Por Hanna Bueno
Existe una paradoja central en la relación entre deporte y sociedad: creemos que el fútbol es un espacio de neutralidad y pureza, pero su historia demuestra que nunca lo ha sido. Desde sus orígenes antiguos, el deporte ha funcionado como ritual sagrado, herramienta diplomática y mecanismo de regulación de conflictos. Las competiciones atléticas servían tanto para honrar a los dioses como para dirimir rivalidades entre comunidades sin llegar a la guerra. Hoy, esa lógica primitiva se ha sofisticado y escalado a nivel global en la Copa Mundial de la FIFA, un evento que reúne a más de 5.000 millones de personas a lo largo de su ciclo. El Mundial se ha convertido en una plataforma privilegiada de soft power y sportswashing: el uso estratégico del deporte para mejorar la imagen internacional de países, legitimar regímenes y distraer de problemas internos.
Orígenes históricos y antropología del deporte
La antropología del deporte revela que este no es un fenómeno moderno ni neutral. Desde las antiguas Olimpiadas griegas —que combinaban competencia atlética, rituales religiosos y diplomacia entre poleis rivales— hasta los juegos mesoamericanos o las tradiciones polinesias, el deporte ha servido como arena donde se negocian poder, identidad, género y jerarquías sociales.
En sociedades premodernas, los juegos canalizaban la agresión, reforzaban la cohesión comunitaria y actuaban como “diplomacia primitiva”. La modernización del deporte, impulsada por la Revolución Industrial, el colonialismo británico y el capitalismo, transformó estas prácticas en espectáculos regulados, cuantificados y mercantilizados. Historiadores como Allen Guttmann destacan el paso “del ritual al récord”: énfasis en la medición, burocracia y logros individuales, paralelo al auge del racionalismo científico y la economía industrial.
El fútbol, codificado en Inglaterra en el siglo XIX, se difundió como herramienta de “civilización” colonial y control social. En fábricas británicas, los dueños promovían el deporte para mejorar la productividad y distraer de la agitación obrera. En contextos postcoloniales, se convirtió en símbolo de resistencia y nacionalismo. Antropólogos como Clifford Geertz (en su análisis de los “juegos profundos”) o estudios sobre el fútbol en América Latina muestran cómo refleja y reproduce dinámicas de clase, raza, género y poder. Hoy, en un mundo globalizado, el fútbol sigue siendo un “lenguaje universal”, pero también un campo de batalla geopolítico donde Estados y corporaciones compiten por narrativas.
El peso económico del deporte y los megatorneos
Los gobiernos invierten masivamente en deporte por sus beneficios en identidad nacional, turismo y legitimidad. En la Unión Europea, el gasto público en servicios recreativos y deportivos alcanzó los €67.600 millones en 2023 (0,8% del gasto total). La industria deportiva global vale entre 521.000 millones y proyecciones superiores a los 3 billones de dólares para 2026.
El Mundial 2026, coorganizado por Estados Unidos, México y Canadá, será el primero con 48 selecciones y 104 partidos. Las proyecciones oficiales estiman un impacto económico de hasta 40.900 millones de dólares en PIB para Norteamérica, con cientos de miles de empleos y un impulso al turismo. Sin embargo, los costos reales —incluyendo infraestructura, seguridad y operaciones— superan ampliamente las estimaciones iniciales en muchos contextos históricos.
Controversias del Mundial 2026: Un torneo polarizado
Lejos de ser un evento unificador, el 2026 ha generado críticas intensas desde antes del pitazo inicial:
• Precios exorbitantes y accesibilidad: Tickets con precios dinámicos que multiplican por varias veces los de Qatar 2022. Seguir a un equipo completo puede costar miles de dólares, lo que excluye a aficionados de clase media y genera acusaciones de “extorsión”.
• Problemas migratorios y geopolíticos: Políticas de inmigración estrictas en EE.UU. han complicado visas para jugadores, aficionados y periodistas de ciertos países (incluyendo tensiones con Irán en medio de conflictos). Amnistía Internacional habló de una “emergencia de derechos humanos” en el contexto del torneo.
• Impacto ambiental: El formato expandido y la dispersión en 16 ciudades convierten al 2026 en el Mundial más contaminante de la historia, con estimaciones de 7,8 a 9 millones de toneladas de CO₂ (principalmente por viajes aéreos), casi el doble de Qatar 2022. Críticas por calor extremo en sedes y falta de sostenibilidad real.
• Otras tensiones: Disputas laborales en estadios, sobrecostos en ciudades canadienses, preocupaciones de seguridad (incluyendo violencia de cárteles en México), restricciones lingüísticas (español en conferencias) y el uso del evento en narrativas políticas nacionales.
Arabia Saudita, con su inversión masiva vía el PIF en la Saudi Pro League y clubes europeos, usa el 2026 como trampolín para su Mundial 2034, pese a persistentes acusaciones de sportswashing por abusos a derechos humanos y trabajadores migrantes.
Comparación con problemas globales: Una crítica incómoda
Mientras el fútbol genera miles de millones, el contraste con crisis globales es abrumador. El costo de hospedar un Mundial (desde cientos de millones hasta más de 200.000 millones en Qatar) palidece frente a necesidades humanitarias, pero ilustra prioridades distorsionadas.
Erradicar la pobreza extrema global (alrededor de 800-850 millones de personas en 2024-2026) mediante transferencias directas costaría aproximadamente 0,3% del PIB mundial anual (~318.000 millones de dólares por año). Un solo ciclo de Mundial puede movilizar decenas de miles de millones en gasto público y privado, mientras que la ayuda internacional para pobreza, salud y clima sigue crónicamente subfinanciada. El impacto climático del 2026 solo equivale a emisiones anuales de países enteros, agravando problemas que golpean desproporcionadamente a los más pobres (sequías, migración forzada, pérdidas económicas de cientos de miles de millones anuales).
Esta no es solo ineficiencia: es una elección política. Miles de millones en sportswashing y espectáculo mientras sistemas de salud, educación y resiliencia climática en el Sur Global sufren.
Los tres ejes del uso estatal del deporte
1. Nacionalismo de Estado: Financiamiento de selecciones para orgullo interno.
2. Sportswashing: Adquisición de clubes, patrocinios y sedes para blanquear imágenes (Qatar, Arabia Saudita, etc.).
3. Distracción social: “Pan y circo” mediático que desvía atención de desigualdades, corrupción o autoritarismo.
Estos se complementan con patrocinios privados (~10.500 millones por ciclo), monetizando el fervor popular.
El valor genuino del deporte y una opinión crítica
Reducir el fútbol a mera herramienta de control sería un error. Su poder radica en apelar a lo mejor del ser humano: esfuerzo, respeto, empatía y superación de divisiones. En la cancha, las diferencias se diluyen; aficionados y jugadores “hackean” relatos oficiales para crear conexión real.
El sportswashing no es un accidente, sino el síntoma de un sistema donde FIFA y Estados priorizan poder y ganancias sobre ética. El Mundial 2026 ejemplifica cómo el deporte, en manos de élites, amplifica desigualdades: precios elitistas, emisiones récord, geopolítica tóxica y distracción masiva. El planeta requiere de transparencia en candidaturas, respeto a derechos humanos y rendición de cuentas. Abolir el vínculo deporte-poder es imposible, pero tolerar su instrumentalización sin escrutinio es ser cómplice. Los aficionados debemos reclamar el juego: boicots selectivos, apoyo a causas y presión por reglas justas. El balón debe rodar bajo reglas éticas, dentro y fuera de la cancha.
Rescatar el espíritu del juego
En un mundo polarizado, el deporte sigue siendo uno de los pocos lenguajes universales. Su esencia pertenece a los jugadores y aficionados, no a gobiernos ni corporaciones. El reto es exigir que el Mundial deje de ser escaparate geopolítico y vuelva a ser espectáculo de talento, emoción y humanidad compartida. Solo con escrutinio ciudadano y mayor transparencia el fútbol recuperará su alma. Y podremos sudar por siempre en tiempos de paz.
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