Marcos Sánchez, locutor, articulista, profesor bilingüe, escritor y actor, con más de 30 años de experiencia en el ámbito comunicacional. Como Mark Rumors, explora el uso creativo y conceptual de la inteligencia artificial en la música, integrándola a composiciones originales de estilo synthpop desde una visión crítica y responsable.
Por Marcos Sánchez
La inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser una noción futurista reservada a laboratorios, novelas de ciencia ficción o discursos tecnológicos de élite. Hoy es una realidad tangible, cotidiana y transversal que atraviesa sectores tan diversos como la economía, la educación, la salud, la administración pública y, de manera muy sensible, la comunicación social. Su irrupción ha generado entusiasmo, curiosidad y, al mismo tiempo, una dosis significativa de inquietud, especialmente entre profesionales de la radio, la televisión y el periodismo.
El debate no es superficial ni debe tratarse como una moda pasajera. Se habla de desplazamiento laboral, de redefinición de funciones y, más recientemente, de advertencias sobre una posible inteligencia artificial “manipuladora”, “mentirosa” o “engañosa”, en caso de alcanzar niveles de autonomía. Estas preocupaciones no deben ser desestimadas, pero tampoco magnificadas sin análisis. El abordaje responsable exige contexto, conocimiento y, sobre todo, claridad conceptual.
Porque hay una premisa que conviene establecer desde el inicio, sin ambigüedades: la inteligencia artificial es inexorable. No es un experimento temporal ni una tendencia que desaparecerá con el próximo ciclo tecnológico. Es una infraestructura que ya forma parte del presente y que definirá buena parte del futuro inmediato.
La inexorabilidad: comprender el punto de no retorno
La historia del desarrollo humano está marcada por tecnologías que, una vez adoptadas, transformaron de manera irreversible la forma de vivir, producir y comunicarse. La imprenta, la electricidad, la radio, la televisión, la informática y el internet no fueron opciones ideológicas; fueron procesos históricos. La inteligencia artificial se inscribe en esa misma lógica.
No se trata de algo que pueda “detenerse” por decreto ni de una herramienta que pueda ser ignorada sin consecuencias. Su integración en los sistemas productivos globales ya es un hecho. Empresas, gobiernos, universidades y medios de comunicación la utilizan para optimizar procesos, analizar datos, automatizar tareas y acelerar flujos de trabajo.
En este contexto, el verdadero riesgo no es la adopción de la IA, sino la negativa a entenderla. En el ámbito de la comunicación social, esa resistencia puede traducirse en pérdida de competitividad, irrelevancia profesional y desconexión con las nuevas dinámicas de producción de contenidos. No aprender a convivir con la inteligencia artificial equivale, en términos prácticos, a autoexcluirse del ecosistema comunicacional contemporáneo.
Desmitificación técnica: la IA no es consciente ni autónoma
Gran parte del temor que rodea a la inteligencia artificial proviene de una confusión conceptual profunda: la tendencia a atribuirle cualidades humanas que simplemente no posee. La IA no piensa, no razona, no decide ni tiene voluntad propia. Tampoco tiene conciencia, ética ni intención.
Lo que comúnmente se denomina “inteligencia” en estos sistemas es, en realidad, la capacidad de procesar grandes volúmenes de información y generar respuestas basadas en patrones estadísticos y probabilísticos. Estos modelos son entrenados con datos producidos por seres humanos y funcionan a partir de instrucciones humanas. No crean conocimiento desde la nada ni poseen criterio propio.
Cuando una IA ofrece una respuesta incorrecta, incompleta o sesgada, no lo hace porque “quiera mentir” o “manipular”, sino porque replica errores, vacíos, sesgos o contradicciones presentes en los datos con los que fue entrenada o en las indicaciones que recibió. La máquina no inventa la distorsión: la refleja.
Este punto es fundamental para desmontar narrativas alarmistas. La inteligencia artificial no es un ente autónomo que conspira contra la verdad. Es una herramienta que amplifica, para bien o para mal, la calidad de la información humana que la alimenta.
El verdadero riesgo: delegar el criterio humano
Aquí se encuentra el núcleo del problema. El peligro real no es la IA, sino el uso irresponsable que se haga de ella. Cuando profesionales de la comunicación delegan completamente su criterio editorial, su capacidad de verificación o su responsabilidad ética en una herramienta tecnológica, se produce una forma moderna de negligencia profesional.
La IA puede asistir en la redacción, sugerir estructuras narrativas, optimizar guiones, resumir documentos o analizar tendencias. Pero no verifica fuentes, no evalúa contexto social ni mide consecuencias públicas. Esa responsabilidad sigue siendo estrictamente humana.
Cuando se publican informaciones erróneas generadas o asistidas por IA, el problema no es la tecnología, sino la ausencia de supervisión, contraste y responsabilidad. No es la máquina la que falla éticamente; es quien decidió no revisar, no cuestionar y no asumir su rol profesional.
Comunicación social e IA: amplificación, no sustitución
Uno de los temores más extendidos es que la inteligencia artificial sustituya a locutores, periodistas, productores o presentadores. La realidad es menos apocalíptica y más selectiva. La IA no reemplaza profesionales; amplifica capacidades.
Un comunicador con formación, criterio, ética y experiencia encuentra en la IA una herramienta poderosa para mejorar eficiencia y calidad. Un comunicador sin esas bases corre el riesgo de depender ciegamente de ella y, en consecuencia, perder credibilidad. Y la credibilidad, conviene subrayarlo, no se automatiza.
La inteligencia artificial no puede sustituir la sensibilidad social, la interpretación del contexto, la responsabilidad pública ni la construcción de confianza con las audiencias. Esas dimensiones siguen siendo patrimonio exclusivo del ser humano.
Desplazamiento laboral: una discusión mal planteada
La pregunta no es si la IA desplazará funciones, sino qué tipo de funciones y bajo qué condiciones. Históricamente, la tecnología no elimina el trabajo; lo transforma. Desaparecen tareas repetitivas, mecánicas y de bajo valor agregado, mientras emergen nuevas funciones que requieren mayor capacidad analítica, creativa y estratégica.
En comunicación social, esto implica una redefinición del rol profesional. Menos ejecución automática y más criterio editorial. Menos improvisación y más formación. Menos dependencia tecnológica y más supervisión consciente.
Quien entienda este proceso como una oportunidad y no como una amenaza estará mejor posicionado en el nuevo escenario.
Ética, regulación y responsabilidad individual
La discusión sobre la inteligencia artificial no puede limitarse a lo técnico. Es, ante todo, un debate ético. Ningún marco legal o regulación sustituirá la responsabilidad individual de quien la utiliza. La IA no es neutral; refleja valores, prioridades y decisiones humanas.
Por eso, el control humano no es negociable. La última palabra debe seguir siendo de la persona, no del algoritmo. Renunciar a ese control es abdicar de la responsabilidad profesional.
Síntesis: un espejo, no un enemigo
La inteligencia artificial no es salvadora ni enemiga. Es, en esencia, un espejo del ser humano que la diseña y la utiliza. Puede fortalecer la calidad del contenido o degradarlo; puede informar o desinformar; puede elevar el nivel profesional o evidenciar carencias. Todo depende de quién la opera y con qué criterios.
El futuro no pertenece a quienes teman a la inteligencia artificial, sino a quienes comprendan que ninguna tecnología sustituye la inteligencia humana, la ética profesional y la responsabilidad social.
Ese es el verdadero desafío de nuestro tiempo.
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