Redacción Exposición Mediática.- Durante las últimas décadas, la política dominicana ha producido un fenómeno curioso. Cada vez que surge una figura ajena a las estructuras tradicionales de poder, una parte importante del debate público se concentra en explicar por qué esa persona no debería estar donde está. Rara vez se dedica el mismo esfuerzo a comprender por qué logró llegar hasta allí.

Eso parece estar ocurriendo nuevamente con Santiago Matías.

En las últimas horas, las redes sociales, los programas de opinión y los espacios informativos han estado inundados por una pregunta que, hasta hace algunos años, habría parecido improbable: ¿qué ocurriría si Santiago Matías aspirara a la Presidencia de la República?

Las reacciones han sido previsibles. Unos consideran la sola posibilidad como una señal de deterioro institucional. Otros la interpretan como una consecuencia lógica del momento histórico que vive el país.

Entre ambos extremos se ha desarrollado una discusión intensa en la que abundan los juicios personales, las simpatías, las antipatías y las referencias a episodios específicos de la vida del comunicador. Sin embargo, existe una cuestión más importante que con frecuencia queda relegada.

La pregunta verdaderamente relevante no es si Santiago Matías sería un buen presidente. La pregunta es por qué millones de personas consideran que podría convertirse en una opción política viable. Esa diferencia es fundamental.

Porque cuando una figura nacida fuera de los partidos tradicionales logra instalarse en la conversación presidencial, el fenómeno deja de ser individual. Se convierte en un síntoma social y los síntomas suelen decir mucho más sobre una sociedad que sobre la persona que los encarna.

Durante años, la política dominicana funcionó bajo una lógica relativamente estable. Los grandes partidos controlaban la representación pública. Eran ellos quienes producían los liderazgos, construían las candidaturas, administraban las estructuras territoriales y definían quién podía aspirar seriamente al poder.

El acceso a la conversación nacional estaba limitado por una serie de filtros institucionales. Para convertirse en una figura de alcance nacional era necesario recorrer largos caminos dentro de organizaciones políticas, medios tradicionales o estructuras empresariales consolidadas.

La revolución digital alteró radicalmente ese modelo. Por primera vez en la historia moderna dominicana, una persona podía construir una audiencia masiva sin depender de los mecanismos tradicionales de validación.

Las plataformas digitales eliminaron intermediarios. El poder de convocatoria dejó de medirse exclusivamente en mítines, afiliaciones o cargos públicos y comenzó a medirse también en visualizaciones, alcance, interacción y capacidad de influencia sobre millones de ciudadanos.

Es precisamente en ese contexto donde debe analizarse el ascenso de Santiago Matías. Más allá de las opiniones que despierte, resulta difícil discutir su relevancia dentro del ecosistema mediático dominicano.

Su plataforma logró construir niveles de audiencia que hace apenas dos décadas habrían parecido imposibles para un proyecto nacido fuera de los grandes conglomerados tradicionales.

La discusión, por tanto, no puede limitarse a si gusta o no gusta. Las sociedades modernas no se transforman según las preferencias personales de sus observadores.

Se transforman según las dinámicas reales de poder, influencia y representación que surgen dentro de ellas y Santiago Matías representa una de esas dinámicas.

Quienes rechazan la posibilidad de una eventual candidatura suelen concentrarse en argumentos relacionados con la experiencia política, la formación académica o determinados episodios de su trayectoria personal.

Son observaciones legítimas dentro de cualquier democracia, pero existe un problema cuando esos argumentos intentan sustituir una realidad evidente.

La realidad es que una porción significativa de la población escucha, consume y sigue diariamente los contenidos producidos por su plataforma.

La realidad es que posee una capacidad de movilización comunicacional que muchos dirigentes políticos tradicionales desearían tener y la realidad es que logró construir una relación directa con sectores de la ciudadanía que no necesariamente se sienten representados por los canales políticos convencionales.

Ignorar esos hechos no los hace desaparecer. Por el contrario, suele fortalecerlos. La historia política contemporánea ofrece numerosos ejemplos de figuras que fueron inicialmente subestimadas porque las élites institucionales confundieron desaprobación con irrelevancia.

No son conceptos equivalentes. Una figura puede generar rechazo en determinados sectores y, simultáneamente, poseer una enorme capacidad de conexión popular.

Lo segundo suele tener más consecuencias electorales que lo primero. Pero quizá el aspecto más interesante de este debate no sea Santiago Matías.

Quizá sea el sistema político que ha hecho posible que su nombre aparezca en esta conversación. Porque ninguna figura emerge en el vacío. Los fenómenos políticos suelen prosperar cuando existen condiciones que los favorecen y una de esas condiciones es el desgaste de confianza en las estructuras tradicionales.

Durante años, amplios segmentos de la población han desarrollado una creciente sensación de distancia respecto a los partidos políticos. No necesariamente porque rechacen la democracia. Más bien porque perciben que las organizaciones partidarias se han convertido en espacios progresivamente cerrados sobre sí mismos.

Desde esa perspectiva, muchos ciudadanos observan un sistema donde los mismos grupos, los mismos liderazgos y las mismas dinámicas se reciclan elección tras elección.

La consecuencia natural es la búsqueda de alternativas. Cuando los mecanismos tradicionales de representación pierden capacidad para canalizar expectativas sociales, inevitablemente aparecen nuevos actores dispuestos a ocupar ese espacio.

No se trata de una anomalía dominicana. Es un fenómeno visible en numerosos países. Comunicadores, empresarios, activistas, figuras del entretenimiento y líderes digitales han comenzado a competir por espacios que anteriormente pertenecían casi exclusivamente a los partidos.

La razón es relativamente sencilla. La legitimidad ya no se construye únicamente desde las instituciones. También se construye desde la capacidad de conectar con las experiencias, frustraciones y aspiraciones de sectores amplios de la población.

Ese es el punto central que muchos análisis pasan por alto. Cuando una parte de la ciudadanía presta atención a figuras externas al sistema político, no necesariamente está votando por ellas.

A veces está enviando un mensaje a quienes sí ocupan el poder. Un mensaje de inconformidad. Un mensaje de cansancio. Un mensaje de desconfianza y sobre todo, un mensaje de búsqueda.

La búsqueda de algo diferente. La búsqueda de nuevos interlocutores. La búsqueda de voces que parezcan menos vinculadas a las estructuras que han dominado la vida pública durante décadas.

Desde luego, reconocer este fenómeno no implica convertir automáticamente a Santiago Matías en la solución de los problemas nacionales. Tampoco implica ignorar las preguntas legítimas que cualquier aspirante presidencial debe responder sobre programas de gobierno, equipos técnicos, visión institucional, política económica, relaciones internacionales o administración pública.

Esas preguntas seguirían siendo necesarias y seguirían siendo exigibles. Pero ninguna de ellas invalida la cuestión principal.

¿Por qué tantas personas están dispuestas siquiera a considerar la posibilidad?

Responder esa pregunta exige observar menos al individuo y más a la sociedad. Porque las sociedades no elevan figuras de esta magnitud por accidente.

Lo hacen cuando identifican en ellas algo que consideran representativo de su momento histórico. Quizá algunos vean en Santiago Matías a un comunicador exitoso.

Otros verán a un empresario de medios. Algunos lo percibirán como una voz incómoda para sectores tradicionales de poder. Otros lo considerarán insuficientemente preparado para la función pública.

Todas esas interpretaciones pueden coexistir. Lo que resulta más difícil de negar es que se ha convertido en una realidad política y cultural que ya forma parte de la conversación nacional.

Las realidades no desaparecen por decreto, por descalificación o por burla. Se analizan. Se comprenden. Se estudian. En última instancia, el verdadero debate no gira alrededor de una persona.

Gira alrededor de una sociedad que parece estar enviando señales cada vez más claras sobre su relación con la política tradicional.

Si esas señales serán escuchadas o ignoradas es otra discusión. Pero pretender que no existen sería probablemente el error más grande de todos.

Porque la historia demuestra que cuando una parte importante de la ciudadanía comienza a buscar referentes fuera de los canales convencionales, el acontecimiento más importante no es quién aparece.

Lo verdaderamente importante es entender por qué la gente comenzó a buscarlos.

Loading