Po Pbro. Felipe de Jesús Colón Padilla
Estamos finalizando el Año de la Esperanza. Nos hará bien hacer esta oración, para renovar nuestra fe en el Dios de Jesús. Dios todopoderoso y eterno, rico en misericordia y amor.
Desde el ático de mi corazón, me presento ante ti pobre y necesitado, para que este tiempo de Adviento que la Iglesia ha inaugurado recientemente, avive en mí el deseo de salir al encuentro de tu Hijo Unigénito.
Vivo actualmente situaciones muy particulares, unas provocadas por mí, otras venidas de fuera. Mí realidad social, familiar y económica, ponen cercos inesperados que impiden preparar con serenidad mi interior.
El mundo del comercio vocifera por doquier de que ya estamos en Navidad, pero sé Padre de Esperanza que no es así, que, por el contrario, el tiempo de Adviento permite que los cristianos preparemos con piadosa entrega las solemnidades de Navidad.
Gracias Señor, porque nos concede, una vez más, conmemorar la primera venida de tú Hijo entre los hombres. Padre Eterno, te pido que me dé las fuerzas para que luchar contra la pereza apostólica que impide ejercer la misión confiada.
Purifica mi mirada contagiada por la mundanidad, que ha impedido contemplar la belleza de la creación, valorar y admirar a mis hermanos que caminan conmigo en la comunidad eclesial. Libérame de los malos pensamientos, que me distraen para escuchar tu voz suave y dulce que me invita a hacer cada día tu santa voluntad.
Con ferviente deseo abro las puertas de mi alma. Te pido que me libre de juzgar a mis hermanos por mera apariencia, pues estoy consciente que el juicio final te toca a ti Señor, Príncipe de Paz y de Justicia. Tú has prometido volver por segunda vez. Adviento es un tiempo propicio para dejarse transformar por tu Palabra de vida que no defrauda.
Experimento gozo al subir cada domingo al templo, montaña de paz. Es allí donde he sentido que tu palabra me grita en el desierto de mi corazón, y me dice: “conviértete”, y a la vez me invita a preparar el camino hasta ahora asediado de piedras, fango, y espinas. A veces me he dejado arrastrar por las ocupaciones cotidianas, y me olvido de rezar lo suficiente.
Le dedico más tiempo de lo debido a las redes sociales. He faltado, por negligencia a misa dominical. En esas circunstancias la debilidad del pecado invade: alma, corazón y mente. Me reconozco pecador, y confieso mis pecados ante el sacerdote, ministro de Dios, mis miserias, flaquezas, errores y debilidades humanas.
Con la gracia santificante otorgada, recobro fortaleza. Y ahora estoy dispuesto para vencer el mal a fuerza de bien, a ejercer una caridad activa, a vivir una alegre esperanza, y hacer constante en la fe. Muéstrate propicio Señor, y no permitas que, el temor, la desconfianza y el miedo se apoderen de mí.
Ya sé que no tengo que esperar a otro, que eres el Hijo de David, el Mesías esperado por todos. María de Nazaret, estrella de Adviento. Tú que llevaste a Jesucristo en tu vientre con inefable amor de Madre, te pido humildemente, que la noche de la Navidad, el niño Jesús pueda posarte en el pesebre de nuestros corazones, y concédenos festejar con alegría su venida y alcanzar el gozo que nos da su salvación. Amén.
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