Por: Marcos José Núñez
Desde hace bastante tiempo venimos viendo con cierta curiosidad y expectación, el devenir de una de las naciones más fascinantes e interesantes que ha existido en la historia contemporánea de la humanidad como es la República del Perú.
Enclavada prácticamente en el centro-oeste de Sudamérica, junto a su hermana República Plurinacional de Bolivia y justamente debajo de la República del Ecuador (por donde pasa la línea que divide al planeta en dos partes iguales), el Perú desde que empezó la conquista de su territorio de la mano del explorador y aventurero Francisco de Pizarro, fue un territorio clave para el fortalecimiento de la corona española, como primer imperio moderno de naturaleza mundial.
Habitada durante milenios por varias naciones indígenas pero con especial predominancia del imperio de los Incas durante los siglos que antecedieron a la llegada de los españoles (un claro paralelismo con los Aztecas en México), el avanzado nivel social, político y cultural que exhibió esa increíble civilización, todavía se puede apreciar en la arquitectura de sus gigantescas construcciones, monumentos religiosos y los restos de sus edificaciones civiles.
El país de la bandera de franjas blancas y roja, se constituyó en un estado virreinal por orden directa de la colonia española vía el Consejo de Indias a mediados del siglo XVI; tuvo algunas primacías, como la primera entidad de educación superior de tierra firme (entiéndase masa continental sudamericana, dado que en la isla de Santo Domingo hacía 13 años que existía lo que hoy es la UASD) con la fundación de la Universidad de San Marcos en mayo 12 de 1551, la recopilación de la gramática del idioma del pueblo Quechua en 1560 y fue durante casi 200 años, el virreinato más grande de América y uno de los territorios habitados más grandes del mundo, ligeramente por encima del virreinato de la Nueva España (actual México), al abarcar los actuales territorios de Colombia, Ecuador, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y porciones del territorio amazónico del Brasil.
La nación del rico Ceviche y de las ruinas impresionantes de Machu Picchu, durante mucho tiempo fue considerada la colonia más próspera de la corona española, llegando a considerarse a su capital, Lima, como la “Ciudad de los Reyes”, por su esplendor, elegancia y rica arquitectura, fruto de la gran bonanza económica reinante en el país.
Después de las reformas administrativas y económicas llevadas a cabo por la monarquía de los Borbones hispánicos durante el siglo XVIII, el virreinato del Perú fue perdiendo poder e influencia al crearse paralelamente por desprendimiento, los virreinatos de Nueva Granada, de la Plata, la Audiencia de Quito y la Capitanía General de Chile. El virreinato del Perú perdió el 60% de sus territorios anteriores, quedando solo bajo la sombrilla virreinal de Lima, las entidades políticas del Alto Perú (hoy Bolivia) y el Perú actual.
Aunque se trata de una sociedad en donde hubo un temprano mestizaje entre nativos americanos, españoles y negros, el Perú fue el principal bastión de dominio de los españoles en América del Sur y mientras los vientos de la independencia hacía años que habían llegado a otros países del continente, el movimiento se tardó en llegar al territorio peruano, debido a la tenaz resistencia que opuso el fuerte ejército virreinal, las poderosas élites conservadoras limeñas y en sentido general, una población criolla que parecía no estar tan dispuesta a romper del todo con la corona española a pesar de algunas insatisfacciones sociales.
Tanto José de San Martin, libertador de Chile y Argentina como Simón Bolívar, libertador de Colombia, Venezuela y Ecuador, acordaron actuar en conjunto mediante entrevista personal en la ciudad de Guayaquil en Ecuador, para combatir las fuerzas realistas de la corona hispánica en el virreinato del Perú, su último reducto en el continente y en tal sentido, después de algunas negociaciones, San Martín terminó delegando en Bolívar el liderazgo de la etapa final de las guerras de independencia de América del Sur. La proclamación de la independencia del Perú, firmada un 15 de julio, se formalizó con todas las de la ley, trece días después, con la proclama pública del 28 de julio de 1821, auspiciada por parte de San Martín, fungiendo bajo el título de “Protector de la Nación”, pero que se completó victoriosamente unos años después, con Bolívar comandando un poderoso ejército sudamericano en las batallas de Junín y Ayacucho, los días 6 de agosto y 9 de diciembre del 1824.
Aunque el Perú tuvo un periodo de cierto crecimiento y estabilidad económica durante el siglo XIX, como consecuencia de las explotaciones mineras y del preciado fertilizante orgánico conocido como “Guano”, en líneas generales, al amanecer del siglo XX, este peculiar país, fue al igual que la mayoría de los países hermanos del continente, víctima de luchas intestinas y de influencias foráneas en un larguísimo etcétera de guerras civiles, revoluciones políticas, golpes de Estado, guerras fratricidas con países cercanos y dictaduras de todos los tamaños.
Y así, durante las 2/3 partes del siglo XX, Perú vivió largos períodos de inestabilidad política y económica que estancaron el gran potencial de desarrollo de esa nación. En el primer tercio del siglo, ya se había fundado en el exilio, la Alianza Popular Revolucionaria Americana, A.P.R.A., organización que de la mano de su fundador, el extraordinario político, pensador e intelectual peruano, Víctor Raúl Haya de la Torre, su creación además obedeció, no sólo con miras a fomentar la lucha por la democracia, la justicia y la libertad de su país, lo cual era completamente legítimo, sino además, para abogar solidariamente por iguales principios y derechos para todas las naciones hispanoamericanas que pasaban por circunstancias muy similares.
En novelas como “Conversación en la Catedral”, publicada en 1969 y salida de la pluma del laureado autor peruano y premio Nobel de Literatura, Don Mario Vargas Llosa, se puede percibir con claridad, el ambiente tenso de dictadura que se vivía en el Perú de los años cincuenta del siglo XX y como hasta ese momento, la democracia occidental había sido un modelo experimental y fallido, debido a las constantes interrupciones a que se veía sometido el curso natural del país, generándose una preocupante falta de libertades, inestabilidad social e ingobernabilidad política, justificada en aquel entonces sobre el supuesto peligro que representaba el ascenso al poder tanto de apristas (socialdemócratas) como de comunistas.
Para finales de los años sesenta de ese agitado siglo XX peruano, específicamente para octubre de 1968, se produce la llegada al poder (por un enésimo golpe de Estado, esta vez al varias veces presidente Fernando Belaunde Terry), del general Juan Velasco Alvarado, un militar con cierta formación política y quien bajo una especie de ensayo de lo que luego viviría el continente americano a partir de 1998 con el castro-chavismo, instauró una dictadura con respaldo popular en el Perú. Allí y de la mano de un equipo de burócratas y militares, el nuevo gobierno se orientó ideológicamente hacia un nacionalismo de izquierda (algo más o menos novedoso), tomando una serie de medidas tendentes a la nacionalización de sectores claves de la economía del país, creando condiciones para el bienestar social y también promoviendo una amplia reforma agraria; Durante algunos años, las cosas funcionaron bien, hasta que se avecinó una nueva crisis económica e inestabilidad interna que terminó echando por abajo al “Gobierno de la Fuerza Armada” y todo el esfuerzo loable realizado por el autoproclamado presidente.
Con la caída de Velasco Alvarado, Perú volvió de nuevo a vivir un periodo de dificultades para el desarrollo político y conculcación de las libertades públicas de la mano de un gobierno militar pero de derecha, hasta que aprobada la constitución de 1979 e iniciando la década de los ochenta, hay un nuevo periodo de transición; y cuando todo parecía caminar en vía franca hacia la democracia, el primer gobierno en la historia del Partido Aprista Peruano (nombre que pasó a tener el APRA), a finales de esa década -la cual fue denominada luego como la “década perdida”-, se verifica un periodo de estancamiento económico combinado con hiperinflación que alentó no solo muchas protestas ciudadanas al gobierno del joven e inexperto presidente Alan García, sino el descrédito de los partidos políticos y el surgimiento de grupos terroristas de tendencias maoístas como “Sendero Luminoso”, liderado por el tristemente recordado “presidente Gonzalo”, nada más y nada menos que el señor Abimael Guzmán.
En 1990 y en medio de la peor crisis que se recuerde en ese país, se producen las elecciones de primera vuelta, teniendo como candidato de una de las coaliciones electorales más competitivas a nada más y nada menos que a Mario Vargas Llosa, quien al inicio del proceso, todas las encuestas daban como puntero para ganar los comicios. No obstante y viniendo de atrás, las últimas semanas de la campaña, se alentó entre los indecisos el crecimiento de un candidato improbable, un “Underdog”, el ingeniero agrónomo Alberto Fujimori, rector de universidad y líder de la sociedad civil, a quien muchos comenzaron a apodar graciosamente como “El chino”, por su fenotipo y origen japonés e increíblemente, habiendo clasificado como segundo en la primera vuelta, detrás de un delantero Vargas Llosa, logró derrotarlo sorpresivamente en el balotaje y ser elegido para gobernar los siguientes cinco años.
A decir verdad, Fujimori recibió un país destrozado por el crimen callejero, finanzas públicas agotadas, falta de confianza en la economía, el terrorismo desatado y un sistema político roto y disfuncional, todas las características de un estado fallido, para lo que había sido un gran imperio precolombino que nada tenía que envidiarle a mayas, aztecas, tainos u olmecas y la joya de la corona española, durante sus trescientos años de dominio total en América.
El nuevo gobierno de Fujimori a partir de agosto-septiembre de 1990, presentó una reforma económica y que buscaba detener la devaluación acelerada de la moneda nacional. Logró importantes avances en ese sentido, reduciendo ligeramente la inflación y poniendo a la postre en circulación una nueva moneda, el “Nuevo Sol” que sustituyó al devaluado Inti. La economía se liberalizó al derribar las barreras para la inversión extranjera y la reducción del rol del Estado en la economía. Cuando el gobierno fujimorista casi a mitad de mandato se disponía a pasar una segunda ola de reformas, chocó entonces con los obstáculos que había en el Congreso Nacional, de conformación bicameral desde los inicios de la república y en el cual Fujimori con sus aliados, pese a tener su presidencia reducidas y limitadas facultades legislativas, no contaban con los votos necesarios para aprobar una nueva ola de cambios que requerían mayoría calificada y que deseaban implementar, de cara a sacar al Perú de todo el atolladero anterior. Saboteado alegadamente por congresistas adversarios y con una crisis cuyos rigores todavía podían percibirse, para abril de 1992 el presidente Fujimori decide abolir y disolver el Congreso por la fuerza, suspender el Poder Judicial, pasando a gobernar por decreto hasta que se hiciera viable un cambio constitucional que permitiera hacer más gobernable el país.
Desde entonces el Perú, gobernado primero por la fuerza y con la nueva constitución de 1993 -nacida con fallos de legitimidad y origen- que instituyó un nuevo congreso unicameral, más una reelección que se le habilitó a Fujimori para las elecciones de 1995, con origen en la nueva ley fundamental como una especie de “refundación del país”, redujo a polvo no solo el terrorismo de Sendero Luminoso y otros grupos rebeldes, sino la delincuencia en general y para esa época, el crecimiento del producto interno bruto se disparó a un índice promedio anual del 10%, una cifra récord para el historial económico de ese país.
Desde entonces y salvo el breve periodo de inestabilidad política que hubo a la salida abrupta del presidente Fujimori en el año 2000, Perú tuvo alrededor de quince años consecutivos de estabilidad y gobernabilidad con prosperidad, además de una economía que con algunas reformas parciales de los siguientes mandatarios -todas con carácter de continuidad-, mantuvo el vigor y una cifra de crecimiento que aunque menor a las del Fujimorato, aseguró por primera vez en muchas décadas, un añorado desarrollo con estabilidad para el pueblo peruano.
No está demás mencionar que junto con República Dominicana y Chile, Perú ha sido de los países con el mejor índice promedio de crecimiento desde 1993 y hasta el momento en que se escriben estas líneas. Según datos de que disponemos, la economía peruana basada principalmente en inversión extranjera directa, explotación minera y un fuerte consumo interno, ha estado creciendo por el rango estimado del 4% al 4.8% anual, multiplicando por casi nueve veces, su producto interno bruto a lo largo de los últimos 33 años.
Lo que sorprende es que desde 2016, con la salida de la presidencia del ex mandatario Ollanta Humala, Perú ha tenido ocho presidentes en los últimos diez años y todo originado esta vez a raíz de un escándalo de corrupción por sobornos de la compañía constructora Odebrecht de capital brasileño y posteriormente, los llamados “mamanivideos”, situaciones controversiales por las que el presidente de la república, el reputado economista Pedro Pablo Kuczynski, se vió obligado a renunciar, esto sin haber completado los dos años del quinquenio para el que fue electo originalmente.
Algunos creen que una de las razones que explicarían la más reciente ola de inestabilidad política peruana a nivel presidencial podría deberse a una especie de “hyperprotagonismo constitucional” de un congreso unicameral con demasiadas atribuciones. Según este punto de vista, la asamblea ejercería un poder casi omnímodo sobre todos los demás poderes, debilitando en especial al poder ejecutivo y haciéndose prevalecer a tal punto que, la gobernabilidad de todo un país dependería de lo que decidan las bancadas congresionales y los intereses detrás de ellas.
Sorprende aún más que esa inestabilidad política e ingobernabilidad que ha azotado de nuevo a ese admirable país, algo que parece ser cíclico y recurrente a lo largo de su historia, como hemos explicado de manera sucinta, ha hecho poca mella en su economía.
Hablaba con un amigo economista el otro día y nos dijo que esa rara combinación (ya que casi siempre la inestabilidad política, acarrea problemas económicos y conflictos sociales) se debía en gran medida a un Banco Central que operaba con eficiencia y autonomía, teniendo un gobernador de larga data y muy capaz, como es el reconocido economista peruano, Dr. Julio Velarde, quien ha estado al frente del Banco Central de la Reserva del Perú desde hace veinte años.
A tal elemento agregamos, que eso también se debe a la existencia de un entendimiento cabal de la clase política peruana, respecto de preservar de la mejor manera posible, los fundamentos macroeconómicos que permitan mantener el rumbo constante del desarrollo nacional.
En definitiva, ese país enigmático, maravilloso y fantástico del sur global, lleno de misterios e incógnitas aún por despejar, debe ser un caso obligado de estudio para escritores, políticos, economistas y todo aquel que le interesen temas de naturaleza internacional.
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