Por Flavio Holguín
Las democracias rara vez mueren el día en que un tirano irrumpe violentamente el poder o cuando el estruendo proveniente del tableteo de las metralletas silencian las instituciones.
Su verdadero deceso suele comenzar cuando la decepción se anida de forma inadvertida y peligrosa, en la conciencia del ciudadano.
Toda democracia inicia su extinción cuando el voto deja de representar esperanza y pasa a percibirse como un acto infructuoso.
La democracia es aniquilada, cuando la ilusión cede ante el desencanto y la participación deja de asumirse como un deber patriótico para convertirse en una pérdida de tiempo.
Partiendo de esas premisas, es cuando aparece el mecanismo más letal para cualquier sistema democrático: La Abstención Inducida.
La abstención, no es un simple fenómeno electoral, es el síntoma inequívoco de una democracia que languidece y agoniza, porque irremisiblemente perdió la confianza de su pueblo.
Todo indica que la República Dominicana se conduce peligrosamente hacia el abismo democrático, ya que en el último proceso electoral la abstención rondó el 48 %, mientras que entre los dominicanos residentes en los Estados Unidos alcanzó un escandaloso 83 %.
Estas cifras no representan simples porcentajes, representan millones de ciudadanos que decidieron sustraerse del ejercicio del sufragio, por cuanto perdieron la fe en el sistema y se resisten a ser cómplices de esa pantomima llamada comicios.
Cuando se pierde la fe, el silencio comienza a derrotar al voto y justamente a partir de ese momento la democracia inicia el desplome de su principal fuente de legitimidad.
Es preciso afirmar que nada de esto ocurre de manera fortuita. Es el resultado de años de promesas incumplidas, de deterioro institucional e improvisación gubernamental.
Otros de los factores que contribuyen a la abstención inducida son: corrupción generalizada, embaucaminto sistémico, incredibilidad profunda hacia los partidos y una creciente desconexión entre esas entidades y la sociedad, cada vez que arriban al poder.
A esa realidad descrita se suma el progresivo deterioro de la calidad moral y la ineptitud de muchos aspirantes a cargos electivos.
En ese sentido, las agrupaciones politicas privilegian la mediocridad, el clientelismo aberrante y la conveniencia electoral, mientras se relegan la formación política y académica, así como la integridad de sus miembros.
Por otro lado y en paralelo, las diferencias ideológicas prácticamente han desaparecido y eso constituye un factor coadyuvante en la pérdida progresiva del interés participativo de los votantes, ya que no perciben ninguna diferencia entre los partidos mayoritarios del sistema, respecto de los fundamentos que sustentan su auténtico pensamiento politico.
A todo esto se le suma además, la incoherencia de los partidos: lo que ayer era condenado desde la oposición, hoy es defendido desde el gobierno.
Es decir, el discurso y las exigencias de un partido político cambian radicalmente al pasar de la oposición a la gobernanza.
Por esa razón los principios se vuelven negociables y los programas de gobierno terminan reducidos a piezas propagandísticas.
De esa degradación constante, en todas las encuestas y sondeos realizados en los últimos años, emerge cada vez más fortificado, el llamado «Partido Ninguno», integrado por millones de ciudadanos que han decidido retirarle su apoyo y la base de sustentación a todo el sistema político.
Ese Partido Ninguno, no tiene dirigentes, ni locales, ni bandera, pero lo que sí posee, intrínsecamente, es algo mucho más peligroso: el desencanto colectivo.
Ese desencanto desemboca en el escepticismo político, que es la fase más avanzada del deterioro democrático.
La acción que se genera en la cadena de estos hechos, no consiste exclusivamente en desconfiar de un gobierno o de un dirigente, sino en dejar de creer que la política pueda transformar la sociedad.
Cuando todos los partidos del sistema parecen iguales, el ciudadano concluye que ninguno merece su confianza.
Ese escepticismo se alimenta de la mentira convertida en estrategia, del incumplimiento de los programas de campaña y la correspondiente pérdida de veracidad de los partidos.
Así se fortalece sigilosamente el «Partido Ninguno», cuyos miembros no marchan, ni protestan, simplemente dejan de votar.
La abstención inducida constituye por tanto, la manifestación más visible del deterioro moral, político e institucional de una democracia.
Es la evidencia de que el vínculo entre representantes y representados comienza a romperse.
Reconstruir esa confianza exigirá mucho más que propaganda, campañas millonarias o discursos emotivos.
Requerirá partidos seriamente comprometidos con sus principios, con el fortalecimiento institucional, con candidatos idóneos, capaces de honrar sus palabras y con auténticos dirigentes que le sirvan de forma honesta al Estado.
Es de suma importancia resaltar que todo no está perdido y que aún es posible adecentar y dignificar el ejercicio de la política, puesto que la legitimidad no se compra, se construye.
Sin embargo, si los partidos continúan transitando el camino de la incoherencia, la mediocridad, el incumplimiento de sus promesas y el desprecio por la inteligencia del electorado, descubrirán demasiado tarde que el adversario más peligroso nunca estuvo sentado en la bancada opositora; siempre estuvo frente a ellos y es precisamente ese ciudadano silencioso, múltiples veces engañado, quien finalmente dejó de creer y de votar.
Cuando casi la mitad de un país renuncia a las urnas y en comunidades enteras del exterior, la abstención alcanza niveles estratosféricos cercanos al 83 %, ya no estamos ante una simple estadística electoral. Estamos frente al diagnóstico de una democracia gravemente enferma y en sala de cuidados intensivos.
Es preciso reiterar que las dictaduras no siempre nacen del ruido de la boca de los fusiles. A veces nacen del silencio de las urnas.
Cuando un pueblo deja de creer en el valor de su voto, la democracia ya ha comenzado a escribir su propio epitafio.
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