La imagen pública de la virtud no siempre refleja la ética que guía las acciones cotidianas. (Imagen ilustrativa).
Un análisis a una forma de disonancia moral o performatividad ética en entornos digitales.
Redacción Exposición Mediática.- Cada mañana, millones de usuarios en redes sociales y aplicaciones de mensajería instantánea comparten imágenes con paisajes serenos, versículos bíblicos, frases motivacionales o mensajes de carácter espiritual. El ritual es casi automático: un “buenos días, bendiciones”, acompañado de símbolos de fe, esperanza y armonía.
Sin embargo, conforme avanza la jornada, no resulta extraño que algunos de esos mismos emisores participen en intercambios marcados por la agresividad verbal, la descalificación, la intolerancia o el oportunismo digital. El contraste es evidente y plantea una interrogante legítima: ¿estamos ante simples contradicciones humanas o frente a una forma contemporánea de disonancia ética amplificada por lo digital?
Este análisis no pretende juzgar creencias ni prácticas religiosas. Su objetivo es examinar una conducta social observable, cada vez más frecuente, en la que el discurso espiritual público no siempre encuentra correspondencia en la conducta cotidiana.
La espiritualidad como contenido digital
En el ecosistema digital, la espiritualidad ha dejado de ser exclusivamente una experiencia interior para convertirse en material comunicacional. Se comparte, se reenvía y se consume como cualquier otro contenido.
Este desplazamiento implica varios cambios relevantes:
•La vivencia espiritual se expresa más por publicación que por práctica.
•El compromiso ético se mide por frecuencia de mensajes, no por coherencia conductual.
•El acto simbólico sustituye a la reflexión personal.
Enviar un mensaje espiritual no es, en sí mismo, un acto negativo. El problema surge cuando ese gesto se vuelve mecánico, repetitivo y desconectado de cualquier ejercicio de autocrítica. En ese punto, la espiritualidad deja de orientar la conducta y pasa a funcionar como señal identitaria.
Decir una cosa, hacer otra: la disonancia digital
Desde la psicología social, esta brecha puede entenderse como disonancia cognitiva: la tensión que aparece cuando existe contradicción entre valores expresados y comportamientos reales.
En los entornos digitales, esta disonancia se ve reforzada por varios factores:
•Fragmentación del yo: el “yo que publica” no siempre es el “yo que actúa”.
•Ausencia de consecuencias inmediatas por la conducta digital.
•Normalización del doble estándar ético en línea.
Así, un mensaje sobre amor, fe o bondad puede coexistir —sin aparente conflicto interno— con prácticas posteriores de agresión verbal, manipulación discursiva o desinformación. La incoherencia no siempre se percibe como problema cuando el entorno la valida o la ignora.
Espiritualidad y capital simbólico
En redes sociales, todo comunica. Incluso aquello que se presenta como espontáneo o desinteresado. Los mensajes espirituales generan capital simbólico: reputación moral, respeto implícito y una presunción automática de buenas intenciones.
Este capital simbólico cumple varias funciones:
•Construye una imagen de rectitud.
•Reduce la probabilidad de cuestionamientos posteriores.
•Refuerza la pertenencia a determinados grupos.
En algunos casos, esta reputación funciona como escudo ético, permitiendo conductas contradictorias sin que estas afecten seriamente la imagen pública del emisor.
El reenvío automático y la pérdida de significado
Un rasgo central del fenómeno es el automatismo del reenvío. Muchos mensajes espirituales no son elaborados ni apropiados por quien los envía; simplemente circulan en cadena.
Este comportamiento genera una ilusión de compromiso moral sin implicación real. El gesto simbólico reemplaza a la acción concreta. La espiritualidad se consume, no se encarna.
Paradójicamente, cuanto más sencillo es expresar valores elevados, menor es el impacto real que estos tienen sobre la conducta diaria.
Moral selectiva y conflicto digital
En algunos casos, la espiritualidad declarada no atenúa la agresión digital, sino que la justifica. Se observa entonces una moralización selectiva: severidad extrema hacia los demás y indulgencia hacia uno mismo.
Esto se manifiesta en:
•Lenguaje hostil “en defensa de la verdad”.
•Juicios morales inflexibles.
•Exclusión simbólica del disidente.
Aquí, la espiritualidad no funciona como límite ético, sino como instrumento de legitimación del conflicto.
Plataformas que amplifican contradicciones
Las plataformas digitales no generan estas incoherencias, pero sí las amplifican. La inmediatez, la sobreexposición y la lógica de reacción constante dificultan la reflexión y favorecen respuestas impulsivas.
El mismo usuario que por la mañana proyecta calma y fe, por la tarde puede actuar desde la frustración, el ego o la necesidad de validación. No hay pausas. No hay silencio. No hay espacio para revisar la propia conducta.
Más que hipocresía: un síntoma cultural
Reducir este fenómeno a la hipocresía individual resulta insuficiente. Se trata de un síntoma cultural: la desconexión creciente entre valores declarados y prácticas reales en una sociedad que privilegia la apariencia sobre la coherencia.
•La cultura digital incentiva:
•La exhibición de virtudes.
•La externalización de la ética.
•La construcción de identidades morales sin sustento práctico.
En este contexto, el mensaje espiritual matutino se integra al repertorio de gestos que confirman pertenencia, no transformación.
Coherencia: el verdadero desafío
La pregunta de fondo no es si estas personas son contradictorias, sino qué tipo de espiritualidad estamos promoviendo en los espacios digitales.
La coherencia —no la perfección— sigue siendo el indicador más sólido de integridad ética. En un entorno donde todo se publica y poco se sostiene, la coherencia se vuelve excepcional.
Tal vez el desafío no sea compartir menos mensajes espirituales, sino vivirlos con mayor responsabilidad. O, en algunos casos, recuperar el silencio como forma de honestidad.
Porque cuando la espiritualidad se reduce a un reenvío, deja de orientar la conducta y pasa a encubrirla.
![]()

