Santiago Matías y el límite de la influencia: cuando la audiencia digital no garantiza legitimidad social

 

El episodio de UNICARIBE plantea una pregunta que trasciende la suspensión de un conversatorio: ¿hasta dónde puede trasladarse la enorme capacidad de convocatoria de las plataformas digitales hacia espacios sociales, académicos e institucionales donde las reglas de legitimidad son diferentes?

Por Marcos Sánchez

La suspensión del conversatorio que Santiago Matías tenía previsto realizar en la Universidad del Caribe (UNICARIBE) debería ser observada más allá de la anécdota y de la inevitable conversación que ha generado en las redes sociales.

Un sector de los estudiantes manifestó su oposición a que el comunicador y empresario participara como invitado en la actividad y, posteriormente, la universidad decidió suspenderla. La institución, además, anunció que procurará consultar a los estudiantes sobre las personalidades que desean escuchar en futuros encuentros.

El episodio contiene, por tanto, una señal que trasciende a Santiago Matías y a UNICARIBE.

Plantea una cuestión particularmente relevante en la República Dominicana contemporánea: la diferencia entre tener una audiencia y ser reconocido como referente por determinados sectores de la sociedad. Y es que ambas cosas no son necesariamente equivalentes.

Millones de espectadores no significan millones de adhesiones

Santiago Matías ha construido una de las plataformas de comunicación digital de mayor capacidad de convocatoria del país.

Su ecosistema mediático ha demostrado que existe un público dispuesto a consumir sus contenidos, participar en sus transmisiones, comentar sus programas y convertir sus plataformas en espacios de conversación pública. Eso constituye un capital importante.

Pero hay una confusión que conviene evitar: audiencia no significa necesariamente adhesión; atención no equivale a identificación; popularidad no es sinónimo de legitimidad.

Una persona puede ser seguida por millones y, al mismo tiempo, generar rechazo en otros sectores igualmente importantes de la sociedad.

No existe contradicción alguna en ello. De hecho, forma parte de la naturaleza de la comunicación contemporánea.

Las redes sociales han fragmentado las antiguas audiencias masivas. Hoy una personalidad puede tener una comunidad extraordinariamente activa y numerosa sin que esa comunidad represente proporcionalmente a toda la sociedad.

El algoritmo puede demostrar cuántas personas están mirando. No necesariamente puede demostrar cuántas personas están de acuerdo.

El aula es otro territorio

Aquí es donde el episodio de UNICARIBE adquiere especial interés. El espacio universitario no funciona exactamente con las mismas reglas que una plataforma digital.

En las redes, la relevancia puede medirse en visualizaciones, reproducciones, comentarios, interacciones, seguidores o capacidad de generar tendencias.

En una universidad aparecen otros criterios: trayectoria, conocimiento, formación, pensamiento crítico, experiencia profesional, producción intelectual, pertinencia académica y capacidad de aportar a la formación de los estudiantes.

Eso no significa que un comunicador, empresario o creador de contenido no pueda convertirse en un interlocutor válido dentro de una universidad. Por supuesto que puede.

Pero significa que la popularidad externa no debería convertirse automáticamente en una credencial académica interna y eso parece ser precisamente lo que el episodio de UNICARIBE obliga a discutir.

El rechazo de un sector también comunica

Hay que ser rigurosos. No existe base suficiente para afirmar que el estudiantado universitario dominicano rechaza a Santiago Matías.

Tampoco puede concluirse, a partir de un episodio ocurrido en una universidad, que su proyecto mediático carezca de respaldo.

Sería una interpretación excesiva. Lo que sí puede afirmarse es mucho más concreto: un sector de estudiantes de UNICARIBE no consideró que Santiago Matías fuera el referente al que deseaba escuchar en ese espacio.

Esa señal merece ser tomada en serio, ya que una de las mayores dificultades que enfrenta cualquier figura pública cuando intenta ampliar su influencia consiste precisamente en descubrir que existen públicos que no responden a los mismos estímulos que su audiencia habitual.

El desafío no está en convencer a quienes ya están convencidos. El desafío está en entrar en territorios donde la identificación no existe.

El problema de confundir notoriedad con representación

Este punto adquiere una dimensión todavía mayor si se observa a Santiago Matías desde la perspectiva de sus aspiraciones políticas.

Si el objetivo es trascender la condición de empresario y comunicador para convertirse eventualmente en una figura electoral, la ecuación cambia por completo.

Una plataforma digital puede proporcionar visibilidad.  Puede generar reconocimiento de nombre, movilizar seguidores, instalar temas en la agenda e incluso, modificar determinadas conversaciones públicas.

No obstante una elección presidencial exige algo mucho más complejo: convertir notoriedad en confianza, audiencia en electorado y presencia mediática en representación social.

Son procesos completamente distintos. Una persona puede ser extraordinariamente popular dentro de un segmento de la población y, sin embargo, encontrar dificultades para penetrar otros grupos.

Ahí reside uno de los grandes desafíos de cualquier fenómeno político surgido de las redes sociales.

La política no es un live streaming

Este es probablemente el aspecto más importante del episodio.

La política democrática no puede medirse únicamente por la cantidad de personas conectadas simultáneamente a una transmisión.

Un live puede reunir cientos de miles de espectadores. Pero una elección exige votos y entre una cosa y la otra existe un territorio enorme. El espectador puede mirar por curiosidad.

Puede mirar para entretenerse, mirar porque está de acuerdo o en desacuerdo; mirar para participar en la controversia o incluso mirar diariamente y no estar dispuesto a votar por quien conduce el contenido.

La métrica digital mide comportamiento de audiencia; el voto mide una decisión política.

Confundir ambos fenómenos puede conducir a errores estratégicos.

UNICARIBE no necesariamente rechazó a Santiago Matías; pero algunos estudiantes sí rechazaron su condición de referente

Aquí conviene hacer una distinción fundamental. La suspensión del conversatorio no puede interpretarse automáticamente como una descalificación personal o profesional de Santiago Matías.

Tampoco necesariamente constituye un juicio sobre la calidad de su trabajo empresarial.

Pero sí revela algo más específico: al menos un sector de los estudiantes no le atribuye, en ese contexto, la autoridad referencial que la universidad esperaba que pudiera ejercer como invitado y eso es diferente.

Una figura puede tener enorme influencia cultural y escasa autoridad académica. Tener autoridad mediática y no tener autoridad política, autoridad empresarial y no tener autoridad intelectual; tener popularidad y no tener consenso.

Las sociedades democráticas funcionan precisamente porque esas formas de poder no son idénticas.

El mensaje más importante

Si hubiera que sintetizar en una sola idea lo que este episodio podría estar diciéndole a Santiago Matías, sería esta: Tu capacidad para reunir personas alrededor de una pantalla no garantiza que esas mismas personas —ni otros sectores de la sociedad— quieran reconocerte como referente fuera de ella.

Ese mensaje no debería ser interpretado necesariamente como una derrota. Puede convertirse, incluso, en una advertencia útil.

Porque cualquier persona que aspire a ampliar su influencia necesita conocer no solamente el tamaño de su audiencia, sino también los límites de esa audiencia.

¿Quiénes están dentro?

¿Quiénes están fuera?

¿Qué grupos sociales se identifican con el discurso?

¿Quiénes lo consideran atractivo?

¿Quiénes lo rechazan?

¿Quiénes simplemente son indiferentes?

Las respuestas a esas preguntas son mucho más importantes para un proyecto político que cualquier cifra aislada de visualizaciones.

La universidad como espejo

Paradójicamente, el episodio de UNICARIBE podría terminar siendo más útil para Santiago Matías que muchos de sus propios éxitos digitales.

Los éxitos confirman lo que ya sabe: que tiene capacidad de convocatoria.

El rechazo, en cambio, le proporciona información sobre el terreno que todavía no domina y todo proyecto político serio necesita conocer sus fronteras.

Una candidatura presidencial no se construye únicamente con quienes ya consumen determinado contenido.

Necesita dialogar con quienes no lo consumen.

Necesita convencer a quienes desconfían.

Necesita escuchar a quienes cuestionan.

Necesita entrar en ambientes donde el candidato no controla la conversación y sobre todo, necesita aprender a convivir con el rechazo sin interpretarlo automáticamente como una conspiración o como una agresión.

Porque en democracia el rechazo también es participación.

Más allá de Santiago Matías

Hay, además, una discusión mucho más amplia.

La sociedad dominicana está atravesando una transformación de sus mecanismos tradicionales de autoridad.

Durante décadas, la legitimidad pública estuvo vinculada principalmente a instituciones, partidos políticos, universidades, medios de comunicación tradicionales, organizaciones empresariales, iglesias y otras estructuras formales.

Las redes sociales modificaron ese esquema.

Ahora una persona puede construir una audiencia gigantesca sin haber pasado previamente por ninguna de esas instituciones.

Eso democratiza la producción de contenido y permite que nuevas voces ingresen al espacio público, pero también plantea una pregunta inevitable: ¿toda influencia debe convertirse automáticamente en autoridad?

La respuesta debería ser no. La influencia debe poder existir sin convertirse necesariamente en autoridad y ésta última, para ser democrática y sostenible, debe poder ser cuestionada.

El verdadero reto

Santiago Matías no necesita demostrar que puede reunir multitudes digitales. Eso ya forma parte de su trayectoria.

Si realmente pretende ampliar su proyecto hacia la política nacional, el reto es diferente.

Debe demostrar que puede hablarle también a quienes no forman parte de su audiencia habitual.

A profesionales que no consumen su contenido.

A estudiantes que no lo consideran referente.

A sectores empresariales que pueden tener otra visión del país.

A intelectuales que cuestionan su narrativa.

A ciudadanos que no encuentran atractivo su estilo.

A personas mayores que pertenecen a otra cultura comunicacional.

A votantes que no están interesados en sus transmisiones.

En definitiva, debe demostrar que puede salir de su ecosistema sin perder su identidad y, al mismo tiempo, ampliar su capacidad de interlocución.

Ese es un desafío considerable y posiblemente mucho más importante que cualquier récord de audiencia.

Del algoritmo a la sociedad

El episodio de UNICARIBE deja una lección que va mucho más allá de Santiago Matías.

En la era digital, hemos aprendido a medir prácticamente todo: seguidores, reproducciones, visualizaciones, interacciones, tendencias y alcance.

Pero todavía existen variables que ningún algoritmo puede sustituir completamente.

Confianza.

Credibilidad.

Formación.

Representación.

Capacidad de diálogo.

Aceptación.

Y, finalmente, voto.

El algoritmo puede convertir a una persona en un fenómeno. La sociedad decidirá hasta dónde quiere convertir ese fenómeno en liderazgo

La suspensión de un conversatorio universitario no determina el futuro de Santiago Matías. Ni siquiera permite medir con precisión su respaldo político.

Pero sí ofrece una advertencia que sería imprudente ignorar: los millones que están frente a una pantalla no necesariamente son los mismos que estarán frente a una urna.

Posiblemente entre ambos escenarios existe, el desafío más grande que tiene por delante cualquier figura pública que pretenda transformar influencia digital en poder político.

 

El autor es Fundador y Director Editorial de Exposición Mediática. Con tres décadas en medios y veinte años como articulista, ejerce un periodismo de interpretación pública que articula análisis riguroso y reflexión cultural. Su trabajo se centra en la legalidad, la interpretación de procesos complejos y el interés ciudadano. Es además locutor, escritor, profesor bilingüe, creativo y actor. Su propuesta editorial integra un enfoque cultural y didáctico permanente, orientado a la formación de criterio ante debates nacionales e internacionales.

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