Por Rafael Brito
Dicen por ahí que ser padre o madre es una gran bendición, que es una de las experiencias más hermosas que puede vivir un ser humano. No me encuentro en posición de desmentir esa posible realidad; por el contrario, reconozco que el amor de los padres hacia sus hijos puede ser una de las fuerzas más poderosas de la vida.
Muchos padres se llenan de orgullo por los éxitos de sus hijos, y es comprensible. En muchas ocasiones, tanto el padre como la madre comparten con entusiasmo los logros de sus descendientes, especialmente cuando se trata de éxitos académicos. Considero que esta es una reacción normal, pues cada etapa positiva de la vida merece ser celebrada.
Sin embargo, en ocasiones olvidamos algo fundamental: todos somos hijos. Aunque no todos seamos padres, todos tenemos, o hemos tenido, una historia familiar que nos vincula con alguien que nos dio la vida o que asumió la responsabilidad de criarnos y amarnos.
Partiendo de esta realidad, es importante mantener los pies sobre la tierra a la hora de celebrar los logros de nuestros hijos. Que un hijo se gradúe de la universidad es motivo de orgullo y celebración, pero no significa que el mundo entero deba rendirse ante ese acontecimiento. ¿Cuántos otros hijos, de otras familias, también se han graduado de distintas universidades gracias a sus esfuerzos y dedicaciones?
Nuestros hijos son importantes para nosotros, pero los hijos de otras personas también ocupan un lugar invaluable en el corazón de sus padres.
Y es aquí donde quiero invitarte a reflexionar.
Debemos tener cuidado con la manera en que tratamos a los demás. Antes de actuar, de tomar una decisión o de pronunciar palabras que puedan herir, detengámonos a pensar. Esa persona a la que podríamos lastimar también es hija de alguien. Tiene un padre, una madre o seres queridos que la aman y que sufrirían si algo malo le sucediera, del mismo modo que sufriríamos nosotros si alguien lastimara a nuestros propios hijos.
Seamos bondadosos y respetuosos con los demás. No engañemos al prójimo ni maltratemos a nuestros vecinos, amigos o compañeros. Cuando perjudicamos a una persona, no solo afectamos su vida: también podemos causar dolor a quienes la aman.
Si mantuviéramos presente esta realidad, quizás viviríamos en una sociedad con menos maldad, menos violencia, menos homicidios y menos delitos. No importa por la situación que estemos atravesando; nunca debemos recurrir al daño ajeno como medio para obtener un beneficio personal. Tampoco debemos atropellar a quien, mediante su esfuerzo y sacrificio, ha logrado alcanzar una meta.
En lugar de envidiar los triunfos de los demás, aprendamos de ellos. Procuremos hacer las cosas correctamente, con honestidad, disciplina y respeto. Eduquémonos cada día, porque el aprendizaje continuo nos permite reconocer que, en ocasiones, podemos perjudicar a otras personas sin siquiera proponérnoslo.
Como seres humanos, cometemos errores constantemente. Algunas de nuestras acciones pueden lastimar al prójimo de manera involuntaria; otras, lamentablemente, son consecuencia de decisiones conscientes. ¿Te has detenido a examinar tus propias acciones y a preguntarte si estás haciendo el bien o si, por el contrario, estás causando daño sin darle la importancia que merece? Por eso necesitamos reflexionar a diario, reconocer nuestras faltas, tener la humildad de corregirlas y procurar que nuestras buenas acciones superen nuestros errores.
Solo mediante la educación, la reflexión, la empatía y la voluntad de reconocer nuestras propias equivocaciones podremos contribuir a combatir el ambiente de maldad y violencia que afecta a nuestras sociedades.
Por eso, la próxima vez que pienses en vengarte de alguien, en perjudicar económicamente a otra persona o en actuar con la intención de destruir lo que otro ha conseguido con esfuerzo, detente un momento y recuerda algo esencial: esa persona también es hija de alguien. Detrás de ella hay una historia, una familia y seres queridos que sufrirían si le hicieras daño, del mismo modo que sufrirías tú si alguien lastimara a tus hijos.
Antes de hacerle daño a alguien, recuerda que esa persona también tiene un lugar irremplazable en el corazón de alguien más.
Porque, al final, todos somos hijos…
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