Por Antonio Corcino

Antes de medir el éxito turístico por su crecimiento, un destino debe anticipar dos riesgos aparentemente opuestos: la ausencia del turista y el exceso de turismo. Por eso, los eventos del pasado reciente deben verse como referencia para anticipar, usar como alarma temprana y minimizar sus efectos. La información debe servirnos para orientar la toma de decisiones tanto frente a los factores internos como de fuera que inciden en el comportamiento de la actividad turística.

Como sabemos, durante años, el éxito turístico se ha medido principalmente por las llegadas, porcentaje de ocupación, número de habitaciones, inversión (IED), su aporte al PIB, divisas y empleos. En generar indicadores socioeconómicos. Pero también reconocemos que un territorio que depende del turismo no debería preguntarse únicamente cómo atraer más visitantes, sino qué hacer si mañana una parte de ellos deja de llegar. ¿Qué ocurriría con el turismo dominicano si los estadounidenses reducen significativamente sus visitas?

La pregunta parece incómoda, pero los efectos del COVID-19 nos mostraron la magnitud de esa vulnerabilidad. En 2020, las llegadas internacionales cayeron 74 %, casi mil millones de visitantes menos que en 2019. La contracción golpeó ingresos, empleo y producción turística a escala mundial. Otro hecho que no puede dejar pasar, y es que el mercado estadounidense sigue siendo fundamental, pero su menor crecimiento muestra que la demanda puede cambiar. Ahora bien, mientras las llegadas de estadounidenses se moderan, Argentina, Colombia y México compensan esta merma, lo que reduce gradualmente la dependencia de un solo mercado.

Pongamos en el contexto del 2020, cuando las llegadas internacionales cayeron 74 %, unos mil millones de visitantes menos que en 2019, mientras las pérdidas por ingresos del turismo internacional rondaron los US$1,3 billones. El WTTC estimó, además, una caída estimada en un 49,1 % en la contribución de Viajes y Turismo al PIB mundial y la pérdida de casi 62 millones de empleos.

En el Caribe, el golpe de la pandemia fue todavía más revelador: durante el primer semestre de 2020, las llegadas internacionales disminuyeron 58 %, y el BID estimó que una contracción prolongada podía provocar pérdidas superiores a US$110,000 millones del PIB turístico regional.

República Dominicana sintió el impacto en sus propios indicadores: el flujo turístico cayó 62,7 %, la ocupación hotelera descendió a 30,4 %, los ingresos del turismo disminuyeron 64,3 % y el valor agregado de hoteles, bares y restaurantes se contrajo 47,5 %.

Datos duros que no podemos ignorar ni cambiar, pero que deben servirnos para la reflexión y, sobre todo, utilizarlos para contener los daños; sin embargo, aquellos factores internos que dependen de la gestión del destino, sí.

La lección es clara: cuando el turista deja de llegar, la recesión no se queda en el hotel. Se transmite hacia el transporte, restaurantes, comercio, empleo, agricultura, construcción, inversión, consumo y finanzas públicas.

Pero existe otra expresión que merece atención: el turista puede dejar de llegar por razones foráneas; eso no está en nuestras manos. Sí, en el porqué comienzan a rechazar el destino por razones internas, pues la demanda puede medirse y, por tanto, permite ajustar anticipadamente la gestión del destino.

Por otro lado, tenemos en la geografía turística global naciones que han venido mostrando ciertos malestares colectivos ante el turista. Por ejemplo, Barcelona, Canarias y Venecia constituyen espejos distintos. En 2025, Barcelona volvió a registrar protestas contra el turismo masivo, asociadas por los manifestantes con vivienda, precios y pérdida de calidad de vida. En Canarias, miles de personas protestaron en 2024 contra un modelo que consideraban excesivo por sus efectos sobre vivienda, infraestructura y ambiente; el turismo representaba entonces alrededor del 35 % del PIB regional. En Venecia, se ha implementado un sistema de contribución de acceso y gestión de flujos. Para el año 2026, ya se habían registrado más de 679,000 títulos de pago en 60 jornadas de aplicación. Esto significa que, para desincentivar el aflujo de turistas, se decidió establecer un costo monetario para ingresar en los días de mayor saturación.

Estos casos no significan que República Dominicana esté reproduciendo esos conflictos. Por el contrario, son signos que debemos observar. En el este del país, donde la actividad turística tiene un impacto significativo en el territorio, la creciente demanda de vivienda, servicios, movilidad, presión ambiental, empleo y distribución de beneficios podría acumularse de manera silenciosa. Si el crecimiento del turismo no se acompaña de mejoras en la calidad de vida, este sector podría verse afectado, convirtiéndose en la válvula de escape para las tensiones sociales que se han ido acumulando.

La turismización no solo describe cómo el turismo transforma un territorio; también sus revelaciones pueden utilizarse para detectar señales, anticipar escenarios y orientar decisiones. Una forma de analizar los datos juntos, no separados.

¿Qué observar? Avisos externos como reservas, cancelaciones, vuelos, mercados emisores, restricciones de viaje, crisis sanitarias, conflictos geopolíticos, condiciones económicas e internas como empleo, inversión, gasto turístico, vivienda, agua, residuos, movilidad, condiciones laborales, percepción del residente y conflictos comunitarios. Recopilarlas, interpretarlas para anticipar escenarios; por prevención, vigila el comportamiento del turismo internacional.

En general, las informaciones tienen una ruta fácil de seguir, números convertidos en indicios con los cuales se pueden emplear para minimizar su impacto y maximizar lo favorable; en definitiva, ayudan a tomar acciones, viabilizan la resiliencia y acompañan la sostenibilidad y competitividad turística.

Un cuerpo para manejar aspectos que pueden ser de carácter coyuntural, como una caída temporal de visitantes, la pérdida de un mercado emisor, una crisis sanitaria, geopolítica o ambiental. Como lo del exterior no siempre se puede controlar. Mientras que la preparación interna, sí.

Por eso, la pregunta no debería ser únicamente cuántos turistas podemos recibir, sino qué capacidad tiene el suelo para resistir cuando llegan menos y para sostenerse cuando llegan demasiados.

Si el diagnóstico revela que el crecimiento turístico está deteriorando las condiciones que sostienen al propio destino, la respuesta no puede limitarse a atraer más visitantes. Allí cobra sentido el enfoque regenerativo.

De manera que la verdadera prueba no está solamente en atraer al turista. Está en preparar el territorio para cuando llegue, cuando aumente… y cuando deje de llegar.

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