cuanto mayor es la influencia de un comunicador, mayor suele ser el nivel de escrutinio, respaldo y cuestionamiento que recibe. Se trata de una consecuencia inherente a la exposición pública, siempre que ese escrutinio permanezca dentro de los límites del respeto, la legalidad y el debate basado en argumentos.

Precisamente por ello, el mayor desafío no consiste en eliminar el conflicto, sino en preservar las condiciones que permitan resolverlo mediante mecanismos propios de un Estado democrático. Las diferencias sobre una legislación deben encontrar cauce en el Congreso, en los tribunales, en la academia, en los medios de comunicación y en la sociedad civil, donde las razones puedan confrontarse sin que la discusión derive necesariamente en la descalificación personal o en la erosión de la confianza institucional.

La fortaleza de una democracia no se mide por la ausencia de controversias. Se mide por su capacidad para procesarlas sin sacrificar los principios que la sostienen. Entre esos principios destacan la libertad de expresión, el derecho al disenso, el respeto al debido proceso y la posibilidad de que las instituciones constitucionales actúen como árbitros imparciales cuando surgen conflictos sobre el alcance de los derechos fundamentales.

El episodio que vive actualmente el país ofrece una oportunidad para reflexionar sobre el tipo de debate público que la sociedad dominicana desea construir. La expansión de los medios digitales ha multiplicado las voces y enriquecido el ecosistema informativo. El reto consiste ahora en garantizar que esa pluralidad fortalezca la deliberación democrática en lugar de convertir cada diferencia en una confrontación permanente.

Porque, al final, las leyes cambian, los gobiernos pasan y los liderazgos evolucionan. Lo que permanece es la necesidad de preservar una cultura democrática donde las ideas prevalezcan sobre las etiquetas, los argumentos sobre las descalificaciones y las instituciones sobre las pasiones del momento.

Solo así será posible que los grandes debates nacionales se resuelvan con la serenidad, la profundidad y el respeto que exige una democracia madura.

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