Mientras la sala permanece vacía, la pantalla doméstica concentra la atención: no es la desaparición del cine, sino el desplazamiento silencioso de su centro de gravedad.
Por Yeralffi Arache info@yeralffiarache.com
Plantear esta pregunta resulta incómodo. Incluso puede parecer exagerado. Sin embargo, no es una hipótesis descabellada.
El debate sobre la posible pérdida de centralidad de las salas de cine no nace con la pandemia. La crisis sanitaria actuó como acelerador de un proceso que ya mostraba señales estructurales de desgaste: caída sostenida de asistencia, aumento de costos operativos y transformación de los hábitos de consumo audiovisual. La pandemia no creó el problema. Lo precipitó.
Un modelo tensionado antes del colapso
Mucho antes de 2020, el modelo tradicional de exhibición ya enfrentaba presiones. Durante décadas, la experiencia cinematográfica mantuvo su esencia: desplazamiento físico, horarios fijos, compra de entrada y consumo complementario dentro del recinto.
Las mejoras introducidas en los últimos años —butacas reclinables, formatos premium, salas IMAX, experiencias 4D— elevaron la calidad, pero no modificaron la estructura base del negocio. En cambio, incrementaron el costo total de la salida. El precio del boleto aumentó. Los alimentos y bebidas también. El cine pasó de ser un hábito frecuente a convertirse en una actividad ocasional.
Desde el punto de vista económico, el modelo comenzó a depender cada vez más de grandes producciones capaces de justificar el gasto.
El punto de inflexión: pandemia y cambio forzado de conducta
El cierre global de salas en 2020 generó una alteración abrupta del comportamiento del consumidor. El streaming dejó de ser una alternativa complementaria y se convirtió en el único canal de estreno disponible.
Este cambio no fue gradual; fue obligatorio. Millones de espectadores normalizaron el consumo doméstico de estrenos. La elasticidad del hábito quedó expuesta: una vez internalizada la comodidad del hogar, el retorno a la sala dejó de ser automático.
Además, las tradicionales ventanas de exclusividad —que históricamente protegían la exhibición en salas durante 75 o 90 días— se redujeron en muchos casos a 45 días o menos. El mensaje implícito fue claro: la espera sería corta.
Cuando el consumidor percibe que el mismo contenido estará disponible en su plataforma habitual en pocas semanas, el incentivo económico para acudir al cine se debilita.
Tecnología doméstica y costo marginal cero
Paralelamente, la experiencia en el hogar mejoró de forma acelerada. Televisores 4K y 8K, sistemas de sonido envolvente accesibles, interfaces intuitivas y algoritmos de recomendación aumentaron la calidad del consumo doméstico.
Desde una perspectiva económica, el costo marginal de ver una película en streaming es prácticamente cero una vez pagada la suscripción. En contraste, asistir a una sala implica un gasto adicional por cada evento.
El razonamiento del consumidor se simplificó: “puedo esperar”. Tras la pandemia, esa lógica dejó de ser excepcional y pasó a ser estructural.
Interrupciones industriales y fragilidad del calendario
La huelga de guionistas y actores en 2023 añadió otra capa de presión. La paralización prolongada impactó la producción y debilitó el calendario de estrenos en 2024 y 2025.
La exhibición depende críticamente del flujo constante de contenidos de alto perfil. Cuando el volumen disminuye, la rentabilidad se resiente. Las plataformas, en cambio, operan con catálogos amplios y capacidad de rotación.
El efecto acumulativo consolidó una jerarquía: el streaming como prioridad; la sala como evento selectivo.
Percepción de valor y jerarquización del contenido
Existe un factor menos cuantificable pero igualmente determinante: la percepción de valor. Cuando el espectador afirma que una película “es para verla en casa”, no está evaluando únicamente el tamaño de la pantalla. Está asignando categoría.
La sala de cine funciona bajo lógica de evento. Si el contenido no se percibe como espectáculo o experiencia colectiva imprescindible, la ecuación económica pierde atractivo.
Actualmente, el modelo parece reservarse para:
•Grandes franquicias.
•Espectáculos visuales.
•Narrativas de alto impacto técnico.
•Fenómenos culturales masivos.
El resto del contenido migra de forma natural al entorno doméstico.
¿Desaparición o reconfiguración?
Plantear el “fin del cine” en términos absolutos sería impreciso. La experiencia colectiva posee una dimensión social que difícilmente puede replicarse por completo en el ámbito privado.
Sin embargo, sí es plausible que estemos presenciando el fin del cine como hábito masivo regular.
La sala ya no es el centro incuestionable del estreno. Es una etapa dentro de una cadena de explotación dominada por plataformas digitales.
La lógica empresarial del streaming
El equilibrio futuro dependerá, en gran medida, de la estructura de propiedad de los estudios. Si las grandes productoras priorizan modelos basados en suscripción, la lógica económica tenderá hacia la retención del usuario más que hacia la maximización de taquilla.
No se trata de ideología cultural, sino de coherencia empresarial. Una plataforma cuyo principal activo es el tiempo de permanencia del usuario optimizará su estrategia en función de ese objetivo.
En ese escenario, la exhibición en salas podría acortarse o volverse más selectiva, afectando el volumen y la permanencia en cartelera. Más que un final, una pérdida de centralidad. La evidencia apunta menos a una desaparición que a una redistribución del protagonismo.
Las salas podrían consolidarse como espacios premium para experiencias excepcionales, mientras el consumo cotidiano se estabiliza en el hogar. No sería la muerte del cine como expresión artística. Sería el fin de su hegemonía como formato dominante de acceso.
El factor generacional
Existe además un componente generacional innegable. Nuevas audiencias crecieron con el streaming como norma, no como alternativa. Para ellas, la sala no es ritual fundacional sino opción secundaria.
La nostalgia pertenece a quienes asociaron el cine con un rito colectivo recurrente. El mercado responde a hábitos actuales, no a memorias culturales.
Conclusión
La pandemia fue catalizador, no causa originaria. El verdadero debate gira en torno al modelo de negocio.
El cine no ha desaparecido. Tampoco parece destinado a hacerlo. Pero su rol dentro del ecosistema audiovisual ha cambiado de manera profunda. Quizás no estamos ante el final del cine. Estamos ante el final del cine como lo conocimos.
Nota editorial: Marcos Sánchez, experto en temas cinematográficos fungió como consultor y colaborador auxiliar en este artículo.
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