Por Mariano Abreu

​En el panorama político de cara a la próxima contienda interna del Partido Revolucionario Moderno (PRM), los números de las encuestas proyectan un escenario claro en la superficie: David Collado, actual ministro de Turismo, exalcalde y exdiputado, se posiciona en las mediciones como el favorito para liderar la boleta presidencial. Sin embargo, en la arquitectura del poder, los datos fríos de los sondeos suelen chocar de frente con la realidad del terreno. Debajo de ese posicionamiento de élite se gesta un malestar creciente en las bases de la organización.

La queja en la voz popular es unánime y persistente: se critica a Collado por su inaccesibilidad, por no tomar llamadas, no entablar diálogos y mantener un marcado distanciamiento con los dirigentes locales y los miembros de a pie que sostienen la estructura partidaria.

​Esta desconexión ha abierto una grieta estratégica que está siendo capitalizada por un bloque de relevo con un peso histórico ineludible. Figuras como Carolina Mejía, Guido Gómez Mazara, Wellington Arnaud, Tony Peña Guaba y Eduardo Sanz Lovatón, junto a líderes emergentes como Faride Raful, Orlandito Jorge Villegas, Fellito Suberví, Karina Aristy, Vicente Sánchez Henríquez, Jason García Castillo y Stanley Vásquez, representan un fenómeno distinto.

Aunque provienen de estirpes políticas tradicionales del viejo perredeísmo, han construido su posicionamiento «haciendo camino al andar», recorriendo los barrios, municipios y provincias, y acumulando un capital propio basado en el contacto directo.

​El error táctico de la precandidatura de Collado ha sido subestimar este factor, obviando la búsqueda de consensos o el acercamiento con estos actores. En una organización política cuyo ADN proviene de la movilización de masas, la desconexión del territorio produce un vacío peligroso. La ausencia de los liderazgos formales en las comunidades no solo debilita al partido, sino que cede terreno de manera inmediata; esos espacios vacíos terminan siendo ocupados por fuerzas de oposición, liderazgos civiles o, en contextos vulnerables, por redes de delincuencia organizada que suplen la ausencia institucional.

​Las consecuencias de este desapego y de no trabajar el terreno real ya han dejado de ser simples proyecciones teóricas para convertirse en duras lecciones de alta política. Como muestra irrefutable del desgaste que provoca aislarse de las estructuras orgánicas, el equipo político de David Collado ha venido cosechando derrotas contundentes en escenarios clave de poder institucional y gremial. El revés electoral sufrido por su facción en la Federación Dominicana de Municipios (FEDOMU), en la Federación Dominicana de Distritos Municipales (FEDODIM) y en las elecciones de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) evidencia de forma palpable cómo la falta de control territorial e institucional le pasa factura en el momento de la verdad.

​Ante la soberbia percibida de un proyecto que se asume autosuficiente por sus números externos, se avecina una inevitable contienda interna donde los herederos políticos —quienes sí mantienen los hilos de las bases en las 32 provincias y los 152 municipios— se perfilan para articularse como una poderosa fuerza de choque.

En el sistema de partidos dominicano, la victoria en una convención cerrada o un proceso interno no se define en las alturas de los sectores corporativos, sino en la capacidad de movilización de las estructuras locales. Si este bloque unifica sus fuerzas para frenar lo que consideran un agravio a la militancia tradicional, cuenta con la fuerza orgánica necesaria para torcerle el brazo a la precandidatura puntera, demostrando que en la alta política el poder real sigue perteneciendo a quienes controlan el terreno.

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