FASD 2050: Sistema de islas artificiales para el litoral de Santo Domingo, concebido como parte integral del «Columbus Project». Una iniciativa académica y urbanística dirigida por el Arq. Richard Moreta Castillo junto a estudiantes de la Universidad Bauhaus de Weimar. El proyecto contó con el auspicio de la Bauhaus-Universität Weimar y la Embajada de Alemania en la República Dominicana, bajo la co-dirección e impulso del recordado embajador y arquitecto Rafael Calventi (EPD).
Por Richard Moreta Castillo
Recorrer las principales capitales financieras, tecnológicas y culturales del planeta en mis recientes viajes internacionales permite constatar una realidad ineludible: estamos presenciando el fin acelerado del orden internacional que definió los últimos treinta años.
Aquella era marcada por la unificación de reglas globales, la libre circulación de mercancías y el liderazgo incontestable de Estados Unidos como «alguacil del mundo» está siendo reemplazada por un escenario sumamente fragmentado.
Al observar las dinámicas de poder global desde la dualidad de mi vida transitando constantemente entre el dinamismo corporativo y financiero de West Palm Beach y la exclusividad estratégica de Cap Cana, en la República Dominicana veo con profunda preocupación cómo la complacencia de Occidente le impide percatarse de que el mundo se está partiendo en bloques y zonas de influencia en competencia directa.
Vivir a caballo entre la costa de Florida y el principal destino residencial de lujo del Caribe me otorga una perspectiva privilegiada: soy testigo directo de cómo los capitales globales buscan con urgencia refugios seguros que combinen seguridad jurídica, conectividad y estabilidad frente a la incertidumbre.
Esta metamorfosis geopolítica no es casual; responde a tres grandes tensiones estructurales que moldearán el resto del siglo XXI. La primera de estas tensiones es el paso irreversible de la globalización a la regionalización.
La integración de mercados globales ha saltado por los aires; avanzamos hacia bloques regionales celosos de su soberanía, industrias estratégicas y cadenas de suministro locales o de cercanía. La segunda fuerza es la revolución ininterrumpida de la inteligencia artificial. Nos encontramos ante la mayor transformación tecnológica e industrial desde la invención de la máquina de vapor.
La hegemonía militar, económica e industrial del futuro ya no se medirá en barriles de petróleo, sino en el dominio de la robótica, las infraestructuras de semiconductores, los centros de datos y la automatización avanzada.
El tercer factor determinante es el desplazamiento del eje del poder hacia Asia y el consecuente desafío demográfico. El eje histórico Europa-Estados Unidos (el Atlántico) ha perdido definitivamente la centralidad. El centro de gravedad económico y poblacional del planeta migra irremisiblemente hacia el Indo-Pacífico, con potencias como China, India, Indonesia y Filipinas liderando la marcha. Mientras Occidente, China y Japón sufren un declive demográfico vertiginoso, África e India concentran la fuerza laboral y juvenil que impulsará el consumo y la producción en las próximas décadas.
Europa, atascada en burocracia y sobre-regulación, va en retroceso y sin frenos: pasó de representar un 25 % del PIB mundial en el año 2000 a apenas un 15 % en la actualidad. Estados Unidos se sostiene en un 25 %, pero a costa de un déficit fiscal creciente y de una carrera feroz contra China.
Este reordenamiento geopolítico no es meramente teórico; tiene repercusiones tangibles e inmediatas en la economía real y en los mercados financieros globales, manifestándose de manera agresiva a través de tres ámbitos estratégicos institucionales que impactan los flujos de capital a nivel global. El primero de ellos involucra la energía y el estrés en las cadenas de suministro.
El cierre o bloqueo de vías navegables estratégicas y la inestabilidad crónica en zonas clave como el Oriente Medio han alterado de forma drástica el mercado del petróleo y del gas natural licuado (GNL). La desaparición de enormes volúmenes de derivados del combustible mantiene ajustada la oferta global.
Aunque existen reservas técnicas, estas se están agotando rápidamente debido a los conflictos en curso, lo que garantiza volatilidad, encarecimiento de los fletes marítimos e inflación energética de carácter persistente a escala internacional. El segundo ámbito corresponde al auge del cobre y las materias primas tecnológicas.
La electrificación acelerada y la expansión masiva de supercomputadoras para alimentar los modelos de IA han desatado una demanda sin precedentes de materias primas industriales, encabezadas por el cobre y las tierras raras. Países emergentes con tasas de consumo eléctrico disparadas, como la India que crece a un ritmo superior al 7 % interanual, necesitan infraestructuras colosales que absorben la disponibilidad de estos recursos del mercado.
El tercer punto es la desconexión del dólar y el refugio en activos tangibles.
Con la ruptura del modelo de globalización unipolar, las potencias emergentes y los bancos centrales ya no desean depender exclusivamente de las reservas en dólares, susceptibles a sanciones geopolíticas. Países como Rusia, China, India e incluso naciones de Europa central están comprando masivamente oro y plata para respaldar sus economías. Nos dirigimos hacia un sistema multipolar en el que el valor monetario se refugiará crecientemente en activos tangibles e insustituibles.
Ante este tablero internacional tan complejo e incierto, la República Dominicana, como economía abierta ubicada en el corazón del Caribe, no es ajena a estos vientos de cambio.
Si bien el panorama plantea serias amenazas a la estabilidad de precios, el país muestra resiliencia con un crecimiento proyectado de 4.0 % por la CEPAL, impulsado por factores clave donde la geoeconomía dictará la pauta de los próximos años.
El primer gran impacto se observa en el reagrupamiento comercial e industrial a través del nearshoring. La fragmentación de la globalización fuerza a las empresas multinacionales a acercar sus cadenas de producción a los mercados de destino. Para la República Dominicana, su cercanía geográfica con Estados Unidos y el marco del tratado DR-CAFTA representan un activo de primer orden.
Sectores como la manufactura en zonas francas registran un repunte en la atracción de inversiones de alto valor. El país debe acelerar la modernización de su infraestructura logística y de puertos para consolidarse como el hub industrial del Caribe.
El segundo impacto, de carácter restrictivo, es la vulnerabilidad energética y la inflación importada. Si bien el Banco Central vigila estrechamente la estabilidad monetaria, la cotización de los hidrocarburos importados ejerce una presión constante sobre el déficit fiscal mediante los subsidios estatales a los combustibles. La lección mundial es contundente: depender de fósiles externos frena el desarrollo.
El país requiere profundizar la transición hacia fuentes renovables (solar y eólica) para blindar los costos de producción locales. El tercer aspecto es la transformación digital y el mercado de divisas. La revolución de la IA expone la necesidad de reformar el sistema educativo hacia habilidades STEM para retener la inversión extranjera directa, que se estima superará los US$5,300 millones.
Asimismo, las corrientes de remesas y la inversión inmobiliaria premium de alto perfil como la que dinamiza a Cap Cana demuestran la interconexión con la economía estadounidense, obligando a la gestión nacional a ofrecer infraestructuras digitales de primer mundo.
La resiliencia financiera y minera jugará a favor del país. El auge global del oro beneficia directamente el renglón de exportaciones nacionales tradicionales. Con reservas internacionales netas sólidas, el respaldo de la producción de metales preciosos en el territorio actúa como un estabilizador del tipo de cambio frente a la desdolarización global.
Aquellas naciones que comprendan a tiempo que el entorno del siglo XX no regresará serán las que logren prosperar. La República Dominicana tiene la oportunidad histórica de dejar de ser un simple espectador de la geopolítica y convertirse en un centro regional de logística, tecnología e inversión de clase mundial en la nueva era global.
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