Por Antonio Corcino

A mi modo de ver, Verón–Punta Cana atraviesa por una transición silenciosa, pero profundamente estructural: dejar de ser únicamente una plataforma de hospedaje para convertirse en un territorio capaz de producir identidad, memoria y significado. El debate ya no gira solo en torno a cuántos turistas llegan cada año, sino sobre qué narrativa construye el territorio mientras crece. Un destino sin relato propio corre el riesgo de convertirse apenas en un inmenso hotel con aeropuerto.

Todo modelo de desarrollo produce simultáneamente dos dimensiones: una realidad material —infraestructura, empleo e ingresos— y una realidad simbólica —identidad, valores y sentido de pertenencia—. Durante décadas, el crecimiento turístico de La Altagracia privilegió la primera. Ahora emerge la necesidad de administrar la segunda con igual seriedad estratégica.

Más que una respuesta empresarial orientada a diversificar la oferta turística, la incorporación de eventos culturales y espacios creativos representa un intento de agregar valor simbólico al territorio, dotar de sentido al crecimiento y legitimar una nueva etapa del modelo turístico. Tratar de que la cultura comience a funcionar no solo como entretenimiento, sino como herramienta de cohesión social, proyección internacional y construcción de identidad colectiva.

En esa dirección, a través de la visibilización de la oferta cultural, se fortalece la producción de relatos, valores e identidades que representan a este territorio en transformación. La apuesta por promover la cultura dominicana mediante festivales, carnavales, música y un centro cultural evidencia cómo Punta Cana empieza a consolidarse no solo como destino de sol y playa, sino también como referente cultural y creativo del Caribe.

La mina que agota lo que no repone

A través de los años, nuestro desarrollo turístico ha operado bajo una lógica extractiva: sol, playa y consumo empaquetado. En un modelo que genera riqueza, empleo e infraestructura, pero también se dirige a configurarse como un ecosistema donde el valor simbólico puede quedar rezagado y la comunidad permanece fuera de la narrativa principal. El territorio es exitoso porque produce ingresos, empleos y riqueza, aunque no necesariamente pertenencia.

El empleo por sí solo ya no basta para sostener legitimidad social. Ahora, como destino turístico, necesita construir sentido, identidad y conexión emocional tanto para quienes nos visitan como para quienes habitamos el territorio.

El giro: de vitrina turística a sistema cultural vivo

Frente a ese diagnóstico, comienza a perfilarse un nuevo paradigma. Punta Cana ya no solo proyecta hoteles, playas y excursiones; empieza también a construir narrativa cultural y producción simbólica.

La 17.ª edición del Carnaval de Punta Cana, la cuarta edición del The Village Jazz Fest y el anuncio de la apertura del Centro Cultural Rainieri son señales visibles de esa transición.

Desde ya no nos perciben únicamente como eventos aislados dentro de una agenda recreativa, sino que se marca con indicadores que evidencian una evolución hacia una nueva etapa del territorio.

La aspiración declarada va más allá de atraer visitantes; más bien pretende afianzar la identidad dominicana, conectar la comunidad con el turismo y, de ese modo, reducir la brecha cultural en este distrito municipal que supera los 138 mil habitantes.

Cuando el evento deja de ser agenda y comienza a ser sistema

Por años, muchas expresiones culturales vinculadas al turismo han estado laborando como espectáculos efímeros: entretenimiento de hotel, shows nocturnos o atracciones diseñadas para el consumo rápido del visitante. Experiencias visuales que iluminan una noche y desaparecen al amanecer con el desayuno.

La diferencia entre un destino con eventos y un territorio con cultura radica precisamente en la permanencia. Este momento no se trata únicamente de cantidad de actividades o instalaciones, sino de la capacidad de articularlas con la comunidad, los espacios y con los rasgos de nuestra identidad, de exhibirla como un sistema vivo que continúe existiendo cuando el escenario queda vacío y la música y las luces se apagan.

Verón–Punta Cana parece avanzar hacia ese segundo modelo. Museos temáticos, ferias artesanales, exposiciones permanentes y, con este centro cultural, todo apunta a esa dirección. Sin embargo, una señal todavía no constituye un sistema consolidado. El desafío pendiente consiste en conectar esas iniciativas en una estructura cultural capaz de latir los 365 días del año.

La cultura como motor económico, no como decorado

Ante la premisa de que la economía creativa introduce una lógica distinta al modelo turístico tradicional. Y que el visitante ya no solo consume únicamente habitaciones y playas, sino que también demanda gastronomía, música, diseño, memoria y experiencias culturales auténticas.

En este instante surge uno de nuestros mayores desafíos: evitar que la cultura termine mecanizada o estandarizada como un producto turístico prefabricado, como los shows que realizan en los hoteles y en las explicaciones de los guías turísticos. De igual forma, vemos cómo la autenticidad de una presentación de merengue y bachata se reduce a espectáculo rápido, visual o excesivamente comercial; en ese sentido, estas expresiones culturales gradualmente van perdiendo su capacidad de sorpresa, conexión emocional y valor simbólico.

Entonces, ante ese panorama, la clave consiste en convertir esas manifestaciones en infraestructura económica sin vaciarla de significado. Si en este camino logramos equilibrar el territorio, diversificaremos los ingresos, complementaremos el turismo convencional y generaremos empleos cualificados. Vincular las industrias creativas y culturales a la oferta turística sin perder sentido. El valor ya no solo saldría del territorio: también permanecería en él

Dos ciudades sobre un mismo mapa

En paralelo, en Verón–Punta Cana cohabita una tensión profunda que ningún festival puede resolver por sí solo. El territorio funciona simultáneamente como paraíso turístico internacional y como periferia comunitaria desigual.

Dos ciudades conviven sobre el mismo mapa: la postal global que consume el visitante y la cotidianidad invisible de quienes sostienen el sistema turístico. Mientras esa brecha permanezca fuera del relato oficial, la cultura corre el riesgo de convertirse más en una vitrina que en un verdadero mecanismo de integración territorial.

Quien administra el significado, administra el territorio

En esta disputa importante ya no solo se limita al control del suelo o de la inversión. También se libra en el terreno simbólico. Los actores dominantes compiten por gobernar el significado del territorio: deciden qué se muestra, qué se promueve y qué permanece invisible. El gagá versus el merengue.
Como sabemos, si un espacio turístico como el nuestro, que no construya su propia narrativa, termina siendo definido por intereses externos como por los mercados emisivos, acaba convertido en un producto optimizado para el consumo turístico.

La diferencia entre destino exitoso y territorio sostenible

El verdadero desarrollo de Verón–Punta Cana ya no se estaría midiendo únicamente por la cantidad de hoteles construidos o turistas recibidos, sino por la capacidad de generar cohesión social, identidad compartida y valor cultural sostenible.

De igual forma, la cultura no reemplaza al turismo; lo complementa, lo profundiza, lo humaniza y le otorga permanencia. Si este territorio logra conectar sus infraestructuras con la comunidad y los elementos que lo distinguen dentro de la misma oferta, necesariamente dejará de ser únicamente una marca global de playa para convertirse en un territorio con significado propio, memoria colectiva y futuro estratégico.

Ahí estará la verdadera transformación: pasar de un destino turístico exitoso a una cultura viva capaz de reinventarse, mezclarse, contradecirse y permanecer.

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