Por Tomás Gómez Bueno

Todo ministerio cristiano es una iniciativa de cooperación entre Dios y los seres humanos, a quienes se concede el privilegio de participar en su obra. Es una empresa divino-humana con propósito y meta, cuyos resultados deben corresponder a la inversión de su verdadero dueño: Dios. No importa si el ministerio es pastoral, evangelístico, misionero o eclesial; la participación activa del Espíritu Santo es indispensable para su eficacia.

“Ministerio” es el término que utilizamos para describir la estructura humana operativa a través de la cual estamos llamados a servir a los demás en nombre de Dios. Sin embargo, en la actualidad, más que un medio para servir y revelar a Dios, algunos ministerios han terminado adoptando el modelo comercial de oferta y demanda. Es necesario afirmarlo con claridad: el marketing, con todos sus recursos estratégicos, ha desplazado a Dios. Muchos lo han hecho de manera aparentemente tan eficiente y poderosa que da la impresión de que Dios ya no es necesario en sus ministerios. Así como, cuando la presencia de Dios falta, aunque abunde la religión y el ruido, todo queda vacío, también el ministerio pierde su verdadero significado cuando Dios deja de ser su motivo principal y preponderante.

Así, la fe corre el riesgo de convertirse en un mercado donde la eficacia se mide por la rentabilidad económica. Los criterios que dominan en ciertos contextos son “clientes”, “productos”, “preferencias de consumo” y resultados financieros. El éxito se define en términos cuantitativos y materiales, y la meta se reduce a obtener ganancias y acumular capital para expandir la organización. Todo se evalúa según su rentabilidad.

Cuando los criterios empresariales se vuelven determinantes, Dios puede terminar reducido a un nombre o a una marca promocional que impulsa la “venta” de un producto, mientras deja de ocupar el lugar central en las decisiones. Su presencia ya no gravita con peso real en la vida del ministerio.

El Evangelio de Jesucristo, sin embargo, no es un producto de consumo. Es una propuesta que confronta a cada persona con una decisión trascendente: aceptarlo o rechazarlo. Implica un costo radical, no un simple cambio de opinión, sino una transformación profunda que nace de la fe, del compromiso y de la entrega a valores que superan las transacciones ordinarias de la vida.

El apóstol Pablo describe el Evangelio como el poder de Dios y como el fundamento del ministerio de la reconciliación: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo… y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación” (2 Co 5:19). No obstante, algunos parecen haber reinterpretado este encargo como un “ministerio de comercialización”.

Por eso, todo ministerio que se llame cristiano debería evaluar con seriedad y frecuencia qué lugar ocupa Dios como esencia y centro de su labor. La reflexión constante en las Escrituras, en relación con la misión de la iglesia, es un ejercicio saludable que nada debería sustituir ni poner en riesgo.

En una sociedad dominada por el consumo, los ministerios están llamados a examinarse continuamente para renovar su compromiso y comprender mejor la misión recibida. Deben redefinirse y reencauzarse desde una relación viva de dependencia de Dios, quien es el dueño de toda obra que lleva su nombre. Esto no significa que un ministerio no deba contar con equipos humanos, análisis de tendencias, comunicación estratégica o recursos administrativos modernos. Integrar estas herramientas no es incorrecto. El problema surge cuando tales recursos pretenden reemplazar a Dios. La técnica nunca debe ocupar el lugar de la dependencia espiritual.

Todo ministerio que crece necesita estructura; sin embargo, la estructura debe estar al servicio de Dios y de su Reino. Hoy, con frecuencia, sucede lo contrario: se intenta poner a Dios al servicio de la estructura. El verdadero ministerio no se define por su capacidad gerencial, sino por su vida espiritual y su alineación con el propósito divino. Cuando la prioridad se desplaza hacia resultados financieros o promoción humana, el ministerio deja de serlo y se transforma en empresa. En cambio, un ministerio centrado en Dios, aunque sea económicamente sostenible y tenga visión de crecimiento, busca ante todo resultados que honren a Dios y promuevan su Reino.

La estructura no se limita a edificios o recursos; también incluye valores espirituales y sociales. En el Antiguo Testamento, la casta sacerdotal llegó a corromper la religión al aliarse con el poder, mientras que los profetas, sin respaldo institucional ni apoyo político hablaron con autoridad divina denunciando el pecado. La grandeza visible nunca ha sido garantía de fidelidad a Dios.

Cuando confiamos el desarrollo del ministerio exclusivamente a técnicas gerenciales destinadas a asegurar el éxito, corremos el riesgo de depender cada vez menos de Dios. Con frecuencia confundimos la obra de Dios con nuestros propios deseos de grandeza y poder. Y entonces puede surgir un ministerio grande, influyente y reconocido… pero en el que, tristemente, Dios ya no parece ser necesario.

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