Por Marcos Sánchez
Cuando publiqué mi artículo, desconocía la existencia de un experimento realizado hace más de medio siglo al que un lector tuvo a bien llamar mi atención. Su comentario no solo despertó mi curiosidad; también me llevó a adentrarme en un estudio que, pese a sus evidentes limitaciones metodológicas y a las reservas que existen respecto de cualquier extrapolación al comportamiento humano, ofrece una analogía tan sugestiva como inquietante para reflexionar sobre algunos de los fenómenos culturales que describí.
No se trata de asumir sus conclusiones como una explicación definitiva de la realidad social ni de establecer paralelismos simplistas entre un experimento de laboratorio y la complejidad de una sociedad. Sin embargo, sí constituye un antecedente intelectual que merece ser examinado, precisamente porque plantea interrogantes que hoy siguen teniendo una sorprendente vigencia.
Al concluir mi reflexión anterior dejé planteada una pregunta que continuó resonando mucho después de publicada: ¿hemos desarrollado, con la misma velocidad, las instituciones, los valores cívicos y los mecanismos de cohesión social necesarios para sostener nuestro progreso en el largo plazo?
No existe una respuesta categórica. Tampoco una fórmula capaz de medir el grado de madurez de una sociedad. Pero sí existe una constante histórica difícil de ignorar: el progreso material y el desarrollo humano rara vez avanzan al mismo ritmo. Las sociedades pueden crecer económicamente, multiplicar su infraestructura, sofisticar su tecnología y elevar sus indicadores de bienestar sin que ello implique, necesariamente, un fortalecimiento equivalente de la confianza social, de la cultura cívica o del sentido de pertenencia colectiva.
Fue precisamente esa posibilidad la que me condujo al llamado Universo 25, el célebre experimento desarrollado por el etólogo estadounidense John B. Calhoun durante la década de 1970. Su propósito era observar el comportamiento de una colonia de ratones en un entorno donde no existían depredadores, el alimento era abundante y las necesidades materiales estaban plenamente cubiertas. En otras palabras, un ambiente diseñado para eliminar casi todas las presiones externas que tradicionalmente condicionan la supervivencia.
Lo que ocurrió después convirtió aquel estudio en uno de los experimentos más debatidos de la biología conductual. A medida que aumentó la densidad poblacional comenzaron a aparecer alteraciones en los patrones de convivencia: disminuyó el cuidado de las crías, aumentaron las conductas agresivas y otras se tornaron completamente apáticas; se rompieron dinámicas sociales previamente estables y la colonia inició un proceso irreversible de deterioro hasta su desaparición.
Durante décadas, muchos interpretaron estos resultados como una advertencia sobre el futuro de la civilización humana. Sin embargo, esa conclusión resulta científicamente insostenible. Los seres humanos no somos ratones. Nuestra conducta está mediada por la cultura, el lenguaje, las instituciones, la moral, la educación y una extraordinaria capacidad para transformar el entorno.
Reducir la complejidad de una sociedad a un experimento de laboratorio sería un error tan grande como ignorar por completo las preguntas que dicho experimento plantea y es precisamente en esas preguntas donde reside su verdadero valor.
Más que ofrecer respuestas, Universo 25 invita a reflexionar sobre un fenómeno recurrente: la abundancia material, por sí sola, no garantiza la estabilidad social. Una comunidad puede disponer de recursos suficientes y, aun así, experimentar una progresiva erosión de los vínculos que la mantienen cohesionada.
Esa preocupación no nació con Calhoun. Décadas antes, el sociólogo francés Émile Durkheim advirtió que las sociedades modernas podían atravesar estados de anomia: situaciones en las que las normas compartidas pierden fuerza, los referentes colectivos se debilitan y los individuos encuentran cada vez mayores dificultades para orientar su conducta dentro de un marco común. No se trata de la ausencia absoluta de reglas, sino del debilitamiento de aquellas que permiten a una sociedad reconocerse como un proyecto compartido.
Mucho tiempo después, el politólogo estadounidense Robert D. Putnam desarrolló una preocupación semejante desde otra perspectiva. Su trabajo sobre el capital social mostró que la prosperidad de una nación depende también de la calidad de sus relaciones de confianza, de la participación cívica, del asociacionismo y de la capacidad de cooperación entre sus ciudadanos. Una sociedad puede exhibir excelentes indicadores económicos y, al mismo tiempo, ver deteriorarse lentamente el tejido invisible que sostiene la convivencia cotidiana.
Es precisamente en ese punto donde la reflexión regresa a la República Dominicana. Nuestro país continúa creciendo. Nuevas infraestructuras modifican el paisaje urbano; la inversión transforma regiones enteras; el dinamismo económico sigue siendo una realidad reconocida dentro y fuera de nuestras fronteras. Nada de ello debe minimizarse. Constituye un logro indiscutible. La cuestión es otra.
• ¿Estamos fortaleciendo con la misma intensidad nuestra cultura institucional?
• ¿Se consolida la confianza entre ciudadanos y autoridades?
• ¿La educación cívica evoluciona al ritmo de la expansión económica?
• ¿Estamos formando comunidades más cohesionadas o simplemente ciudades más densas?
• ¿La tecnología nos conecta verdaderamente o solo multiplica nuestras posibilidades de exposición?
Son preguntas incómodas, pero necesarias. La historia demuestra que las grandes sociedades no suelen entrar en crisis cuando dejan de construir.
Muchas veces comienzan a hacerlo cuando confunden crecimiento con desarrollo; cuando el éxito económico termina desplazando la construcción paciente de ciudadanía; cuando la prosperidad material crea la ilusión de que las instituciones, la ética pública y el compromiso colectivo pueden darse por descontados.
Si algo puede enseñarnos Universo 25, no es que nuestro destino esté escrito ni que las sociedades prósperas estén condenadas a la decadencia. Su enseñanza más valiosa es mucho más modesta y, precisamente por ello, más útil: incluso en escenarios de abundancia, toda comunidad necesita cultivar aquello que ninguna riqueza puede comprar por sí sola: confianza, sentido de pertenencia, responsabilidad compartida e instituciones capaces de preservar el equilibrio entre el individuo y el bien común.
Quizá esa sea también la respuesta, aunque necesariamente provisional, a la pregunta con la que concluía mi reflexión anterior.
El verdadero desafío de una nación no consiste únicamente en crecer, sino en asegurarse de que cada nuevo edificio, cada nueva carretera y cada nuevo indicador económico descansen sobre una estructura menos visible, pero infinitamente más decisiva: una ciudadanía capaz de sostener, con sus valores e instituciones, el peso de su propio progreso.
Porque una sociedad puede levantar una impresionante jungla de concreto. Lo verdaderamente difícil es evitar que, entre sus muros, termine perdiéndose el sentido mismo de comunidad.
El autor es Fundador y Director Editorial de Exposición Mediática. Con tres décadas en medios y veinte años como articulista, ejerce un periodismo de interpretación pública que articula análisis riguroso y reflexión cultural. Su trabajo se centra en la legalidad, la interpretación de procesos complejos y el interés ciudadano. Es además locutor, escritor, profesor bilingüe, creativo y actor. Su propuesta editorial integra un enfoque cultural y didáctico permanente, orientado a la formación de criterio ante debates nacionales e internacionales.
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