Alofoke: el aspirante que nació del «todo está bien, Bobby»

 

Por Elías Wessin

Alofoke ahora, es el dueño de la foto. Representa la rebelión del algoritmo contra la partidocracia hegemónica (o sea, los partidos con más del 5% de los votos del padrón electoral). Su aparición electoral manda a que las élites se vean en ese espejo.

Hay unos pocos que observan con horror el fenómeno Alofoke y preguntan: «¿Cómo llegamos hasta aquí?». La respuesta es sencilla: no llegó solo. Lo trajeron. Lo incubaron. Lo alimentaron durante años, una élite política y empresarial convencida de que el país podía administrarse eternamente desde sus cómodos laureles.

Alofoke no cayó del cielo. Es el producto de un sistema que perdió la capacidad de escuchar al ciudadano común. Mientras las estadísticas ‘bancentralianas’ celebran crecimiento económico, la clase media ve crecer otra cosa: la factura eléctrica, el costo de la canasta familiar, los combustibles, los impuestos y la incertidumbre sobre el futuro.

El discurso oficial repite que la economía marcha «viento en popa». El ciudadano, en cambio, mira su bolsillo y descubre que el viento es en contra. La riqueza sube… pero por un ascensor reservado para unos pocos, mientras la mayoría sigue esperando que reparen la escalera.

Cuando el ciudadano pregunta qué ocurre, siempre aparece algún tecnócrata para explicarle que todo va perfectamente. En otras palabras: «Todo bien, Bobby». Claro, todo bien… para quienes viven de las relaciones de poder.

La clase media, motor de toda democracia estable, termina convertida en la vaca lechera del Estado. Más impuestos, más cargas y menos capacidad de ahorro. Una receta que, paradójicamente, se parece demasiado a las políticas redistributivas que tanto dice combatir buena parte de la vocinglería zurda tradicional.

Mientras tanto, los préstamos públicos siguen creciendo con una alegría que haría sonrojar a cualquier tarjeta de crédito. Total, la deuda siempre la pagará otro gobierno… o los hijos de quienes hoy apenas llegan a fin de mes.

En ese escenario aparece Alofoke. ¿Es disruptivo? Sin duda. ¿Incomoda? También. Pero sobre todo interpreta el cansancio de una población que siente que los mismos de siempre llevan décadas cambiándose de corbata para seguir ofreciendo el mismo menú.

Por eso resulta casi cómico ver a muchos aspirantes tradicionales correr detrás de una fotografía con él. Hasta ayer lo miraban con condescendencia. Hoy descubrieron que el caudal de simpatía no está necesariamente en los salones alfombrados ni en las reuniones de estrategia, sino en la capacidad de conectar con un pueblo cansado.

Antes los políticos eran los dueños de la foto. Ahora la foto tiene dueño. Y ese cambio de papeles explica buena parte del nerviosismo de la política tradicional.

¿Tiene Alofoke derecho a aspirar a la Presidencia de la República? Absolutamente. En una democracia, el derecho a ser elegido no pertenece a una aristocracia política ni a un club exclusivo de apellidos conocidos. Pertenece a los ciudadanos.

Otra discusión es si posee las condiciones para gobernar. Ese juicio corresponde exclusivamente al electorado. Pero negar su derecho a competir sería desconocer las reglas del juego democrático.

Quizás, al final, Alofoke no sea la causa del terremoto político. Quizás sea apenas el sismógrafo que revela las profundas grietas de un sistema que lleva demasiado tiempo ignorando las preocupaciones reales del pueblo.

Si la política deja de representar a la sociedad, la sociedad termina buscando representantes donde menos lo esperaba la élite.

Entonces descubre, demasiado tarde, que el problema nunca fue Alofoke. El problema fue el espejo.

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