Carolina Mejía es una destacada política, economista y empresaria dominicana que actualmente se desempeña como alcaldesa del Distrito Nacional (Santo Domingo). Es la primera mujer en asumir la dirección de la capital de la República Dominicana.
Su trayectoria combina gestión municipal, experiencia partidaria, reconocimiento electoral y una herencia política de enorme peso. Pero una eventual candidatura presidencial en 2028 plantea una pregunta mucho más profunda: ¿tiene Carolina Mejía el liderazgo, la densidad política y la visión de Estado necesarias para gobernar la República Dominicana? Y, por primera vez en la historia republicana, ¿está el país preparado para elegir a una mujer como presidenta?
Redacción Exposición Mediática.- Hay una circunstancia que hace diferente una eventual candidatura presidencial de Carolina Mejía.
Si llegara a ganar las elecciones de 2028, no solamente se convertiría en presidenta de la República Dominicana.
Sería la primera mujer en ocupar la Presidencia del país.
Ese hecho, por sí solo, tendría una dimensión histórica que trascendería a la candidata, al Partido Revolucionario Moderno y al proceso electoral.
Pero precisamente por tratarse de un acontecimiento inédito, el análisis no debería reducirse a la condición de mujer.
La pregunta fundamental continúa siendo la misma que debe aplicarse a cualquier aspirante al Poder Ejecutivo:
¿Tiene las condiciones políticas, administrativas e intelectuales para gobernar el Estado dominicano?
Y existe una segunda pregunta, igualmente legítima: ¿Está preparada la sociedad dominicana para elegir a una mujer presidenta y evaluarla con el mismo criterio con que evaluaría a un hombre?
Ambas cuestiones estarán inevitablemente conectadas en 2028.
Una candidatura que no parte de cero
Carolina Mejía no es una figura recién llegada al escenario político.
Economista de formación, ha desarrollado una trayectoria que combina actividad empresarial, responsabilidades dentro del Estado, liderazgo partidario y gestión municipal. Es hija del expresidente Hipólito Mejía, quien gobernó la República entre 2000 y 2004. La propia Alcaldía del Distrito Nacional reconoce esa vinculación familiar en su perfil institucional.
Su carrera política adquirió una dimensión nacional en 2016, cuando fue candidata vicepresidencial del PRM.
Posteriormente, en 2020, se convirtió en la primera mujer elegida para dirigir la Alcaldía del Distrito Nacional y en 2024 obtuvo la reelección.
Ese antecedente tiene importancia. No se trataría de una dirigente que intenta saltar directamente desde la estructura partidaria hacia la Presidencia.
Existe una experiencia electoral y administrativa previa. Pero esa experiencia también debe ser colocada en su justa dimensión.
Administrar la capital no equivale a administrar la República.
La Alcaldía constituye una plataforma política relevante, pero el Gobierno central posee competencias, recursos, responsabilidades y niveles de complejidad considerablemente mayores.
Por eso, la gestión municipal es una evidencia que debe ser examinada, no una conclusión anticipada.
La ciudad como carta de presentación
Una de las principales fortalezas de Mejía es que puede mostrar resultados concretos de su administración.
Su gestión ha colocado énfasis en la recuperación de parques y plazas, espacios públicos, limpieza, programas ambientales, capacitación y proyectos comunitarios.
La Alcaldía sostiene que durante su administración se han construido o remozado más de 205 parques y plazas y que se han intervenido más de 953 mil metros cuadrados de espacios públicos. También destaca programas como Centro Futuro, orientado a la capacitación de jóvenes en distintas áreas técnicas.
En materia ambiental, documentos oficiales de la Alcaldía reportan miles de árboles plantados y millones de botellas plásticas recolectadas mediante programas de reciclaje.
La administración municipal también ha presentado como resultado la reducción significativa de la deuda heredada. En su rendición de cuentas de 2025, Mejía afirmó que había reducido en 85 % una deuda municipal de aproximadamente RD$2,027 millones.
Estos elementos permiten establecer una conclusión razonable:
Carolina Mejía tiene un expediente administrativo propio.
No todo su capital político procede de su apellido. Existe una gestión que puede ser examinada y cuyos resultados pueden ser contrastados.
Ese es un activo importante para cualquier aspiración presidencial.
Pero la Presidencia exige otra escala
La cuestión comienza precisamente aquí.
Un ayuntamiento enfrenta problemas esencialmente territoriales y urbanos.
El Poder Ejecutivo enfrenta problemas nacionales.
Un alcalde puede concentrar buena parte de su agenda en residuos sólidos, parques, mercados, espacios públicos, movilidad local, ordenamiento urbano y servicios municipales.
Un presidente debe ocuparse simultáneamente de educación, salud, seguridad ciudadana, energía, política fiscal, empleo, inversión, relaciones exteriores, migración, justicia, infraestructura, protección social, comercio internacional y desarrollo territorial.
Y debe hacerlo dentro de una estructura estatal mucho más extensa. La diferencia entre ambas responsabilidades no es cuantitativa.
Es cualitativa. Por eso, si Carolina Mejía pretende dar el salto a la Presidencia, deberá demostrar que su experiencia municipal produjo algo más que resultados locales:
una comprensión integral de cómo funciona el Estado.
El apellido: ventaja y prueba
Hay otro elemento que ninguna evaluación de Carolina Mejía puede ignorar.
Su apellido. Ser hija de un expresidente puede constituir una ventaja política indudable.
Implica haber crecido cerca del poder, conocer determinados códigos de la política dominicana y haber tenido contacto temprano con actores e instituciones de primer nivel. Pero también genera una exigencia.
Carolina Mejía tendrá que demostrar que su trayectoria no depende exclusivamente de la herencia política familiar.
La pregunta no debería ser si pertenece a una familia política. Eso es un hecho. La pregunta es cuánto ha conseguido construir por sí misma.
Su paso por la Alcaldía constituye precisamente uno de los principales elementos para responderla.
La reelección de 2024 aporta, además, un dato electoral propio. Por tanto, sería simplista reducirla a “la hija de Hipólito”.
Pero también sería igualmente simplista fingir que el apellido no constituye una parte importante de su capital político.
La evaluación objetiva debe aceptar ambas realidades simultáneamente.
¿Cuál es la voz política de Carolina Mejía?
Aquí aparece uno de los desafíos más importantes de una eventual candidatura.
Carolina tiene una identidad reconocible.
Pero una identidad electoral no necesariamente equivale a una doctrina de gobierno.
El país necesita saber qué representa políticamente.
¿Continuidad?
¿Renovación?
¿Modernización?
¿Institucionalidad?
¿Política social?
¿Desarrollo urbano proyectado al ámbito nacional?
¿Una nueva generación dentro del PRM?
¿Una combinación entre gestión y sensibilidad social?
Una campaña presidencial no puede limitarse a comunicar obras. Debe explicar una concepción del país y esa concepción tiene que responder preguntas concretas.
¿Qué modelo económico quiere?
¿Cómo enfrentaría la informalidad laboral?
¿Qué haría con la educación pública?
¿Cómo abordaría la inseguridad?
¿Cuál sería su estrategia energética?
¿Cómo fortalecería las instituciones?
¿Qué política migratoria defendería?
¿Cómo distribuiría territorialmente las oportunidades de desarrollo?
¿Qué papel otorgaría al sector privado?
¿Cuál sería su política exterior?
¿Qué República Dominicana quiere entregar en 2036?
Estas preguntas no constituyen un reproche.
Son, sencillamente, las preguntas que inevitablemente aparecen cuando una dirigente municipal comienza a proyectarse hacia la Presidencia.
La diferencia entre administrar y gobernar
El éxito administrativo puede generar capital político.
Pero gobernar requiere algo adicional.
Requiere tomar decisiones que no siempre serán visibles.
Una reforma fiscal no necesariamente produce una fotografía.
Una reforma educativa puede tardar años en mostrar resultados.
Una política energética puede requerir inversiones enormes antes de producir beneficios.
Una reforma institucional puede enfrentar la resistencia de sectores poderosos.
La Presidencia, por tanto, no consiste solamente en producir resultados.
Consiste también en explicar por qué determinadas decisiones son necesarias cuando todavía no producen resultados visibles.
Ese será uno de los principales exámenes de Carolina Mejía.
El factor PRM
Existe otra dimensión fundamental.
Carolina no sería una candidata independiente del oficialismo. Su eventual candidatura se desarrollaría dentro del PRM, partido que gobierna desde 2020.
Eso representa una fortaleza, pero también una dificultad. Porque una candidatura oficialista tiene que responder simultáneamente dos preguntas: ¿Qué continuará? y ¿Qué cambiará?
Si Carolina plantea una continuidad absoluta, corre el riesgo de aparecer como una simple prolongación de la administración anterior.
Si plantea una ruptura excesiva, tendrá que explicar por qué cuestiona un proyecto político al que ella misma pertenece.
La salida más compleja —y posiblemente la más inteligente— sería construir una narrativa de continuidad con evolución.
Defender los avances. Reconocer las insuficiencias. Corregir lo que no funcionó y presentar nuevas prioridades. Eso requiere una voz propia.
Carolina frente a David Collado
La competencia interna del PRM añade otra variable.
David Collado y Carolina Mejía comparten varias características.
Ambos tienen reconocimiento nacional.
Ambos han ejercido funciones ejecutivas.
Ambos pueden presentar resultados administrativos.
Ambos poseen una imagen pública relativamente consolidada.
Pero sus trayectorias son distintas.
Collado ha construido su principal capital alrededor de la gestión turística y de una imagen asociada a resultados sectoriales.
Mejía ha construido el suyo alrededor de la administración municipal y del liderazgo partidario.
Collado debe demostrar que puede pasar de la gestión turística a la conducción del Estado.
Mejía debe demostrar que puede pasar de la gestión de la capital a la conducción nacional.
En ambos casos, el problema termina siendo el mismo:
¿Dónde está la visión de país?
La dimensión histórica
Aquí Carolina posee una circunstancia que ninguno de los otros principales aspirantes puede reproducir.
Si fuera elegida presidenta en 2028, sería la primera mujer en la historia de República Dominicana en ocupar la Presidencia.
No sería simplemente una victoria electoral.
Sería una ruptura histórica.
La República Dominicana concedió el voto a las mujeres en 1942, durante la dictadura de Rafael Trujillo. Desde entonces, las mujeres han incrementado progresivamente su participación en la vida política, pero la Presidencia ha continuado siendo un espacio exclusivamente masculino.
El hecho de que una mujer haya alcanzado posiciones como la Vicepresidencia y la Alcaldía de la capital demuestra que las barreras institucionales han disminuido.
Pero la Presidencia continúa siendo el último gran techo.
Y Carolina Mejía podría estar en posición de intentar atravesarlo.
¿Está República Dominicana preparada?
Esta puede ser la pregunta más incómoda. No porque sea evidente que el país rechace a una mujer presidenta.
Tampoco porque pueda afirmarse que la sociedad dominicana sea incapaz de elegirla.
Precisamente porque no conocemos todavía la respuesta.
En 2026 ya existe un debate público explícito alrededor de esta cuestión. Algunos sondeos informales publicados en medios digitales han planteado si el machismo dentro de las organizaciones políticas constituye todavía un obstáculo para que una mujer llegue a la Presidencia. Un sondeo de N Digital, por ejemplo, registró 54 % de respuestas afirmativas entre sus participantes; pero por tratarse de un sondeo de lectores y no de una encuesta probabilística nacional, no debería utilizarse como medición representativa del electorado dominicano. Esta diferencia metodológica es fundamental. No podemos decir que “el 54 % de los dominicanos piensa que una mujer no puede ser presidenta”.
Los datos disponibles no permiten sostener eso. Lo que sí podemos afirmar es que la pregunta existe en el debate público y eso merece ser examinado.
¿Se juzga igual a una mujer que a un hombre?
Aquí aparece un problema mucho más profundo.
Una mujer candidata puede ser evaluada por su capacidad de decisión, pero también puede ser evaluada, consciente o inconscientemente, por aspectos que rara vez ocupan el mismo espacio cuando se analiza a un candidato masculino.
Su temperamento.
Su vestimenta.
Su vida familiar.
Su maternidad.
Su tono de voz.
Su manera de relacionarse.
Su firmeza.
Incluso su expresión emocional.
Una característica determinada puede interpretarse como “carácter” en un hombre y como “autoritarismo” en una mujer.
La cercanía puede ser considerada “liderazgo humano” en un hombre y “debilidad” en una mujer.
La ambición política puede ser interpretada como determinación en uno y como arribismo en otra.
La sociedad puede no aplicar exactamente la misma vara y esta es una hipótesis que deberá ser observada durante la campaña, no asumida de antemano.
El verdadero examen cultural
Por eso la pregunta correcta no es simplemente:
¿Está República Dominicana preparada para una mujer presidenta?
La pregunta más profunda sería:
¿Está República Dominicana preparada para evaluar a una mujer que aspira a la Presidencia exactamente bajo los mismos criterios con los que evalúa a un hombre?
La diferencia es enorme.
Si una mujer tiene que demostrar que es más competente que sus competidores masculinos para ser considerada igualmente capaz, entonces la igualdad electoral sería solamente formal.
Si, por el contrario, Carolina Mejía puede ser evaluada por su gestión, sus ideas, su carácter, sus resultados y su propuesta de gobierno sin que su condición de mujer se convierta en una penalización o en una indulgencia, el país estaría ante una verdadera prueba de madurez democrática.
La paradoja de ser la primera
Ser la primera mujer presidenta constituiría un acontecimiento histórico.
Pero también puede convertirse en una carga.
Porque cualquier error de una primera presidenta podría ser utilizado por algunos sectores para emitir un juicio mucho más amplio:
“Las mujeres no están preparadas para gobernar”. Eso sería conceptualmente incorrecto. El desempeño de una presidenta no puede utilizarse para evaluar la capacidad de todo un género.
Pero la política rara vez se comporta de manera completamente racional.
Carolina tendría, por tanto, que cargar con una responsabilidad simbólica adicional. No solamente gobernaría por ella misma.
Sería observada como la primera mujer que ocupa la posición más poderosa del Estado dominicano.
La posibilidad de romper un techo histórico
Hay, sin embargo, otra manera de observarlo.
Una eventual elección de Carolina podría producir un efecto político y cultural significativo.
Las niñas dominicanas crecerían viendo que la Presidencia no tiene género.
Las nuevas generaciones de mujeres podrían observar que el máximo cargo político del país está dentro de sus posibilidades.
Los partidos tendrían un precedente concreto.
La discusión sobre liderazgo femenino adquiriría una dimensión diferente.
Pero todo eso sería consecuencia del resultado, no argumento suficiente para producirlo.
Carolina Mejía no debería ser evaluada favorablemente por ser mujer.
Debería ser evaluada como candidata presidencial y si fuera la mejor candidata, su condición de mujer convertiría además su elección en un acontecimiento histórico.
Esa distinción es esencial.
El carácter presidencial
Existe otra dimensión que todavía tendrá que ser examinada.
El carácter. No entendido como personalidad, sino como capacidad para ejercer autoridad bajo presión.
La Presidencia obliga a tomar decisiones que inevitablemente generan adversarios.
Habrá que decidir entre intereses empresariales. Negociar con sindicatos. Enfrentar crisis. Responder ante emergencias.
Tomar medidas impopulares. Resistir presiones partidarias. Negociar con el Congreso. Responder a conflictos internacionales.
Una presidenta necesita poder ejercer autoridad sin confundirla con imposición.
Necesita escuchar sin perder capacidad de decisión, corregir sin transmitir debilidad, reconocer errores sin perder legitimidad.
Ese carácter presidencial todavía tendrá que ser probado a una escala que la Alcaldía no puede reproducir completamente.
Una oportunidad que también es una responsabilidad
Carolina Mejía tiene una ventaja que puede terminar siendo decisiva:
todavía puede construir el relato presidencial antes de que la campaña lo construya por ella.
Tiene experiencia administrativa.
Tiene una estructura partidaria.
Tiene reconocimiento electoral.
Tiene una gestión que puede defender.
Tiene un apellido conocido y tiene una posibilidad histórica que ninguna otra candidatura puede ofrecer de la misma manera.
Pero necesita transformar todos esos elementos en una respuesta coherente a una pregunta fundamental: ¿Qué país quiere gobernar?
No solamente qué ciudad quiere mejorar.
No solamente qué partido quiere dirigir.
No solamente qué obras quiere ejecutar.
Sino qué modelo de República Dominicana quiere construir.
La prueba de 2028
Una eventual candidatura de Carolina Mejía tendría que superar dos exámenes simultáneos.
El primero sería político:
demostrar que posee liderazgo nacional, capacidad de negociación, criterio propio y visión de Estado.
El segundo sería social:
demostrar que la sociedad dominicana está dispuesta a elegir a una mujer no como excepción, sino como resultado normal de una competencia democrática.
Pero existe una tercera prueba. Quizá la más importante. La propia Carolina tendría que demostrar que su candidatura no depende de ser hija de un expresidente, alcaldesa de la capital o dirigente de un partido de gobierno.
Tendría que demostrar que puede construir una identidad política que responda a una sola palabra: Carolina.
Porque si llega a la boleta presidencial, no bastará con ser la hija de Hipólito Mejía.
Tampoco bastará con ser la alcaldesa del Distrito Nacional.
Ni la secretaria general del PRM.
Ni siquiera bastará con ser la primera mujer con posibilidades reales de alcanzar la Presidencia.
Tendrá que ser una dirigente capaz de convencer a una mayoría nacional de que posee las condiciones para gobernar.
La pregunta histórica
Carolina Mejía podría convertirse en 2028 en la primera mujer presidenta de República Dominicana.
Pero el verdadero significado de esa posibilidad no estará únicamente en la palabra “primera”.
Estará en lo que venga después. Porque una sociedad madura no debería preguntarse si una mujer puede gobernar.
Debería preguntarse qué mujer está mejor preparada para gobernar y aplicar exactamente el mismo criterio a los hombres.
Por eso, la pregunta definitiva no es:
¿Está República Dominicana preparada para una mujer presidenta?
La pregunta es mucho más exigente:
¿Está República Dominicana preparada para elegir a su presidenta sin que el hecho de ser mujer sea ni una ventaja artificial ni una desventaja política?
Si la respuesta es sí, 2028 podría marcar una ruptura histórica.
Si la respuesta es no, el obstáculo no estaría necesariamente en la candidata.
Estaría en una cultura política que todavía tendría que decidir si el poder presidencial pertenece a una persona capaz de ejercerlo o a un determinado modelo histórico de liderazgo.
Y ahí reside el verdadero desafío de Carolina Mejía.
No convertirse simplemente en la primera mujer que llega a la Presidencia. Sino demostrar que la República Dominicana puede llegar al punto en que una mujer en el Palacio Nacional deje de ser una excepción histórica y se convierta, sencillamente, en una presidenta evaluada por sus resultados.
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