Por Antonio Corcimo

Verón-Bávaro-Punta Cana crece, pero no para todos por igual. Detrás del dinamismo económico persiste una deuda social acumulada que el PIB turístico no registra: sin redes de acueducto ni planta de tratamiento de aguas residuales, movilidad vial colapsada y un crecimiento urbano desordenado que avanza sin el marco regulador previsto en el Plan de Ordenamiento Territorial, Uso de Suelo y Asentamientos Humanos. Cada uno de estos déficits tiene un costo concreto: presión sobre la salud pública, degradación de playas y arrecifes de coral, y erosión de la calidad de vida de quienes sostienen el destino desde adentro. No se trata solo de crecimiento turístico. Se trata de una reconfiguración real de la vida social, donde propiedad, producción, trabajo, infraestructura y control del espacio se reorganizan, pero sin que sus residentes sean los primeros beneficiarios.

Hoy, este distrito municipal comprime tensiones visibles, fruto de la estrategia de desarrollo contemporáneo en el Caribe. Comparte una economía turística e inmobiliaria de alto rendimiento; convive con zonas periféricas con escasa planificación. Lejos de las narrativas de éxito y de impulsor —cifras récord de visitantes, expansión hotelera y nuevos nichos—, el territorio revela una dinámica más compleja: la producción de valor global junto a la reproducción local de desigualdades como respuesta del ecosistema económico complejo en transición territorial ciudad-región.

Del enclave al sistema urbano en transición.

Durante décadas, Bávaro y ahora Punta Cana han venido operando bajo la lógica de enclave turístico: espacios altamente integrados al mercado internacional, con estándares de infraestructuras y servicios que responden a la demanda externa (aeropuerto y hoteles). Hoy, ese modelo se desborda hacia Verón, Bávaro Oeste, El Salado y La Ceiba, como en Higüey, en barrios donde se concentra la fuerza de trabajo y una creciente oferta de servicios.

Un alto porcentaje de las tierras está en manos de capital externo a Verón-Bávaro-Punta Cana en relación con las que están a nombre de sus residentes originarios. Y, por otro lado, está marcado por la velocidad de la valorización del suelo, donde la concentración de propiedad y de poder está representada por los propietarios de los terrenos.

El resultado es un lugar de contraste (opulencia y precariedad); resorts colindan con barrios sin agua potable ni alcantarillado, un referente de desarrollo desigual. Un enclave que no ha sido originalmente concebido como una ciudad: su población, sus funciones y su complejidad aumentan, pero no al mismo ritmo que su gobernanza, planificación y provisión de bienes públicos y mucho menos se considera la calidad de vida de la población más allá del tradicional crecimiento económico.

Igualmente, emerge una rotura entre la sostenibilidad performativa y la sostenibilidad material en Verón Bavaro-Punta Cana: calidad de vida, agua, saneamiento, residuos y resiliencia costera siguen siendo cuellos de botella. La “experiencia” se sofistica para el visitante, mientras la vida cotidiana del residente permanece precarizada.

Expectativas: expansión con inercia global

Las proyecciones de llegada de visitantes, la cartera de inversiones y la diversificación del producto turístico (salud, MICE, deporte, lujo) nos muestran que el ciclo de crecimiento continuará en el corto y mediano plazo en expansión. Este dinamismo responde a una combinación de ventajas: conectividad aérea, marca país consolidada y confianza del capital, fruto histórico de estabilidad social, económica y política. Pero al mismo tiempo que una frágil institucionalidad expresada en escasa regulación, se produce una inercia que no sólo es neutra territorialmente, sino que tiende a concentrar rentas en nodos turísticos en zonas costeras y a trasladar los costos (déficit de vivienda, movilidad, servicios) hacia la periferia.

De enclave a ciudad: por qué Punta Cana necesita más que turismo para ser sostenible

Insistir en la lógica del “derrame” es poco convincente y no basta. La oportunidad estratégica está en consolidar encadenamientos productivos, integrar lo local más allá de las manos de obra, impulsar la economía creativa y las mipymes al circuito turístico. Inversión y transformación de Verón Bavaro-Punta Cana en una ciudad planificada como garantía de la sostenibilidad del destino.

Por ejemplo, el Estado, a través del Comité Ejecutor de Infraestructuras de Zonas Turísticas (CEIZTUR), tiene la responsabilidad de disponer de recursos para mejorar los espacios públicos abiertos de los barrios que están en la periferia de las zonas hoteleras: más habitables, dignos e inclusivos; acompañar al gobierno local con política urbana más activa —ordenamiento del suelo, vivienda y movilidad—, inversión en bienes públicos de alta capacidad, formación técnico-profesional alineada a la demanda del sector y una regulación eficiente que equilibre competitividad con derechos urbanos.

Quién captura el valor, quién asume los costos

El turismo en Verón–Bávaro–Punta Cana genera divisas con eficiencia, pero distribuye sus beneficios con inequidad. El capital —externo y nacional— captura las rentas en los segmentos de mayor valor; el territorio local absorbe los costos: presión sobre los servicios, encarecimiento del suelo y vulnerabilidad ambiental. Lo que une a sus habitantes no es una comunidad construida, sino los salarios y los ingresos. Un enclave que produce riqueza hacia afuera y reproduce desigualdad hacia adentro.

De destino a ciudad-región

Verón–Bávaro–Punta Cana ya no es solo un destino turístico. Es una ciudad-región en formación: más población, más funciones, más complejidad. Pero ese tránsito —de distrito a municipio, de enclave a territorio— exige algo que el crecimiento económico no garantiza por sí solo: gobernanza, planificación y bienes públicos a la altura de quienes la habitan.

El motor turístico más importante del país convive con brechas profundas en agua, salud, educación y empleo digno. Esa contradicción no es accidental: es estructural. Y sin una intervención pública coordinada, el modelo seguirá produciendo excelencia turística en la costa y precariedad en la periferia.

El reto no es detener el crecimiento. Es dirigirlo. Convertir la expansión en desarrollo inclusivo, la inversión en infraestructura con equidad territorial y el dinamismo económico en bienestar real para quienes sostienen el destino desde adentro.

Verón–Bávaro–Punta Cana tiene la escala, la conectividad y la proyección para ser una ciudad ejemplar en el Caribe. Pero esa oportunidad se cierra cada año que pasa sin planificación, sin regulación y sin que el índice de bienestar social de sus residentes importe tanto como las cifras de visitantes.

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