Por Hanna Bueno
Estoy cansado…cansado de abrir las redes y encontrar la misma mentira repetida hasta el hartazgo: que todos nuestros males nacen del otro lado de la frontera. Cada post, cada video, cada grito digital me envenena el alma un poco más. Me enferma ver cómo convierten el sufrimiento de un pueblo en combustible barato para la indignación fácil. Por eso te invito a leer la verdad cruda, sin filtros ni consignas. La que duele porque nos obliga a mirarnos a nosotros mismos.
El Estado dominicano tiene el derecho y el deber absoluto de controlar su frontera, deportar de forma masiva y sostenida, y mantener superioridad militar permanente. Eso no se discute. Lo que se discute es usar esa realidad como cortina de humo para no mirar la corrupción, la ineficiencia y la hipocresía propias.
Había una vez un país que se miraba al espejo y solo veía al vecino. Cada vez que el espejo se empañaba de corrupción, de aulas sin pupitres o de sangre en las calles, alguien gritaba “¡Es Haití!” y todos miraban hacia la frontera. Hasta que un día alguien se preguntó, en voz baja: ¿y si el problema no está del otro lado del río?
Existe un problema real y grave de migración irregular. El Estado dominicano tiene el deber de ordenarlo y superarlo. Existe también un desafío de seguridad fronteriza que exige control, inteligencia y presencia permanente. Nadie con dos dedos de frente puede desconocerlo. Pero convertir esa realidad compleja en el único chivo expiatorio de todos nuestros males es la mentira preferida de una clase política oscura que prefiere no mirarse a sí misma.
Existe un problema migratorio grave y un desafío de seguridad real. Negarlo es estúpido. Convertirlo en la explicación única de nuestros hospitales sin insumos, nuestras escuelas deficientes y nuestra delincuencia es demagogia.
Y junto a esa verdad hay otra que no admite discusión: es prioritario, militar y presupuestariamente, que la República Dominicana nunca sea superada por Haití en capacidad de disuasión. Esa superioridad no es belicismo; es la única política de paz binacional seria que existe. Un desequilibrio de fuerza es la mejor garantía de que nadie, de ningún lado, se equivoque de camino.
Haití está sumido en una tragedia humanitaria y de seguridad de proporciones históricas. Eso no lo convierte en el responsable de nuestros fracasos institucionales.
Qué maravilla es la política dominicana. Si la economía va mal, la culpa es de Haití. Si los hospitales públicos no tienen insumos, la culpa es de las parturientas vecinas. Si el sistema educativo da vergüenza internacional, es porque los niños del otro lado del río Masacre se “robaron” las aulas. En el gran teatro del patio, Haití ya no es un país vecino sumido en una tragedia humanitaria; es la cortina de humo perfecta. Mientras los discursos chauvinistas de campaña y las plataformas de entretenimiento masivo nos asustan con el fantasma de una “fusión de la isla” o una “invasión armada”, la clase dirigente vive en una doble moral deliciosa: explota el sudor haitiano de día y se rasga las vestiduras patrióticas de noche.
Como ciudadanos, deberíamos aplaudir tanta creatividad. Nos han educado para odiar al inmigrante, pero nos exigen ignorar las estructuras mafiosas que se enriquecen gracias a él. Es un nacionalismo de vitrina, muy ruidoso en las redes, pero extremadamente dócil en la billetera. Como recordaba Freyre, el sueño del esclavo es tener esclavos. Aquí la élite ha perfeccionado ese sueño: mientras nos vende odio como patriotismo, necesita y devora el esfuerzo del obrero haitiano para que sus torres salgan baratas.
Hablemos de la hipocresía económica, ese milagro donde el dinero no tiene nacionalidad. Uno de los mitos más cómicos del patriotismo de micrófono es presentar la migración haitiana como una carga puramente destructiva. Sin embargo, las matemáticas —esas enemigas de los discursos populistas— revelan una dependencia que raya en lo absoluto. En las últimas cuatro décadas de auge inmobiliario y expansión del campo, la mano de obra haitiana ha sostenido cerca del 80 % de la construcción de edificios y más del 90 % de la producción agrícola operativa.
Estudios recientes del Instituto Nacional de Migración confirman que los trabajadores haitianos representan el 68.3 % del total de ocupados en construcción (y entre el 70 % y el 90 % de la “obra gris”). En agricultura, la participación inmigrante supera el 90 % en cultivos clave. Sin esa fuerza laboral, ambos sectores se paralizan. Es un espectáculo fascinante: el mismo empresario que financia discursos ultranacionalistas necesita y devora el esfuerzo del obrero haitiano para que sus torres en el Polígono Central salgan baratas. Construyen nuestros apartamentos de lujo y recogen los alimentos de nuestra mesa, pero les pagamos persiguiéndolos con camiones de migración cuando toca subir en las encuestas. Un negocio redondo.
Mientras se agita el fantasma de la invasión, se sigue dependiente de la mano de obra haitiana en construcción y agricultura. Eso no es solidaridad; es negocio.
El libreto exige agitar fantasmas ridículos. Políticos en campaña advierten sobre un “complot de la ONU” para unificarnos. Curioso que teman a un ejército invasor cuando Haití apenas puede contener a sus propias bandas en Puerto Príncipe. El verdadero peligro fronterizo no es militar, sino el multimillonario negocio del tráfico de personas. Las deportaciones masivas cuestan al Estado cientos de millones de pesos. Ese dinero, sin embargo, se recicla en la misma línea fronteriza a través de los famosos “peajes”. El migrante es deportado por la mañana en un show televisado y, tras pagar el soborno de rigor, está de regreso en Santo Domingo para la cena. Haití no nos está invadiendo; son nuestras propias mafias binacionales las que convirtieron la frontera en una lucrativa puerta giratoria.
Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea han perfeccionado el chantaje diplomático: buenas calificaciones de riesgo y créditos a cambio de que actuemos como “Estado tapón”. Es un chantaje descarado. Negociaciones a puerta cerrada, acuerdos de tránsito temporal y presiones de organismos multilaterales condicionan préstamos y ratings a una mayor “flexibilidad” migratoria, mientras el país asume solas las externalidades de la crisis haitiana. Casi nadie recuerda cuando Luis Abinader se plantó y rechazó de plano cualquier acuerdo que pretendiera detener las deportaciones y habilitar refugios masivos. Fue un acto de soberanía real frente a la hipocresía extranjera, pero la opinión pública prefiere olvidarlo para seguir consumiendo consignas vacías.
La mentira se extiende a las escuelas. Políticos culpan a los niños haitianos de que los dominicanos se queden sin cupo. Las estadísticas del MINERD son despiadadas: la población escolar de origen extranjero representa entre el 6 % y el 8.9 % de la matrícula nacional; en 2024-2025 los estudiantes haitianos rondaban el 7.1 %. El desplazamiento real de dominicanos es inferior al 1 %. El verdadero culpable del déficit de aulas (más de 5.500 aún en 2025, y cifras gremiales mucho más altas) se sienta en las oficinas del MINERD, que administra el 4 % del PIB mientras el dinero se disuelve en burocracia. Es más fácil culpar a un niño de seis años sin papeles que admitir la ineficiencia propia.
Lo mismo ocurre con la inseguridad. Nos venden la idea de que la violencia llega en yola. Los reportes oficiales muestran otra realidad: cerca del 92-95 % de los homicidios y delitos violentos son cometidos por ciudadanos dominicanos. Los extranjeros aportan una proporción minoritaria. La delincuencia que nos azota es producto local: falta de oportunidades, narcotráfico criollo y fallas de nuestra propia Policía. Reconocerlo arruinaría el cómodo relato de que la culpa la tiene el vecino.
Esta comedia nacional encuentra su altavoz perfecto en la degradación de los medios. La política seria ha sido sustituida por el espectáculo digital del “like”. El auge de plataformas de entretenimiento urbano, lideradas por el emperador de la farándula digital Santiago Matías —ese Alofoke que convierte la crisis de Estado en chisme de patio— y su corte de subevideos, representa el verdadero peligro para nuestra democracia. Tratar la tragedia haitiana y los problemas estructurales del país como entretenimiento de barra normaliza la ignorancia masiva. Lo trágico no es que un influencer no sepa de geopolítica; lo trágico es ver a ministros, diputados y candidatos haciendo fila en ese estudio para buscar aprobación rápida, sometiéndose a dinámicas donde nadie exige rendición de cuentas. Un pueblo educado políticamente a través de debates de farándula queda indefenso ante cualquier populista con dinero.
Utilizar la miseria de Haití como escudo para tapar la corrupción interna es una bajeza que debilita nuestra moral. Un verdadero ciudadano, con orgullo patrio maduro, debe exigir respeto a los derechos humanos básicos. Garantizar atención médica de emergencia, alimentación y educación primaria a cualquier ser humano en nuestro suelo no nos hace débiles; nos hace un Estado de derecho civilizado. El escudo más fuerte de la República Dominicana no es el odio ciego ni los discursos huecos; es la limpieza de nuestras instituciones, el rechazo a los chantajes externos, la superioridad disuasoria permanente frente a cualquier amenaza y el respeto innegociable a la dignidad humana.
Garantizar atención médica de emergencia y educación primaria no es debilidad ni apertura migratoria. Es el mínimo de un Estado de derecho. Deportación ordenada y control fronterizo son perfectamente compatibles con eso.
Aunque haya un discurso democrático en contra, no corresponde a la realidad social. El enemigo es la ignorancia, el odio y la corrupción. Cuando solucionemos eso, los migrantes serán legales para trabajar, y nadie cruzará sobre nuestro suelo pagándole a traidores de la nación. Todo lo demás es solo circo para mantener el negocio andando.
El enemigo principal no es el migrante irregular. Es la ignorancia cultivada, la corrupción protegida y la clase política que prefiere el odio fácil antes que la reforma difícil. Cuando eso se corrija, la migración se ordenará. Mientras tanto, seguiremos en el circo.
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