Por Alfredo de los Santos Jorge
Como se ha expuesto en las entregas anteriores, arrastramos un mal ancestral desde el mismo cimiento de nuestra fundación como República.
En consecuencia, resulta imposible aspirar a un orden pleno en nuestro entorno cuando procedemos de una fuente históricamente turbia.
Nuestros símbolos patrios colocan el nombre de Dios en primer lugar, seguido de Patria y Libertad.
Nuestro Escudo exhibe una Biblia abierta como centro moral de la Nación.
Sin embargo, esos principios no tuvieron la importancia ni el peso ético necesario en quienes marcaron el rumbo inicial del Estado: Santana, Bobadilla y Báez.
De esa desviación originaria se desprende, en buena medida, la corrupción estructural que hoy observamos en el Estado, en los ministerios y en amplios sectores de la sociedad dominicana.
Nacimos y crecimos en una piscina de aguas turbias. Nuestro sistema institucional, como organismo colectivo, nunca desarrolló plenamente las defensas necesarias para nadar en aguas limpias.
Permítanme ilustrarlo con una experiencia personal. En mi ignorancia, trasladé cientos de peces de una piscina de agua turbia a agua completamente limpia. Al día siguiente, todos habían muerto.
Más tarde comprendí el error, debí acostumbrarlos gradualmente, sustituyendo cada día un pequeño porcentaje del agua sucia por agua limpia, hasta que pudieran adaptarse sin colapsar. La transformación requiere proceso.
Algo similar intentó el intelectual Ulises Francisco Espaillat cuando asumió la presidencia en 1876. Procuró imponer orden, moralidad administrativa y educación, con la aspiración de acercar el país a modelos institucionales sólidos. Sin embargo, el sistema corrupto de la época, al sentirse amenazado, precipitó su salida en menos de seis meses.
El caso de Juan Bosch en 1963 fue distinto en naturaleza política, aunque similar en brevedad. Su interrupción respondió a un conflicto de modelo, de régimen y tensiones ideológicas propias del contexto hemisférico de la época.
Lo que comprendí con los peces me permitió entender mejor la realidad dominicana, las aguas turbias no solo contienen suciedad; también sirven de refugio a quienes prosperan en ese ambiente. La corrupción no es pasiva, lucha por sobrevivir, porque en ese ecosistema encuentra su alimento.
¿Estamos entonces condenados al desorden ancestral? Claro que no.
Pero la solución no puede ser abrupta ni ingenua. Quienes han nacido y crecido dentro del sistema muchas veces no perciben la suciedad como problema; es su hábitat. Un cambio repentino puede producir rechazo o colapso.
Frente al panorama actual, se plantean dos caminos posibles:
Primera opción: formar una nueva élite moral e intelectual
Seleccionar a los jóvenes más brillantes del país y formarlos integralmente (en ciencias, ética, administración pública y liderazgo) lejos de las distorsiones del sistema. Tal como en la antigüedad se preparaban generaciones destinadas a gobernar, se trataría de crear un relevo preparado técnica y moralmente para transformar las instituciones desde dentro.
La regeneración institucional requiere capital humano con carácter.
Segunda opción: fortalecer el liderazgo ético ya existente
Dentro de la sociedad dominicana existen comunidades organizadas que han desarrollado estructuras de disciplina financiera, solidaridad social, formación académica y vida moral coherente.
Son espacios donde la integridad no es discurso, sino práctica cotidiana.
Según reportes internacionales sobre libertad religiosa difundidos en 2020 hay una comunidad cristiana in crescendo. Se trata del segmento social màs amplio del paìs, con profesionales altamente capacitados, empresarios, académicos y líderes comunitarios.
Si sectores formados en una cultura de responsabilidad, transparencia y servicio asumieran mayores espacios de dirección pública, el impacto institucional podría ser significativo.
El desafío no es meramente religioso, sino ético, trasladar al ámbito del Estado la disciplina, coherencia y responsabilidad que ya funcionan en otros espacios de la sociedad civil.
No se trata de subsidios estatales ni de estructuras partidarias financiadas con fondos públicos.
Se trata de liderazgo moral y coherencia personal. Nadie puede ofrecer lo que no posee; y quien ha sido corroído por la corrupción difícilmente podrá erradicarla.
Si proyectamos las distracciones acumuladas en la última década, la magnitud del daño sería aún mayor.
La corrupción no es un problema retórico; es estructural y cuantificable.
Sin embargo, la solución no está fuera de nosotros. Está en la regeneración moral, en la formación gradual, en el liderazgo coherente y en la decisión colectiva de sustituir, día tras día, el agua turbia por agua limpia.
Que Dios nos conceda humildad para reconocer nuestras fallas históricas, discernimiento para comprender los tiempos y valentía para construir, por fin, la República que aún no hemos logrado edificar.
Amén.
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