Por Franklin Amparo

En una calle polvorienta de Villa Juana, República Dominicana, nació Juan Reyna.

No llegó al mundo con herencia, ni con apellidos sonoros, ni con promesas aseguradas.
Llegó con algo más peligroso: esperanza.

En su casa el progreso tenía fecha fija: diciembre.

Era el único mes donde la mesa parecía abundante, donde la pintura de la pared disimulaba la humedad y donde su madre podía decir:

—“Este año fue mejor”.

El resto del calendario era sobrevivir.

Juan creció observando.

Observaba los zapatos rotos de sus compañeros.
Observaba a su padre callar cuando no había dinero. Observaba a su madre contar monedas como si fueran granos de arroz.

Y ese día, siendo apenas un niño, decidió algo que cambiaría su vida:

No quería ser rico.
Quería que su familia dejara de sufrir.

La escalera invisible

Estudió en escuela pública.
Cuadernos prestados.
Libros usados.
Luz prestada del vecino cuando cortaban la electricidad.

Descubrió pronto una verdad:
La pobreza no solo es falta de dinero…
también es falta de oportunidades.

Trabajó mientras estudiaba.
Pidió préstamos universitarios.
Dormía poco.
Comía peor.

Pero aprendía rápido.

Primero fue maestro.
Luego profesor.
Después conferencista.

Hasta que un día alguien dijo en un auditorio:

—“El profesor Juan Reyna debería estar en política”.

Y la idea, como semilla en tierra fértil, germinó.

El poder llama

Ingresó al PLD (Partido Libre y Democrático).
No entró por ambición.
Entró convencido de que desde el poder podría ayudar a quienes eran como él.

Su inteligencia lo hizo ascender rápido.
Su discurso era claro.
No prometía riquezas, prometía orden.

En la convención interna ocurrió lo inesperado:

Fue elegido candidato a vicepresidente junto al candidato presidencial José Báez, quien marchaba en segundo lugar en las encuestas.

Parecía el inicio de un cambio.

Pero el destino tenía otros planes.

La tragedia

A pocos días de las elecciones, la noticia paralizó al país:

José Báez murió en un accidente junto a su familia.

El país entero lloró.
La nación no votó por propuestas…
votó por sentimiento.

La tragedia convirtió el recuerdo en mito.

Y Juan Reyna, sin esperarlo, quedó como principal figura opositora.

La política ya no era un ideal.
Era una tormenta.

La silla de mármol

Con el tiempo, la política le abrió las puertas del poder.

Entró al palacio.

Pisos de mármol.
Salones dorados.
Alfombras rojas.
Cristales impecables.

Al principio le incomodaban.

Después…
le gustaron.

Entonces aparecieron los verdaderos dueños del poder.
No políticos.
No electores.

Intereses.

Le hablaron suave.
Le ofrecieron estabilidad.
Le pidieron silencio.

Y Juan entendió algo que nunca aprendió en la universidad:

Gobernar no era solo decidir.
Era enfrentar.

Y él no tuvo el valor.

No enfrentó a quienes habían oprimido al pueblo que lo vio crecer.
Se acomodó.
Firmó.
Calló.

Y luego… participó.

El dinero llegó.
Mucho dinero.

Sus colaboradores se enriquecieron.
Los barrios siguieron igual.

Cada decisión alejaba al niño de Villa Juana.

El espejo

Terminó su mandato.

La gente olvidó rápido.
Los aliados desaparecieron más rápido.

Por primera vez en años, Juan Reyna estuvo solo.

Aquella noche caminó sin escoltas por su casa silenciosa.

Se miró al espejo.

No vio al político.
Vio al niño.

Al niño que quería ayudar a su madre.
Al joven que estudiaba bajo un bombillo prestado.
Al profesor que soñaba con justicia.

Y entonces entendió.

No había sido derrotado por enemigos.
No había sido traicionado.

Se había traicionado él mismo.

Dijo en voz baja:

—La vida me dio la oportunidad…
—pero yo mismo le robé a mi destino.

Lloró.

No por el poder perdido.
Por el propósito perdido.

Bebió una sustancia sin nombre.

Y se quedó dormido para siempre.

La enseñanza

En Villa Juana nadie heredó su fortuna.
Pero todos heredaron su historia.

Porque no todos los fracasos son perder elecciones.

El verdadero fracaso es llegar al lugar donde soñaste…
y olvidar por qué querías llegar.

Moraleja

El destino no siempre se pierde cuando la vida te quita la oportunidad.
A veces se pierde cuando tú mismo renuncias a lo que debías hacer con ella.

Algunos hombres son vencidos por sus enemigos.
Otros… por sus comodidades.

Y esos son los que, sin darse cuenta,

terminan robándole al destino.

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