Por Carlos Diaz
El ajedrez político dentro del Partido Revolucionario Moderno (PRM) vivió un domingo de definiciones profundas. La elección de la Dirección Nacional no solo ratificó liderazgos consolidados, sino que desnudó los errores de cálculo de la facción emergente capitaneada por el ministro de Turismo, David Collado. Lo sucedido el domingo 9 de agosto es la crónica de una estrategia apresurada que terminó en un repliegue táctico forzado.
El gran perdedor de la jornada tiene nombre y apellido: el grupo de David Collado. La génesis de este revés se remonta a una alianza prematura y desesperada con Eduardo Sanz Lovatón («Yayo»), orquestada inmediatamente después del trago amargo que significó la derrota en la Federación Dominicana de Distritos Municipales (FEDODIM). Es crucial destacar que ese revés en FEDODIM no fue casualidad, sino el resultado directho de una alianza estratégica previa entre Wellington Arnaud y Carolina Mejía, quienes unieron fuerzas para desmontar las pretensiones de ese bloque.
A pesar de ese primer aviso, el plan posterior para la asamblea nacional seguía siendo ambicioso y buscaba dar un golpe de autoridad sobre la mesa perremeísta: propulsar a Gloria Reyes hacia la Secretaría General. Sin embargo, la vieja guardia y el arraigo territorial demostraron que la política partidaria requiere algo más que buenas intenciones mediáticas.
Hipólito Mejía y la alcaldesa Carolina Mejía jugaron con el librito en la mano. Con un despliegue de estructura tradicional, le doblaron el pulso al bloque de Collado sin necesidad de romper el partido. Esta derrota del litoral de Collado no es un hecho aislado, sino la repetición de un patrón de debilidad que ya se había evidenciado recientemente en la escogencia del candidato a dirigir el Colegio Dominicano de Ingenieros, Arquitectos y Agrimensores (CODIA). En ese escenario, la misma alianza estratégica entre Carolina Mejía y Wellington Arnaud volvió a activarse para neutralizar cualquier intento de disidencia. Al quedar anuladas las posibilidades de triunfo de cualquier otra plancha, al equipo de David no le quedó más opción que pactar desde una posición de debilidad.
En la otra acera de la moneda institucional, Wellington Arnaud emerge como el gran estratega y el dirigente más fortalecido de este proceso. Arnaud no solo consolidó su influencia, sino que amarró cuotas de poder neurálgicas para el futuro inmediato de la organización. Su equipo se alzó con la codiciada Secretaría Nacional Electoral, ahora en manos de Luis Delgado, un puesto clave para el control y la confección de las estructuras de votación internas. Además, sumó una subsecretaría nacional en representación de la influyente gobernadora de Santiago, Rosa Santos, anotándose un tanto decisivo en la plaza electoral más importante del norte del país.
El error de fondo de la facción de Collado radica en una alarmante falta de «kilometraje» orgánico y de base partidaria. Intentar asaltar la Secretaría General sin contar con los hilos conductores del padrón ni el control de los comités municipales fue una desconexión total con la realidad del PRM, un partido que, a pesar de su modernidad nominal, sigue respondiendo a la disciplina y al peso específico de los liderazgos tradicionales.
Para colmo de males, la ausencia de David Collado en el evento del domingo fue el peor de los mensajes posibles. En política, el espacio que dejas vacío lo ocupa otro. Su inasistencia, lejos de proyectar una imagen de desapego o altura, fue leída de forma unánime como un reflejo de frustración por no haber salido fortalecido como planeaba. Al faltar a la cita, Collado no solo dejó solos a los suyos en el momento de la derrota, sino que demostró una incapacidad manifiesta para encajar los reveses propios de la alta competencia política.
El domingo 9 de agosto dejó una lección clara en el PRM: el relevo no se impone por decreto ni por alianzas de coyuntura; se construye ganando batallas en el terreno.
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