Por Marcos Núñez 

El pasado mes de mayo de este 2026 y durante dos semanas consecutivas, el mundo ha visto cómo los grandes paragones que lo dirigen, han estado llevando a cabo una serie de reuniones tipo cumbre, teniendo como centro la ciudad de Pekín en China, en lo que parecería un indicativo simbólico de hacia dónde se mueve geográficamente la nueva hegemonía planetaria.

Primero, Estados Unidos de América con el presidente Trump a la cabeza, junto con los CEO de la oligarquía tecnológica y el acompañamiento de los ejecutivos de los principales Fondos de Inversión, y días después, el sempiterno presidente Putin seguido de una importante cohorte de empresarios y políticos rusos de altísimo nivel.

Y uno se pregunta ante todo esto ¿adónde queda Europa, la otrora región central poblada de imperios, alrededor de la cual giraba todo el orbe?

Pues cada día quedando más atrás en la cola de países que inciden directa o indirectamente en lo concerniente a la arena internacional.

Y es que Europa después de haber triunfado de forma contundente junto con Estados Unidos y Rusia sobre una poderosa Alemania hitleriana en la segunda guerra mundial, la paz que alcanzó después del conflicto, terminó por vencerla, su éxito arrollador, acabó por convertir su devenir, en un camino hacia el fracaso seguro.

En estricto sensu, lo que parecía ser un inminente ascenso hacia la cima por parte del viejo continente con su naciente comunidad económica, para ponerse quizás a la par de Estados Unidos en la conformación de una confederación de estados suis generis, desde la puesta en vigencia del tratado de Maastricht en noviembre de 1993, ha sucedido lo contrario y el bloque comunitario se ha ido debilitando a un punto tal que cada vez es menos determinante de lo que estaban llamados a ser a nivel hemisférico.

Países de economía emergente como India, Sudáfrica y otros más que se han agrupado en el bloque alternativo BRICS-Plus, están logrando mayor nivel de protagonismo y una incidencia más efectiva en términos de su poder económico: el PIB mundial sólo de los BRICS originarios combinado concentra el 40%, sobrepasando por mucho a la alicaída Unión Europea, la cual exhibe como logros principales en comparación, una mayor integración de mercados entre los 27 países y un ingreso per cápita ligeramente mayor todavía que el grupo BRICS.

No obstante, en términos de demografía, Europa también se ha ido quedando a la deriva, atrás del último como solemos decir en dominicana. Para decirlo en cristiano y que se entienda, Europa pasó de tener el 25% de la población mundial a inicios del siglo XX, para lo que va del siglo XXI, el bloque comunitario apenas posee el 8% del total global, un bajón tan drástico y brutal en menos de un siglo que los coloca en desventaja total frente a sus demás competidores en los cuatro puntos cardinales.

En lo relativo a las estadísticas capitales de la demografía, podemos decir que aunque el total de la población de la Unión Europea es más alto que los Estados Unidos de América todavía, la tasa de natalidad europea está en un disminuido 1.34 nacimientos por mujer, por debajo de la tasa del 2.1 por cabeza que es la tasa promedio ideal para mantener en equilibrio los nacimientos, respecto al reemplazo poblacional por decesos, sin recurrir a una apertura migratoria, situación ésta a la que se han visto forzados en los últimos veinte años, debido a una tasa mayor de envejecimiento y desaparición de su población nativa.

Y la cosa no se queda ahí. El promedio colectivo anual de crecimiento de las economías de la comunidad europea es de apenas un pírrico 1.5% lo que comparado con el índice de crecimiento interanual que posee China Popular, el cual está rondando el 5 o 6% en lo que va de esta década e India cuya tasa de expansión económica está en los 7.4% interanual, es un indicativo a fortiori de un gran debilitamiento de los sectores productivos de una Europa que estaba llamada a ser la joya de la corona.

Otro elemento que se debe citar acerca de lo que sucede en Europa es la sobrerregulación. Hoy día es una de las regiones confederadas del mundo en donde existe una mayor cantidad – desbordada y excesiva- de normas comunitarias de cumplimiento obligatorio para los países miembros. Incluso las grandes tecnológicas y plataformas sociales como Facebook han recibido frecuentes multas y sanciones por supuestas infracciones que de este lado del hemisferio occidental, sencillamente nos parecen medidas dictatoriales y de censura que golpean derechos fundamentales como libertad de empresa y la libertad de expresión.

También la salida abrupta del Reino Unido y su mancomunidad del club de los 28 ha dejado en condiciones muy precarias el pretendido poder global que deseaban ostentar los europeos. El Brexit en 2016, ha sido un síntoma inequívoco de las asimetrías internas que posee el bloque, revelando que los intereses de los países miembros, no son tan homogéneos como los que vemos en la federación americana para poner un ejemplo en concreto. Inglaterra para mantener intacto su poder dentro del exitoso esquema financierista de la globalización, diseñado por la City de Londres, la bolsa de Honk Kong (HKEX) y Wall Street de Nueva York después de la caída del muro de Berlín, produjo justo a tiempo su salida de la zona euro continental, quedando libre de ataduras y compromisos con Bruselas, con miras a conservar su perfil individual de potencia arquetípica global con intereses geopolíticos complejos y heterogéneos.

La corona británica nunca creyó en lo absoluto en el proyecto de unificación político y económica europea, empezado con su escepticismo hacia la comunidad del carbón y el acero en 1951, y todavía cincuenta años más tarde, cuando comenzó a circular la nueva moneda a inicios de este milenio, la “City” mantuvo y defendió la libre circulación de la libra esterlina, aun cuando los otros países del grupo, como fue el caso ejemplificado de la próspera economía germana -y su sólida moneda, el Marco alemán-, dejaron atrás sus divisas nacionales y asumieron fortalecer el Euro como moneda oficial única de todos los territorios integrados.

Y aunque parte de los esfuerzos de los europeos con la creación de esa unión, ha sido recuperar o reconstruir lo que fue el antiguo imperio romano a ambas orillas del Mediterráneo, el nivel de influencia política y económica sobre el norte de África y el Medio Oriente se ha venido a menos como se puede ver en la manera como el Estado de Israel está actuando al margen de toda legalidad internacional en su abordaje del terrorismo respecto a Hezbollah y Hamas. Tampoco existe un arbitraje desde suelo europeo que haya podido evitar la catástrofe que se percibe en la franja de Gaza ni los bombardeos a Beirut y el sur del Líbano. Más aún, negociadores estadounidenses de la administración Obama y europeos actuando como mancuerna, hicieron un acuerdo con la República Islámica de Irán para detener la iniciativa del régimen de los Ayatollahs de crear su propia bomba nuclear a cambio de quitar sanciones y descongelar fondos en 2015, pero al año siguiente, la nueva administración conservadora trumpista denunció dicho acuerdo y lo dejó sin efecto, algo que la Unión Europea no pudo evitar y quedando tan inoperante como una especie de convidado de piedra.

Y en lo relativo a la guerra de Rusia contra Ucrania y en la que Europa está participando a través de proveer de armas y dinero a Kiev, cuatro años y cuatro meses después del inicio de las hostilidades, la situación no está definida en el frente de batalla. Mientras Ucrania lucha por no caer bajo el dominio del Kremlin, tampoco ha podido tomar la determinación de unirse de forma unilateral a la Unión Europea como desea Bruselas, principalmente porque los Estados Unidos, metidos hasta el pescuezo en el enfrentamiento bélico, podría tener otros planes para la Ucrania de postguerra: controlar los inmensos yacimientos mineros que incluye metales tradicionales como oro, plata, hierro y también las llamadas “Tierras Raras”, así como participar de la millonaria reconstrucción que podría requerir el país, y sólo después que tengan asegurados estratégicamente esos intereses, se podría ventilar la posibilidad de que Ucrania o una parte de ella, pase a tener membresía en el bloque confederativo europeo.

En latu sensu, no huelga decir que, aun cuando la comunidad europea posee un porcentaje apreciable de tierras cultivables en su seno, el país de Ucrania es por kilómetro cuadrado, la demarcación con el terreno más fértil de la región y más allá, de ahí pues, la insistencia de los actores europeos por lograr por intermedio del actual gobierno ucraniano de la república en armas de Volodimyr Zelenski, la incorporación a la unión, dado que un elemento clave para incrementar su poder global, radica no solo en lograr la seguridad alimentaria en medio de la incertidumbre que trae el cambio climático, sino alcanzar un estatus cimero como potencia agroexportadora de clase mundial; de los diez países que forman parte del ranking global actual, solo Francia que es miembro de la confederación aparece y lastimosamente ocupando la décima y última posición del listado.

En definitiva, Europa seguirá teniendo niveles de importancia, pero si no realiza algunos ajustes a las políticas que dieron origen a su integración y que hoy día resultan contrarias a su crecimiento, vigencia y supervivencia, tendrá que terminar por adherirse de manera humillante a los Estados Unidos de América a riesgo de perder su identidad propia y quedar para los anales de la historia como un gigantesco museo erigido como homenaje al esplendor y el desarrollo que alguna vez poseyeron.

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