La herencia de los ideales: crímenes y superación

 

Por Quilvio Vásquez

La historia tiene tantos episodios de hombres dispuestos a morir por sus ideas como de hombres dispuestos a matar por ellas; por lo que resulta absurdo buscar la nobleza o la maldad que impulsa a las personas a vivir o morir por un ideal.

Lo cierto es que los seguidores de esos ideales seguirán adelante, dejando atrás los crímenes cometidos por quienes los precedieron, y se guiarán por los principios nobles de sus convicciones. Quienes pretenden ver únicamente el crimen no se autocritican y pierden la oportunidad que brinda la experiencia.

Me asombra ver cómo algunos se ciegan ante el desarrollo de países como China, Vietnam y Rusia: naciones que contaron con gobiernos autoritarios y etapas oscuras, pero que han logrado transformaciones profundas manteniendo su identidad ideológica.

– China: Desde 1978 creció a un promedio superior al 9% anual, sacó de la pobreza a más de 800 millones de personas y elevó la esperanza de vida a 78 años, aunque también enfrenta críticas por derechos humanos y libertades civiles.
– Vietnam: Tras sus reformas de 1986, multiplicó su PIB por más de 60 veces, redujo la pobreza extrema a menos del 2% y alcanzó una esperanza de vida de 75 años, con avances en salud y educación universal.
– Rusia: Tras la disolución de la URSS, reorganizó su economía, fortaleció su soberanía y recuperó su estatus geopolítico, aunque con retos en transparencia y democracia.

Hay personas que no ven a un criminal en sus propios líderes; se consideran libres, justas, dignas y democráticas, pero, en nombre de esa misma democracia, actúan sin compasión y siguen respaldando a figuras y regímenes que son igual o más dañinos que cualquiera de sus antecesores.

Un principio que nunca he compartido es que ningún país deba imponerse sobre otro mediante su poderío económico o militar, para obligarlo a actuar en contra de su voluntad. Esa imposición, bajo cualquier pretexto, rompe el equilibrio entre naciones y genera resentimiento, conflictos y dependencias injustas.

Comparar la hipocresía y las acciones reprobables del actual presidente de Estados Unidos con los errores y crímenes cometidos por regímenes pasados —tanto de ideología capitalista como comunista, que en su momento mataron en nombre de sus creencias— resulta una simplificación injusta. Cada contexto histórico, cada presión internacional y cada estructura de poder definen sus propios daños y sus propios logros.

Equiparar al presidente Donald Trump con quienes luchan por la paz es favorecer un mundo inseguro. Quien lo califica de usurpador y enemigo de la democracia sostiene que no puede compararse con ningún otro líder que haya cometido actos similares. Pero la verdadera mirada crítica exige coherencia: juzgar por igual cualquier abuso de poder, venga de donde venga, respetar la soberanía de cada pueblo y no usar el pasado para ocultar los errores del presente.

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