Por Hanna Bueno
Cada 16 de agosto el Palacio Nacional de la República Dominicana se reviste de un misticismo casi sagrado. Es el Día de la Restauración, la fecha en que la liturgia del poder alcanza su cénit y el mandatario de turno asume, ante los ojos de la historia y el lienzo de la bandera, el peso del destino nacional. Desde la perspectiva del presidente, esa caminata hacia el Congreso de la República está impregnada de un aura teológica: se siente heredero de una línea de fuego que conecta con los héroes que deshicieron la anexión a España, un soberano ungido por la voluntad popular para ejercer el mando supremo.
Es el ritual de la herencia republicana en su máxima expresión. Sin embargo, cuando se apagan los ecos del himno, las luces de la prensa se retiran y el presidente se sienta a solas en su despacho, el misticismo se disuelve en una fría taza de café.
El ritual histórico choca de frente con la realidad del siglo XXI: el poder real ya no se viste de verde olivo ni necesita desfilar con botas militares por las avenidas; ahora se esconde detrás de trajes hechos a la medida en Wall Street y se ejecuta con la gélida precisión de un algoritmo digital.
Hoy, ese mismo mandatario que hace horas se sentía un prócer descubre que es, en el mejor de los casos, el gerente administrativo de una soberanía profundamente hipotecada, cuyo principal talento debe ser sonreír ante las cámaras mientras firma los papeles de su propio cautiverio institucional.
Para entender la asfixia del poder contemporáneo, basta con mirar las frías cifras que sostienen el teatro. El diseño del sistema financiero global funciona como una camisa de fuerza perfecta, especialmente para economías periféricas como la de la República Dominicana.
Cuando el gobernante de turno asume el Palacio Nacional, descubre que las grandes decisiones de su gestión ya fueron predeterminadas por dinámicas estructurales de largo plazo. Sus manos quedan atadas por la trampa de la deuda perpetua: según datos oficiales del Ministerio de Hacienda y el Banco Central, la deuda externa del sector público ya ronda el 45% del PIB y compromete más del 22% de los ingresos fiscales solo en el pago de intereses.
Gobernar, bajo esta óptica, ya no significa transformar la matriz productiva o redimir de raíz a los marginados; significa, irónicamente, refinanciar pasivos con una tasa de interés aceptable para poder pagar lo que se debió ayer, manteniendo la ilusión de que el barco sigue flotando.
A esta soga presupuestaria se suma el veto invisible de las agencias calificadoras de riesgo, ese triunvirato compuesto por Moody’s, Fitch y Standard & Poor’s. Un revelador informe del Departamento de Desarrollo Internacional de la Universidad de Oxford advierte con crudeza este fenómeno al señalar que las agencias de calificación crediticia han mutado de simples evaluadoras de riesgo a gobernantes de facto de la política macroeconómica del Sur Global, penalizando de forma sistemática el gasto social protector.
Si un presidente osara aplicar una reforma fiscal radicalmente redistributiva para favorecer a las mayorías, el costo no sería un golpe de Estado militar, sino una sutil rebaja en su nota crediticia. En cuestión de horas, el país enfrentaría una fuga de capitales inmediata y una devaluación monetaria, demostrando que en el libre mercado la soberanía popular suele cotizarse a la baja.
Para colmo de males geográficos, el mandatario debe lidiar con la implacable asfixia del patio trasero. En una economía donde las remesas familiares representan casi el 10% del PIB y los Estados Unidos controlan la mitad del intercambio comercial, la independencia política es un lujo difícil de financiar.
Intentar diversificar la infraestructura entregando puertos estratégicos o redes tecnológicas 5G a capitales chinos se traduce en llamadas diplomáticas de alta tensión desde Washington. El presidente descubre que es perfectamente libre de elegir el color de las aceras de su país, pero que el cableado del futuro requiere el visto bueno del vecino del norte.
Todo esto ocurre mientras se cuida de no incomodar a la plutocracia corporativa local, la misma que financió su costosa campaña electoral y que defiende unas exenciones fiscales que le cuestan al Estado cerca del 5% del PIB anual, agravando una histórica baja presión tributaria y un débil ahorro doméstico.
Por supuesto, el libreto le permite al presidente simular que tiene el control, y es justo reconocer que conserva márgenes reales de accion. En los estrechos márgenes que el sistema olvida vigilar, un mandatario audaz sí puede optimizar las fugas de la burocracia interna mediante reformas institucionales firmes.
Combatir el clientelismo y la corrupción puede rescatar entre el 1% y el 2% del PIB, un dinero extra para inversión social que no requiere arrodillarse ante el Fondo Monetario Internacional. También puede diseñar redes de transferencia social focalizadas para amortiguar el golpe de las reformas exigidas por el Banco Mundial, asegurando que los tres millones de dominicanos en vulnerabilidad económica reciban un subsidio antes de que la inflación los devore.
El presidente puede, además, a través de una política exterior inteligente, convertir al país en un prolijo oasis de seguridad jurídica, compitiendo por la inversión extranjera y el nearshoring para generar empleo técnico local, usando las herramientas del capitalismo global a su favor. Es decir, el presidente no puede cambiar las reglas del casino, pero sí puede intentar que a sus ciudadanos les toquen las cartas menos marcadas.
Mientras nuestros gobernantes sudan la gota gorda para cuadrar la caja nacional, los profetas de Silicon Valley nos prometen una utopía automatizada. Elon Musk insiste en que la Inteligencia Artificial y la robótica generarán tal abundancia que el dinero se volverá inútil, definiéndolo como una simple base de datos para asignar el trabajo humano. Qué monumental miopía tecnológica (¡). Lo que los tecnócratas olvidan es que el dinero jamás ha sido solo una métrica económica; el dinero es, ante todo, un instrumento de jerarquía y obediencia.
El sistema jamás permitirá que la abundancia nos libere del yugo laboral, porque un ciudadano con el estómago lleno y tiempo libre es intrínsecamente ingobernable. Por ello, estamos presenciando la sofisticada construcción de una escasez artificial: inventamos burocracias corporativas inútiles para mantener a la población ocupada cuarenta horas a la semana, programamos la obsolescencia de los bienes para forzar el consumo continuo y mutamos hacia un tecno-feudalismo donde ya no poseemos nada, sino que pagamos una suscripción mensual por el derecho a existir física y digitalmente.
Si en el futuro las máquinas abaratan el costo de la vida, el autoritarismo financiero simplemente cambiará de piel para convertirse en autoritarismo digital. El auge de tendencias emergentes como el dinero programable, las monedas digitales de bancos centrales (CBDC) y los sistemas avanzados de scoring financiero trazan un horizonte de riesgos innegable.
Ya no necesitarán que una calificadora de riesgo hunda la economía de un país para disciplinarlo; bastará con que un algoritmo transnacional apague de forma remota las credenciales de supervivencia de los ciudadanos o congele sus billeteras digitales si su comportamiento o su discurso no se alinean con las directrices del sistema.
Por esta razón, los presidentes de nuestra región siguen atrapados subsidiando la ilusión del empleo tradicional y la escasez de recursos; saben perfectamente que si la rueda del dinero se detiene, su gobernabilidad estalla en mil pedazos. Un presidente actual no es un rey, ni un héroe histórico, ni el arquitecto de un nuevo orden; es el capitán de un barco de papel navegando una tormenta de datos controlada desde centros de poder invisibles.
Hacia el año 2050, sin embargo, el verdadero debate ya no será el valor de las monedas ni la sofisticación de los bancos centrales; la economía del futuro será, en esencia, la gestión de nuestra propia humanidad tras el peso de tantas falacias acumuladas.
Para mediados de siglo, después de haber consumido tanta obsolescencia tecnológica diseñada para el desecho, tantas mentiras sociales empaquetadas como progreso y tantas crisis humanas ignoradas por los gráficos financieros, la sociedad global terminará por despertar de su letargo colectivo.
Nos daremos cuenta, con una mezcla de cinismo y dolor, de que todo el andamiaje algorítmico, las calificaciones de riesgo, las deudas perpetuas y la persecución ciega del capital fueron un esfuerzo completamente vano.
El verdadero desafío de ese nuevo amanecer no será salvar los mercados, sino descubrir cómo reconstruir los lazos humanos sobre las cenizas de un sistema que nos enseñó a valorar los números por encima de la vida, aceptando finalmente que el enemigo nunca marchó con camisas negras por las calles, sino que operó en el más absoluto y educado silencio detrás de una pantalla de transacciones financieras.
![]()

