Por Manuel Castillo
La jornada en el asilo de ancianos prometía un cierre glorioso, digno de foto institucional y aplauso colectivo. Todo marchaba según el guión hasta que la comitiva enfiló hacia la salida.
Fue justo en el umbral donde el aire se enrareció y emergió una voz cavernosa, retumbante, como salida de las profundidades del más allá:
—¡No los dejen salir! ¡No los dejen… no los dejen salir!
El pánico se apoderó del lugar. Y no era para menos:
la comitiva en pleno acumulaba la nada despreciable cifra de casi 2,800 años de experiencia vital, tiempo suficiente para saber que cuando una voz de ultratumba ordena cerrar las puertas, el asunto va en serio.
El personal de la institución reaccionó al instante, interpretando el grito como la señal de alarma de un motín orquestado para una fuga masiva a escala continental.
El escenario pasó de la armonía al drama cinematográfico en cuestión de segundos. Del tumulto emergió una vanguardia temible: el trío de las Soles: Sol Solano, Sol Demetría y Sol Angustia.
Con miradas fijas y actitud desafiante, encararon al grupo. Fue demasiado para la fragilidad del momento.
A Danny, tras cruzarse con semejante estampa junto a Morena, le dio un «Florimon» fulminante del que todavía intentan rescatarlo a fuerza de compresas y fricciones con hojas de ruda.
Por su parte, Desiderio intentó sostener la compostura y la dignidad del grupo, pero la tensión le jugó una mala pasada y le dio un «Yeyo» monumental.
Por suerte, la medicina empírica del lugar actuó con presteza: un tratamiento de choque a base de un calzoncillo prestado de un loco local obró el milagro de devolverle el aliento.
Morena, convencida de que la comitiva la sacrificaba en el altar del abandono, aplicó la máxima de «sálvese quien pueda» y emprendió una carrera tan frenética que a estas horas debe estar cruzando por La Caleta sin intención de bajar el ritmo.
En medio del tumulto, Félix Manuel intentaba mantener la postura «cool», pero el susto requirió intervención médica de urgencia: un brebaje artesanal administrado por la misma Sol Demetria y rematado por los cuidados de Sol Solano quien entre gritos y confusión resultó ser su prima y hermana de Cedano lo trajo de vuelta a la realidad.
Mientras tanto, la logística de evacuación alcanzaba niveles de comedia épica.
Anacaona y Lorena decidieron que el método más rápido de escape era el rodamiento, abandonando la escena del crimen a pura fuerza de gravedad.
¡Qué manera de rodar!
Modesto, que olió el peligro desde la mañana, ni siquiera hizo acto de presencia; argumentó con astucia que se encontraba atrapado en la fila interminable del Fondo de Pensiones.
Luisa y José, apelando al ingenio burocrático, sacaron documentos falsos de parientes lejanos para despistar a las autoridades del recinto, mientras Ñaño observaba el caos con los ojos desorbitados por el susto.
Cuando el drama tocaba su punto cumbre, apareció Hugo portando un bufé que nadie entendía de dónde salía, escoltado por Don Isaac, quien con una parsimonia envidiable repartía calma al grupo:
«Tranquilo, tranquilo, que no cunda el pánico».
Fue entonces cuando Sol Demetria, tomando el mando del recinto con voz firme y gesto imponente, reveló el verdadero motivo de la retención:
—¡Señores, se les olvidó entregar el diezmo!
El misterio del motín se desvaneció en el aire. Danny, todavía atontado y «bilordo» por los remanentes del Florimon, solo acertaba a balbucear entre dientes:
«Quítenle la Peña… quítenle la Peña…».
Yocaira, que escuchaba la escena con la calma de quien tiene la vida resuelta, sonreía para sus adentros sabiendo que nada le pasaría: al fin y al cabo, ya se había registrado estratégicamente como hija de J. Perdomo.
Aclarado el malentendido financiero y tras la retirada de la seguridad, Luisa se unió a Ñaño para procesar el desenlace de la falsa alarma.
Todo volvió a la normalidad en el asilo, dejando tras de sí una epopeya de infartos resueltos con ruda, escapes rodantes y la lección definitiva: de un geriátrico se puede salir huyendo, pero nunca sin pagar la cuenta.
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