Haití 4, República Dominicana 1: cinco lecciones de una goleada que va mucho más allá del fútbol

 

Por Elías Wessin

Haití nos ganó 4-1. ¡Y nos ganó bien!

Eso hay que reconocerlo sin lloriqueos ni excusas. En el fútbol, como en la vida, unas veces se gana y otras se pierde.

Pero aquella noche no solamente perdimos un partido. Nos dieron cinco lecciones.

Algunas de ellas deberíamos aprenderlas antes de que sea demasiado tarde.

1. La sirena: el primer aviso del desorden

Desde el primer minuto hasta el último, una sirena sonando en las graderías.

No de vez en cuando. ¡Todo el tiempo!

Hasta quienes estábamos viendo el partido por televisión terminamos preguntándonos: ¿pero y esta sirena no se acaba nunca?

En un partido normal hay gritos, aplausos, coros, abucheos y explosiones de alegría cuando llega un gol o una jugada fuera de serie.

Pero aquello parecía otra cosa. Y quizás fue una primera señal de lo que vendría después.

Una sociedad también se retrata en sus formas de celebrar. El entusiasmo no necesita convertirse en estridencia; la pasión no necesita convertirse en desorden.

Cuando la celebración pierde el sentido de los límites. ¡Cuidado!

El desorden casi siempre comienza por cosas que algunos consideran pequeñas.

2. Las graderías: Haití está aquí

Otra imagen fue imposible de ignorar, las graderías estaban abarrotadas de aficionados haitianos.

No unos cuantos. Una multitud. Banderas haitianas por todas partes, celebrando cada gol como si estuvieran en Puerto Príncipe.

Esta es una realidad que algunos prefieren no mirar: ¡SÍ tenemos una numerosa población haitiana viviendo en territorio dominicano!

Esa población, naturalmente, conserva vínculos de identidad, cultura y nacionalidad con Haití.

Ahora bien, me atrevo a hacer una inferencia: en esas graderías había personas que probablemente poseen documentos dominicanos (cédulas, pasaportes o incluso nacionalidad adquirida) y que, sin embargo, emocionalmente siguen identificándose primordialmente con Haití.

¿Acaso no es eso precisamente lo que estábamos viendo?

Cuando Haití marcaba, aquella multitud no celebraba simplemente un buen gol. Celebraba a su país Haití.

Claro, eso tampoco es un delito. Pero para quienes tenemos la responsabilidad de pensar la República Dominicana desde la perspectiva del interés nacional, sí es un dato que debemos observar.

Una cosa es la integración legal de una persona a la sociedad dominicana y otra muy distinta es pretender que las identidades nacionales desaparecen por decreto.

3. Cuando la multitud se convierte en estampida

Ahora llegamos a lo verdaderamente grave.

Terminó el partido y una parte de los aficionados haitianos, en lugar de marcharse tranquilamente después de celebrar su victoria, protagonizó un episodio de desorden que terminó en estampida, personas heridas y daños a una instalación deportiva recién remodelada.

Nos preguntamos sin evasivas: ¿Dónde estaba el Estado?

Porque si unos cuantos policías son literalmente arrollados por una masa humana que se desborda, tenemos un problema.

Si una multitud puede salir de un estadio, producir una estampida y ocasionar destrozos, tenemos un problema todavía mayor.

¡Ojo! No se trata de perseguir a nadie por ser haitiano.

¡Se trata de que en República Dominicana debe existir autoridad!

El Estado tiene que saber controlar una multitud;

tiene que saber prevenir una desbandada;

tiene que saber separar entradas y salidas;

tiene que tener protocolos;

tiene que tener inteligencia;

tiene que tener policías preparados y, sobre todo, tiene que tener mando.

Si el Estado pierde el control de una grada, ¿qué ocurrirá cuando la situación sea verdaderamente grave?

4. “La Española es Haití”: ¡señores, eso no es una celebración!

He aquí la guinda del pastel.

El jugador haitiano Wilson Isidor, después de su actuación, lanzó una frase que encendió la indignación dominicana:

“La Española es Haití.”

¡No, señor!

Eso no es una celebración. Eso es una provocación.

Una cosa es gritar “¡Haití!” después de marcar un gol.

Otra muy diferente es proclamar que la isla completa pertenece a Haití.

La República Dominicana no puede responder a esa provocación con odio, pero tampoco puede responder con ingenuidad.

La Española tiene dos Estados soberanos.

Haití es Haití y la República Dominicana es la República Dominicana.

Tenemos historias diferentes, instituciones diferentes, culturas diferentes, identidades nacionales diferentes y proyectos nacionales diferentes.

Eso no significa que debamos vivir en guerra. Al contrario.

Precisamente porque queremos paz, tenemos que tener claridad.

El buen vecino respeta la casa ajena. Y esta casa se llama República Dominicana.

Por eso llevamos años insistiendo en que la soberanía no se improvisa.

Se protege.

Se organiza.

Se educa.

Se vigila y se defiende.

De ahí nuestra insistencia en el establecimiento de un Servicio Militar_ que contribuya a formar disciplina, ciudadanía, sentido del deber y preparación entre nuestros jóvenes.

Porque mientras los nacionales haitianos manejan con destreza el colín, la navaja y conservan su cultura, aquí demasiados de nuestros muchachos están atrapados entre el teteo, el dembow y la farándula.

Después nos sorprendemos cuando descubrimos que el mundo no funciona a base de selfies.

5. Ahora hablemos del fútbol dominicano

Esta parte me toca directamente.

En 1992, siendo Secretario de Estado de Deportes, Educación Física y Recreación (hoy Ministerio de Deportes) suscribí el primer convenio de colaboración con la Federación Española de Fútbol.

Su presidente era entonces Ángel María Villar, antiguo jugador del Athletic Club de Bilbao.

Yo había vivido tres años y medio exiliado en España junto a mis padres y conocía de cerca la dimensión que tiene el fútbol mundial porque lo viví en aquella sociedad europea. Se dice con razón, que el Futbol es en el deporte un «supraestado».

Mientras en las Olimpíadas Mundiales van todos los deportes. En el Mundial de Futbol va un solo protagonista.

El fútbol no es un mero deporte, ojalá aquí en RD algún dia se entienda.

Es un sistema.

Es formación.

Es escuelas.

Es entrenadores.

Es categorías inferiores.

Es infraestructura.

Es competencia.

Es disciplina.

Es continuidad.

Por eso aquel convenio no era para tomarnos una fotografía y guardar el documento en un archivo. Había un plan.

Primero, cooperación; después, traer técnicos, instructores y realizar clínicas y finalmente, construir estadios adecuados a medida que el fútbol fuera creciendo.

¿Y qué pasó?

Meses después fui removido del cargo. Y como tantas veces sucede en la República Dominicana, cambió la administración y se perdió la continuidad.

Ese ha sido uno de nuestros grandes males nacionales. Cada gobierno quiere comenzar de cero. Cada funcionario quiere ponerle su nombre al proyecto.

Así perdemos veinte, treinta o cuarenta años.

No quiero dejar fuera a los pioneros que han trabajado por el fútbol dominicano: Quispe Mendoza, Jorge Rolando Bauger y tantos otros que han empujado este deporte contra viento y marea.

Tampoco al empresariado que más recientemente ha entendido su importancia, particularmente en Santiago, con Manuel Estrella.

Pero una nación no puede depender exclusivamente de héroes individuales. Necesita políticas de Estado.

Si desde los años noventa hubiésemos mantenido una política sostenida de desarrollo futbolístico, probablemente hoy estaríamos hablando de otra selección dominicana.

La lección es sencilla, los gobiernos deben sembrar para cosechar después.

El político que solamente piensa en las próximas elecciones, jamás construirá el país que necesitan las próximas generaciones.

La goleada que no debemos desperdiciar es que Haití nos ganó 4-1 en la cancha.

¡Bien ganado!

Pero fuera de la cancha dejó una serie de interrogantes que República Dominicana no puede despachar con un simple “perdimos el partido”.

La sirena.

La multitud.

La estampida.

Los daños.

La debilidad de la respuesta.

La provocación de “La Española es Haití”.

Y, finalmente, nuestra propia incapacidad histórica para mantener políticas deportivas de largo plazo.

Cinco lecciones, y quizás una sexta:

No hay pueblo que pueda darse el lujo de desconocer lo que ocurre dentro de su propia casa.

No necesitamos odiar a Haití.

No necesitamos insultar a los haitianos.

No necesitamos convertir el fútbol en una guerra.

Pero tampoco necesitamos ser ingenuos.

Patriotismo no es odio al vecino. Patriotismo es amor y responsabilidad por la propia casa.

Haití celebró su victoria. Tiene derecho a hacerlo.

Nosotros tenemos derecho a sacar nuestras conclusiones.

Y la principal es ésta, Haití ganó el partido, pero si la República Dominicana aprende las lecciones, quizás la derrota termine siendo útil.

Cuatro goles se olvidan, pero una nación que no aprende de sus señales de alarma, puede sufrir si las olvida y se duerme en sus laureles.

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