Por Elías Wessin Chávez
La izquierda contemporánea ha perfeccionado un método de dominación política que no se libra en el terreno de los hechos, ni siquiera en el de las ideas, sino en el del lenguaje.
Su arma principal ya no es el argumento, sino la etiqueta; ya no es la razón, sino la descalificación moral. No debate, clasifica. No persuade, estigmatiza.
Este estilo es una estrategia consciente de blindaje intelectual. La opacidad argumental funciona como muralla, si no comprendes su jerga, es porque “no estás formado”; si no aceptas sus premisas, es porque “eres reaccionario”; si discrepas, es porque “careces de sensibilidad social”. En ese marco, disentir deja de ser un derecho para convertirse en una afrenta. Afrenta que muchas veces traducen hasta en «rasgarse las vestiduras».
Se trata, en esencia, de un chantaje lingüístico. El procedimiento es simple y eficaz. Se sustituye el debate racional por un campo semántico cargado de culpa. Palabras como progresista, inclusivo, diversidad, derechos, justicia social o tolerancia son monopolizadas y redefinidas como patrimonio exclusivo de la progresía.
De inmediato, quien no se pliega al discurso queda fuera de la comunidad moral cae en la calificación de conservador reaccionario, retrógrado, fóbico, extremista. No importa lo que diga; la etiqueta ya lo ha condenado. Así se fabrica «autoridad» sin tener que demostrarla.
Alexis de Tocqueville advirtió que en las democracias modernas puede surgir una nueva forma de tiranía más sutil que la fuerza bruta, esto es, «la tiranía de la opinión dominante», que no encarcela el cuerpo, pero asfixia la conciencia.
Hoy vemos esa advertencia materializada. La cancelación social, el linchamiento digital y la censura cultural cumplen el papel que antes desempeñaban los aparatos represivos.
No se refuta al adversario, se le silencia. La ironía es que quienes se autoproclaman campeones del pluralismo son, con frecuencia, los menos tolerantes a la pluralidad real.
Karl Popper lo formuló con claridad, dijo: «una sociedad abierta exige tolerancia, pero no puede tolerar la imposición de doctrinas cerradas que busquen monopolizar la verdad.» Sin embargo, la izquierda cultural ha convertido sus postulados en dogmas inmunes a crítica. Cualquier cuestionamiento se interpreta como agresión.
Este fenómeno tiene raíces más profundas. Friedrich von Hayek explicó cómo el constructivismo racionalista (la creencia de que la sociedad puede rediseñarse desde una élite ilustrada) conduce inevitablemente al desprecio por la libertad individual. Cuando se cree poseer la verdad histórica o moral, el disidente ya no es un interlocutor legítimo, es un obstáculo que debe corregirse o neutralizarse.
Por eso el lenguaje se vuelve arma. Porque controlar las palabras es controlar los límites de lo pensable.
George Orwell lo anticipó magistralmente cuando expresó «quien redefine el vocabulario termina redefiniendo la realidad.»
Hoy la manipulación semántica opera a diario. “Equidad” ya no significa igualdad ante la ley, sino trato diferenciado por identidad. “Inclusión” implica exclusión de quien no comparte la narrativa. “Democracia” se usa para justificar medidas que reducen libertades básicas. La inversión conceptual es sistemática.
El resultado es una cultura política infantilizada donde el debate se sustituye por la indignación y el análisis por el panfleto.
Cuando algunos, más instruidos o sofisticados, se sienten desenmascarados, reaccionan con una hipersensibilidad teatral, acusan de dogmático al crítico, de intolerante al que disiente, de ideológico al que cuestiona su ideología y de falta de modales al que primero fue víctima de su vocabulario destemplado. Es el clásico mecanismo de proyección, esto es, atribuir al otro los vicios propios.
Pero llamar “dogma” a la cosmovisión conservadora es desconocer su fundamento. El conservadurismo serio no se basa en utopías abstractas, sino en la experiencia histórica, la prudencia institucional y el respeto por los límites del poder. No promete paraísos; busca orden, estabilidad y libertad responsable. No pretende rehacer al hombre; intenta protegerlo de los excesos del Estado y de las modas ideológicas.
La izquierda woke, en cambio, necesita el monopolio moral del lenguaje porque sus resultados prácticos rara vez resisten el escrutinio empírico.
Allí donde gobierna, proliferan la burocracia, el endeudamiento, la dependencia clientelar y la erosión de las libertades. Cuando la realidad contradice la teoría, la respuesta no es rectificar, es censurar.
Frente a este chantaje, la tarea es clara, reconquistar el lenguaje, llamar a las cosas por su nombre y devolver al debate público la racionalidad perdida. No aceptar etiquetas impuestas, no pedir permiso para disentir, no someter la verdad a la corrección política.
Cuando el lenguaje se secuestra, la libertad empieza a morir en silencio. Y la primera resistencia consiste, precisamente, en negarse a repetir la mentira.
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