Por Alfredo de los Santos Jorge
En la primera entrega vimos que la crisis dominicana no es solo económica ni administrativa, sino moral e institucional. Y que nuestro desorden actual tiene raíces profundas, sembradas desde el mismo nacimiento de la República.
Volvamos, entonces, a 1844.
Cuatro grupos aspiraban a liberar la parte oriental de la isla del yugo haitiano. Todos coincidían en expulsar al ocupante, pero no en el modelo de nación que debía surgir después. Y ahí comenzó la fractura.
El grupo con mayor influencia política era el de los afrancesados, que ya tenía previsto romper con Haití en abril de 1844, pero bajo la tutela de Francia. No concebían una independencia plena, sino una independencia “protegida”, condicionada y dependiente.
Mientras tanto, Juan Pablo Duarte (el padre intelectual de la soberanía absoluta) estaba exiliado en Curazao.
Ante su ausencia, y por insistencia de Ramón Matías Mella, se incorporaron dos figuras decisivas al proceso: Pedro Santana, caudillo militar de El Seibo, y Tomás Bobadilla, político hábil y calculador.
Al principio, ambos parecían útiles. Bobadilla redactó el Manifiesto de Independencia.
Santana reclutó tropas y dirigió combates.
Pero pronto se reveló la diferencia esencial, no compartían el ideal duartiano. Los trinitarios querían libertad sin tutelas. Santana y Bobadilla preferían protección extranjera y poder personal.
Para evitar que la independencia terminara siendo una simple sustitución de amo, los trinitarios se adelantaron al calendario de los afrancesados y proclamaron la independencia un mes antes de lo previsto.
Sin embargo, la batalla militar se ganó… y la política se perdió. Tomás Bobadilla se convirtió en la pieza clave para neutralizar el proyecto de Duarte.
Maniobró desde los salones del poder, intrigas palaciegas y pactos de conveniencia hasta facilitar el ascenso de Santana como hombre fuerte del naciente Estado.
El historiador Ramón Lugo Lovatón retrató a Bobadilla con palabras que todavía estremecen: “Tomás Bobadilla, el hombre terrible de las cámaras palaciegas presidenciales, confidente de todos los grandes mandatarios dominicanos, de algunos de Haití y otros de España; arca de misterios en la cosa pública. Águila que se remonta y reptil que se arrastra; bálsamo que calma y veneno que corroe; luz que tranquiliza y sombra que espanta”.
Fue el arquetipo del político sin principios, brillante, pero peligroso. Un simil de José Fouché.
Las intenciones de Santana y Bobadilla eran diametralmente opuestas a las de Duarte. El resultado fue trágico, el propio fundador de la República fue declarado traidor y expulsado del país.
Duarte regresó el 15 de marzo de 1844.
El 24 de julio ya estaba nuevamente desterrado. En apenas tres meses, la Patria expulsó a su arquitecto moral.
A partir de entonces, Santana actuó como dueño de finca, no como presidente de una nación soberana. Intentó vender la República Dominicana en Europa, buscando honores, privilegios y pensiones personales.
Finalmente, consumó la anexión a España. Y cuando los dominicanos, encabezados por Gregorio Luperón, lucharon para restaurar la soberanía, Santana combatió contra los propios dominicanos.
Paradójicamente, hoy sus restos reposan en el Panteón Nacional. La historia a veces honra a quienes la traicionaron.
Tampoco los demás próceres escaparon a las contradicciones. Ramón Matías Mella, uno de los Padres de la Patria, terminó siendo emisario de Santana y realizó viajes a Europa gestionando “protección extranjera”.
En la batalla del 30 de marzo en Santiago, según el testimonio de Pedro Eugenio Curiel, Mella abandonó la plaza supuestamente en busca de refuerzos que nunca llegaron. La ciudad quedó desguarnecida y debió recurrirse al francés José María Imbert para organizar la defensa.
Más tarde, Mella sirvió como secretario particular de Santana y luego fue incorporado por Buenaventura Báez como ministro de Hacienda y Comercio.
Francisco del Rosario Sánchez tampoco quedó al margen de esas ambigüedades políticas, colaborando en distintos momentos con los mismos caudillos que debilitaban el proyecto soberano.
¿Qué nos dice todo esto?
Que el problema dominicano no fue solo la amenaza externa. Fue, sobre todo, la fragilidad interna.
Nuestros líderes fundacionales, salvo Duarte, no lograron sostener una visión ética firme. Oscilaron entre principios y conveniencias, entre Patria y poder.
Y cuando una nación nace así (negociando su soberanía como mercancía) termina heredando inestabilidad crónica, caudillismo, corrupción y dependencia.
El error original no fue militar, fue moral. Perdimos la coherencia entre ideales y conducta.
Esa incoherencia es la misma que hoy sigue manifestándose en políticos que cambian convicciones por contratos, soberanía por préstamos y nación por privilegios.
La pregunta, entonces, es inevitable, si el fracaso del pasado fue la ausencia de carácter y principios, ¿qué tipo de liderazgo necesita hoy la República?
Esa será la reflexión de la tercera entrega.
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