Por Manny Castillo, (con la colaboración histórica de George Anthony)
La historia de las comunidades no solo se escribe en los grandes tomos de la política nacional; late con igual fuerza en las transformaciones cotidianas de sus instituciones más representativas.
En La Romana, la Iglesia Anglicana Episcopal protagonizó a mediados del siglo XX un proceso decisivo de evolución social, educativa y cultural.
El paso de una congregación concebida inicialmente como refugio espiritual para inmigrantes caribeños hacia una institución plenamente integrada a la dominicanidad encuentra su punto de inflexión en la labor pastoral y social del Padre William L. Wipfler, continuada posteriormente por el Padre William Skilton.
Un refugio antillano: La iglesia antes de Wipfler
Mucho antes de la consolidación urbana de mediados de siglo, La Romana ya albergaba una activa comunidad episcopal.
Sin embargo, su perfil socioétnico era singular.
El núcleo original de la congregación estaba constituido en gran medida por inmigrantes procedentes de diversas islas del Caribe de habla inglesa antiguas colonias británicas y por sus descendientes inmediatos.
A este colectivo se sumaba un sector de ciudadanos estadounidenses vinculados operativamente al Central Romana Corporation.
En aquellos años iniciales, la iglesia no operaba únicamente como un espacio litúrgico, sino como una red de apoyo mutuo, solidaridad y encuentro comunitario.
La educación y la promoción cultural ocupaban un lugar central entre las aspiraciones de sus miembros.
Durante esa etapa de transición destaca la figura emblemática de Mr. Ernest Fretts, Lector Laico de la congregación.
Dado que la celebración de la Eucaristía requiere la ordenación sacerdotal por lo cual clérigos de San Pedro de Macorís debían viajar periódicamente a La Romana, Fretts asumió la conducción de los cultos dominicales y la atención pastoral cotidiana.
Su impronta quedó grabada en la memoria local gracias a (la escuelita de Mr. Fretts), donde formó a varias generaciones en el idioma inglés, sentando las bases de una vocación pedagógica que caracterizaría a la parroquia en las décadas siguientes.
La llegada del Padre Wipfler y el proceso de «dominicanización»
El vínculo de William L. Wipfler con el país se gestó en 1954 cuando, siendo aún seminarista, realizó una estancia pastoral en San Pedro de Macorís.
Esta vivencia despertó en él un compromiso duradero con la realidad dominicana.
Hacia 1956 regresó como vicario de La Romana, trasladándose al principio desde San Pedro de Macorís, hasta establecerse de forma definitiva en una residencia de la avenida Santa Rosa y, más tarde, en la casa curial construida junto al nuevo templo de Todos los Santos en 1958.
Se convirtió así en el primer párroco residente de la comunidad.
Wipfler asumió el liderazgo en un momento coyuntural.
La fisonomía demográfica de la congregación comenzaba a registrar cambios irreversibles:
mientras la generación fundadora retornaba a sus islas de origen o fallecía, los hijos y nietos crecían plenamente integrados a la vida social del país.
El cambio más elocuente de este proceso fue la transición lingüística.
La progresiva incorporación del español en las celebraciones litúrgicas transformó la dinámica parroquial.
De las tres misas dominicales, la oficiada en castellano pasó a ser la más concurrida, desbordando los bancos del templo.
La iglesia dejó de ser percibida como un enclave cerrado para extranjeros y pasó a formar parte del entramado urbano romanense.
Este proceso de “dominicanización” permeó también la creación de organizaciones juveniles, la conformación de grupos comunitarios y la articulación de un coro parroquial dirigido por el propio Wipfler con el apoyo de don Juanico Nadal, además de clubes de acólitos, exploradores y sociedades de damas.
Dimensión ,Antes de Wipfler, Con la llegada de Wipfler
| Idioma principal del culto | Inglés | Predominio del Español |
| Composición demográfica | Inmigrantes anglocaribeños y estadounidenses | Familias y jóvenes dominicanos
| Atención pastoral | Lectores laicos y sacerdotes visitantes | Párroco residente en La Romana |
| Proyección social | Red de apoyo mutuo e instrucción informal | Fundación de instituciones educativas formales |
La fundación del Colegio Todos los Santos
Siguiendo la tradición educativa episcopal en la región oriental representada por el Colegio San Esteban en San Pedro de Macorís y el Colegio San Andrés en Santo Domingo, Wipfler impulsó la creación de una obra académica propia para La Romana.
Entre 1958 y 1959 abrió sus puertas el Colegio Todos los Santos, iniciando sus labores con las primeras aulas de educación primaria.
La iniciativa respondió al crecimiento de una clase media local que demandaba opciones educativas de calidad. Wipfler fortaleció la presencia institucional de la parroquia mediante su vinculación con sectores cívicos, como el Club Rotario.
Entre los primeros alumnos que inauguraron las aulas del colegio figuran nombres guardados en la memoria comunitaria: Francisco Torres, Wily Torres, Rafelito Pérez, Luisa Ortiz, Héctor Mercer, Georgina Anthony, George Anthony, Pablo Acevedo, Johnny Reyes (nieto de Zacarías Reyes), Milagros Batlles, Wilma Flaquer, Gadis Castillo, Ruth Andrew, Hilario Albert y Fernando Flaquer.
Asimismo, la labor pedagógica inicial descansó en el compromiso de un cuerpo docente integrado por educadoras y colaboradoras como Mildred D’Souza, Toñita Hezqui, Thelma Wells, Telma Fretts, Máxima José y Ernestina Sterling.
Tras el regreso de Wipfler a los Estados Unidos en septiembre de 1963, el Colegio Todos los Santos continuó su senda de expansión con la llegada del Padre William Skilton, quien asumiría la vicaría dos años más tarde para dirigir una segunda etapa de engrandecimiento físico e institucional de la obra educativa.
Memoria histórica: Rigor frente a la leyenda
El paso de Wipfler por la República Dominicana coincidió con los años finales de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y la compleja transición democrática posterior. En un ambiente marcado por la represión política y las tensiones entre el régimen y diversas instituciones religiosas, personas cercanas a Wipfler recuerdan su postura crítica frente al autoritarismo.
Durante años se propagó en La Romana un relato oral según el cual el sacerdote había desarmado físicamente a un agente policial durante una manifestación contra los remanentes del régimen.
Sin embargo, el contraste de fuentes y la confrontación con los hechos obligan a revisar la leyenda.
Un testigo presencial de las protestas aclaró que, si bien la policía interceptó el vehículo de Wipfler durante una caravana provocando momentos de alta tensión verbal, nunca ocurrió un enfrentamiento físico ni el desarme del oficial.
Años después, en la Catedral de San Juan el Divino en Nueva York, el propio Padre Wipfler confirmó al mismo testigo que el incidente del desarme había sido un mito urbano fabricado por la imaginación popular.
Este detalle subraya la importancia de analizar la memoria comunitaria con rigor metodológico, diferenciando el testimonio documental de las construcciones mitológicas.
Un legado que perdura
En el plano personal, la relación de William Wipfler con el país se selló con la formación de su familia junto a su esposa Paulina.
Sus hijos John, Anita, Sarita y Mark crecieron vinculados al país, siendo los tres últimos declarados legalmente dominicanos.
Cuando Wipfler retornó a su país natal en septiembre de 1963 pocos días antes del golpe de Estado contra el gobierno constitucional del presidente Juan Bosch, dejó en La Romana una parroquia plenamente arraigada en la sociedad local, un colegio en constante crecimiento y una estructura comunitaria que ofreció espacio de desarrollo a las nuevas generaciones.
La historia de la Iglesia de Todos los Santos no es únicamente la crónica de una misión religiosa, sino el reflejo de una ciudad que aprendió a integrarse, educarse y proyectar su futuro desde la diversidad de sus orígenes.
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