Por Becker Márquez Bautista

La historia política reciente de la República Dominicana tendrá que contarse, obligatoriamente, marcando un antes y un después del 1 de noviembre de 2001. Tras el lamentable fallecimiento del profesor y expresidente Juan Bosch, las ambiciones y los egos, que antes estaban contenidos por la inmensa sombra moral del líder, comenzaron a germinar y a crecer paulatinamente dentro del Partido de la Liberación Dominicana (PLD).

Danilo y Leonel son la mutual imbatible; hagamos una retrospectiva necesaria para entender las dimensiones de estos dos colosos

Antes de adentrarnos en las profundidades de los egos y las ambiciones, es de justicia hacer una retrospectiva de la mutual estratégica conformada por Danilo Medina y Leonel Fernández. Hay que reconocer, sin mezquindades, que juntos representan la garantía absoluta de triunfo en un proceso electoral.

El primer hito (1995-1996): Danilo Medina fue designado Jefe Nacional de Campaña para las elecciones de 1996. Con su capacidad organizativa, llevó al triunfo al Dr. Leonel Fernández Reyna, marcando la primera victoria electoral en la historia del PLD.

La consolidación (2004-2008): Medina fungió como Director de Estrategia y Asesor de Campaña del candidato Leonel Fernández, quien resultó electo presidente nuevamente. Además, Medina demostró su peso estructural al presidir la Comisión de Transición de Mando.

En el año 2007 inició lo que yo llamo el «punto negro» en la relación de estos dos hermanos políticos. Para esa fecha, el presidente Fernández buscaba la repostulación, mientras que Medina aspiraba a lo interno del PLD para ser el candidato presidencial.

Esa contienda interna causó graves estragos. Las pasiones se desbordaron y se dijeron de todo: desde acusaciones a Danilo de ser un «serrucha palo» hasta presagios de que sus días en el PLD estaban contados. Aunque Danilo Medina denunció amargamente que hubo un control casi absoluto de los recursos y sentenció que «lo venció el Estado», no hubo una ruptura en ese momento. El pragmatismo partidario se impuso: Medina acudió a votar por Leonel Fernández en 2008, quien finalmente derrotó a su principal adversario en aquel entonces, Miguel Vargas Maldonado (PRD).

En el año 2012, el entonces presidente Leonel Fernández no podía postularse para un mandato consecutivo debido a los impedimentos de la Constitución. En ese escenario, el PLD eligió a Danilo Medina como su candidato.

Durante la campaña, Fernández brindó su apoyo oficial tanto en su rol de presidente del partido como de jefe de Estado. La maquinaria funcionó: Medina ganó las elecciones con el 51.9 % de los votos. Al asumir el poder, en un gesto de aparente unidad, Medina agradeció públicamente a Fernández por los logros de sus gestiones anteriores.

En el espejo de la familia de nuestra sociedad, el virus del ego y de las ambiciones personales nos crea desunión y nos destruye como sociedad

El ego y la ambición desmedida no son males exclusivos de la política; son un virus que carcome hasta el tejido más íntimo de la sociedad: la familia.

A diario vemos cómo hermanos criados bajo el mismo techo, que compartieron la misma mesa y los mismos valores, terminan convertidos en enemigos feroces. Ya sea por la disputa de una herencia, por el control de un negocio o simplemente por el orgullo ciego de no querer ceder ante el otro, los lazos de sangre se rompen. Cuando el afán de poder individual se pone por encima del amor y el respeto mutuo, el hogar se divide irremediablemente. Al igual que en la política, el que se deja cegar por la ambición termina gobernando sobre ruinas, pagando el altísimo precio de perder a sus propios hermanos.

Dos colosos, hermanos y líderes divididos por la soberbia y las malas influencias de sus respectivos entornos

Hay que reconocer que estos dos colosos unidos son la combinación perfecta para triunfar. Leonel Fernández, presidente tres veces del país, y Danilo Medina, dos. Ambos son estrategas impecables y conforman un dúo magnífico. Sin embargo, las ambiciones y el ego no les permiten entenderlo.

Sus adversarios lo saben perfectamente. Sus contrarios le temen a esa unión como el diablo a la cruz. Por eso, apuestan de manera permanente a que no se vuelvan a juntar, pescando cómodamente en el río revuelto de la división de dos hermanos que terminaron luchando por el mismo poder, a pesar de haber nacido del mismo corazón político.

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