Por Antonio Corcino

Como van las cosas una feria turística ya no puede entenderse únicamente como una vitrina donde los destinos exhiben hoteles, playas y servicios. Es, sobre todo, un espacio donde se encuentran oferta y demanda, se negocian acuerdos, se buscan inversiones y se proyecta la imagen de un país. En pocos días concentra relaciones comerciales y oportunidades que, por los canales tradicionales, podrían tomar meses.

En el turismo dominicano, esa función adquiere una dimensión mayor. La XXXVIII Exposición Comercial de ASONAHORES, FITUR y los DATE muestran que las exhibiciones han evolucionado hacia plataformas que no solo revelan la amplitud de la economía turística, sino que también se prestan para politiquear. Exponen lo que compra la hotelería, lo que nos permitió observar cómo crecen los sectores alrededor de ella —agroindustria, manufactura, construcción, tecnología, energía, gastronomía, transporte, gestión de residuos y servicios bancarios— y la extensa cadena empresarial que sostiene la experiencia del visitante.

El Ministerio de Turismo, como actor central de esa cadena de valor y articulador de políticas públicas, adquiere una dimensión adicional cuando su titular está, además, en campaña electoral: el turismo deja de ser solo gestión del sector y se transforma en un megáfono de proyección política.

La XXXVIII Exposición Comercial constituyó una muestra concreta. Sus 323 espacios, ocupados por más de 200 empresas proveedoras, nos permitieron observar la economía que existe detrás de cada habitación hotelera. ASONAHORES reportó más de RD$220,000 millones en compras de bienes y servicios nacionales durante el año pasado. El dato convierte la exposición en algo más que una actividad comercial: funciona como un mapa de los encadenamientos productivos que genera el turismo, y también como un logro susceptible de ser capitalizado políticamente.

Este evento además comunica. Cada stand, cada discurso y cada cifra contribuyen a construir una determinada imagen del país: capacidad empresarial, seguridad, estabilidad, infraestructura, calidad y posibilidades de inversión. De ahí que pueda considerarse simultáneamente un escaparate, mercado, espacio de negociación y escenario de construcción de la imagen-país. Es, además, la ocasión perfecta para que sus principales actores fijen posiciones y emitan mensajes de amplia difusión —no es de extrañar que el hecho turístico termine como recurso para cabildeo o para politizarse con fines electorales.

Es precisamente en esa dimensión comunicacional donde aparece su significado político. Cuando una actividad económica alcanza un peso considerable en el empleo, las divisas, la inversión y la recaudación fiscal, sus resultados dejan de ser exclusivamente sectoriales. Sus argumentos se podrían emplear para defender políticas públicas, reclamar condiciones favorables para la inversión y demostrar la importancia estratégica de una industria —y, cada vez con más frecuencia, en un trofeo de campaña.

El riesgo es que lo que tiene valor noticioso del turismo comience a confundirse con la utilización electoral de sus éxitos. En períodos preelectorales, las cifras récord de visitantes, inversiones, empleos y crecimiento pueden convertirse en ficha política: la gestión pública las presenta como evidencia de eficacia gubernamental, y con ello construye y fortalece determinadas narrativas.

Esto no significa que toda la exposición sea un acto electoral, ni que toda participación de un funcionario tenga necesariamente ese propósito. Sin embargo, este acontecimiento da lugar a otras lecturas. Un ministro que encabeza una actividad turística está cumpliendo una función institucional; pero si, además, desarrolla una aspiración política, su exposición pública puede producir simultáneamente un efecto de posicionamiento.

Por eso, estas muestras comerciales deben observarse igualmente como espacios de poder blando. Permiten persuadir, posicionar intereses, afianzar alianzas y proyectar una determinada visión del país. El turismo ofrece, en ese sentido, insumo particularmente poderoso: visitantes, empleos, inversiones, divisas y desarrollo, como elementos fácilmente convertibles en símbolos de progreso político.

El desafío, entonces, consiste en evitar que ese discurso sustituya la discusión sobre los problemas pendientes. El crecimiento turístico también genera presión sobre el territorio, los servicios, la infraestructura, el empleo y el ordenamiento. Esta exhibición puede mostrar cuánto compra el turismo y cuánto aporta a la economía; debería además abrir el debate sobre cuánto cuesta sostener ese crecimiento y cómo distribuir mejor sus beneficios.

Por lo que hemos visto, una feria turística, por tanto, es mucho más que una exposición de bienes y servicios. Además, actúa como un tablero donde se encuentran negocios, intereses, políticas públicas, inversión, comunicación y poder. Su verdadero significado está en lo que se muestra, como en lo que permite negociar, posicionar y convertir en relato.

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