Crisis moral, corrupción y el desafío de un liderazgo cristiano en la nación dominicana. Por una mejor República Dominicana.
Por Alfredo de los Santos Jorge
Cada año más de 70 dominicanos mueren intentando alcanzar suelo estadounidense. No es casualidad ni fatalidad: es síntoma.
También sabemos por qué, a pesar de haber sido la primera ciudad del Nuevo Mundo y de albergar la primera universidad de América, con más de cinco siglos de historia, seguimos girando sobre el mismo eje del atraso.
No es falta de talento. No es falta de recursos. Es falta de orden moral, institucional y político.
La solución para romper este ciclo histórico no vendrá de fuera. Está en nosotros mismos.
Tenemos la inteligencia y la capacidad necesarias para ponernos de acuerdo en principios básicos que permitan liberar a la Nación de los tentáculos de la corrupción. Si lo hacemos, el país puede ser radicalmente distinto al que hoy padecemos.
Porque sabemos cómo opera la maquinaria corrupta. Conocemos los hilos que mueven cada tentáculo. Nada de esto es invisible.
Pero toda operación de rescate exige primero reconocer la enfermedad.
Y la República Dominicana sufre tres males estructurales, persistentes y devastadores:
1) Corrupción administrativa, que fluye desde las cúpulas del poder.
2) Ausencia de justicia, que normaliza el desorden y la impunidad cotidiana.
3) El negocio del narcotráfico, que corroe instituciones, barrios y conciencias.
Sin embargo, el problema más profundo es otro: la escasez de recursos humanos íntegros y calificados para enfrentar esa corrupción. No se trata solo de capacidad técnica, sino de carácter moral.
Este déficit no nació ayer. Viene desde el génesis mismo de la República. Basta observar nuestra historia política:
Entre el 25 de noviembre de 1873 y el 6 de diciembre de 1879, el país tuvo 17 presidentes en apenas seis años.
Desde 1844 hasta 2026, 54 personas han ocupado la presidencia, distribuidas en 67 períodos de gobierno, incluyendo juntas, triunviratos y consejos de Estado.
En solo 181 años de vida republicana. Desde cualquier ángulo, el desorden salta a la vista, mandatarios que duraron meses, semanas, incluso días.
Una nación que no logra estabilidad en su liderazgo difícilmente puede construir instituciones sólidas.
Porque hay una verdad elemental que la historia confirma: «un principio fallido produce un presente fallido».
Ya en 1843, la permanencia del dominio haitiano era insostenible. La pobreza, la represión y la fuga de las familias más productivas habían llevado a la parte oriental de la isla al límite.
Apenas unos cien mil habitantes estaban dispuestos a expulsar al ocupante, incluso al costo de sus propias vidas.
Pero el problema no era solo expulsar al invasor. Era definir qué proyecto de nación lo sustituiría.
La responsabilidad de la liberación recayó en cuatro grupos con visiones distintas y un único objetivo común, sacar a Haití del territorio. Pero sus propuestas revelan la crisis de identidad política de origen:
1) Los afrancesados, dirigidos por Buenaventura Báez, buscaban la protección de Francia, ofreciendo la bahía de Samaná y privilegios estratégicos a cambio de dinero y armas.
2) Gaspar Hernández y Pedro Pamiés proponían volver al tutelaje de España.
3) Francisco Pimentel, apostaba por el amparo de Inglaterra.
4) Los Trinitarios, liderados por Juan Pablo Duarte, defendían la única postura auténticamente soberana: independencia plena, sin protectores ni amos extranjeros.
Paradójicamente, la visión más pura y nacional (la de Duarte) no fue la que terminó dirigiendo el poder político.
Y ahí comenzó el extravío, porque cuando una República nace sin principios firmes, termina gobernada por intereses, no por convicciones.
De esa fractura original provienen muchas de nuestras desgracias actuales.
En la próxima entrega veremos cómo ese error fundacional condicionó nuestro liderazgo político… y por qué la Nación necesita algo más que administradores, necesita estadistas con principios, carácter y visión trascendente.
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