¿Quién fue el primer Papa o jefe de la cristiandad organizada? (Segunda parte)

 

Por Marcos José Núñez

En la epístola a los Gálatas 2, 1-10, hay otra versión complementaria por parte de Pablo de Tarso del importante Concilio de Jerusalén –sede principal de la iglesia y en donde inicio la universalización-, en un contexto en el que aquel explica el proceso de su conversión a los elegidos para la salvación en Galacia. Aquí pues compartimos el texto para edificación de los lectores:

“Después, pasados catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también conmigo a Tito. Pero subí según una revelación, y para no correr o haber corrido en vano, expuse en privado a los que tenían cierta reputación el evangelio que predico entre los gentiles. Mas ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse; y esto a pesar de los falsos hermanos introducidos a escondidas, que entraban para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud, a los cuales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros. Pero de los que tenían reputación de ser algo (lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa; Dios no hace acepción de personas), a mí, pues, los de reputación nada nuevo me comunicaron. Antes por el contrario, como vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles), y reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión. Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo cual también procuré con diligencia hacer.”

Como se puede leer claramente en el texto anterior, en el orden de importancia que Pablo menciona a los considerados como “Columnas de la Iglesia”, se pone en primer lugar a Santiago Justo (Jacobo) y luego a Cefas (apodo en arameo de Simón Pedro) y Juan Zebedeo, quedando claro quien estaba a cargo de la iglesia y su sede principal en ese momento. Y añadimos algo más. ¿Por qué el concilio no se convocó en Antioquia o cualquier otra ciudad grande con muchos cristianos entre su demografía? Sencillamente porque Jerusalén venía a ser el eje central, como El Vaticano para el catolicismo o La Meca para los musulmanes de hoy.

Santiago Justo, Pedro y Juan eran considerados como columnas de la iglesia (líderes y sostenedores) pero solo Santiago Justo o Santiago Bar Joseph ejercían el cargo administrativo y moral de dirigir la asamblea de la sede principal y la supervisión sobre las otras localidades. Pedro y Juan, al igual que Pablo y Bernabé, ejercían un apostolado itinerante, es decir, viajaban o recorrían ciudades para instalar nuevas asambleas y en donde ya había iglesias cimentadas, para confirmarlas y fortalecerlas o predicar el evangelio a judíos y gentiles con el propósito de atraerlos a la salvación y la formación eclesial en constante crecimiento.

Y para que se entienda el punto que ilustra la primacía inicial de Jerusalén hasta un tiempo después de la toma y destrucción de la ciudad por el general Tito entre el mes de marzo y finales del mes de julio del año 70 d.c., veamos con detenimiento la última visita de Pablo a Santiago y la iglesia de Jerusalén, la cual está registrada en el libro de Hechos 21,17-26 y tenemos a bien poner la cita aquí para observación de los lectores:

“Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo. Y al día siguiente Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo, y se hallaban reunidos todos los ancianos; a los cuales, después de haberles saludado, les contó una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio. Cuando ellos lo oyeron, glorificaron a Dios, y le dijeron: Ya ves, hermano, cuántos millares de judíos hay que han creído; y todos son celosos por la ley. Pero se les ha informado en cuanto a ti, que enseñas a todos los judíos que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos, ni observen las costumbres. ¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá de cierto, porque oirán que has venido. Haz, pues, esto que te decimos: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen obligación de cumplir voto. Tómalos contigo, purifícate con ellos, y paga sus gastos para que se rasuren la cabeza; y todos comprenderán que no hay nada de lo que se les informó acerca de ti, sino que tú también andas ordenadamente, guardando la ley. Pero en cuanto a los gentiles que han creído, nosotros les hemos escrito determinando que no guarden nada de esto; solamente que se abstengan de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación. Entonces Pablo tomó consigo a aquellos hombres, y al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo, para anunciar el cumplimiento de los días de la purificación, cuando había de presentarse la ofrenda por cada uno de ellos.”

Es evidente que aunque la iglesia se había universalizado y ampliado sus fronteras notablemente desde el Concilio, Pablo de Tarso, quien en definitiva jugaba el rol estelar de ser el apóstol principal para los gentiles, cada vez que hacía un viaje misionero de predicación para confirmación, evangelización y creación de iglesias, hacia escala de descanso en Antioquia y luego en Jerusalén, mas no en Roma…todavía. ¿A qué se debía esto? ¿Por qué se encuentra en privado con Santiago Justo y no menciona a ningún otro apóstol? Debido a que ya la iglesia cristiana tenía una estructura definida y se gobernaba desde Jerusalén, la ciudad cuyo significado conceptual es “Ciudad de la Paz”, la paz por la que tanto abogaba Jesucristo y el cristianismo esencial que el predicó, y desde allí, se supervisaba al resto de las iglesias judías y no judías en temas legales, morales, ocasionalmente espirituales y en algunos casos, había incidencia administrativa directa. Y Pablo se sometía a esa autoridad eclesial, como había aprendido a respetar los mandos sacerdotales, cuando estuvo como miembro de número de la secta de los fariseos, cuya sede era también la ciudad de Jerusalén.

No hay constancia ni inferencia de que haya existido una iglesia formal como estructura en Roma antes o después de la llegada inicial de Pedro, aunque hay que suponer que él sí estuvo en Roma en tiempos del emperador Claudio como dicen los padres de la iglesia e historiadores cristianos; no obstante, según la tradición escrita y los testimonios orales, murió durante la persecución del reinado de Nerón y por ende, estuvo más tiempo allí que en ningún otro sitio excepto Antioquia y Jerusalén, de lo que si tenemos constancia. Según la primera epístola atribuida a Simón Pedro, este líder de los doce primeros discípulos del Señor, estuvo en las regiones del Ponto, Galacia, Bitinia, Capadocia y Asia, mientras que al momento de dictar esa carta a Silvano (Silas en griego, quien había sido también asistente y colaborador de Pablo de Tarso) se encontraba en Babilonia, nombre en clave de Roma en la literatura cristiana de los primeros siglos, expresamente utilizado para eludir la persecución de los organismos de seguridad del poderoso imperio romano y de las castas judías sacerdotales. En el libro de Revelación, Juan el Anciano (el mismo Juan Zebedeo, apóstol y obispo) utiliza la misma designación alegórica que su hermano en la fé, Simón Pedro para referirse a la ciudad eterna, entonces persecutora de los fieles seguidores de las enseñanzas espirituales de Jesús de Nazaret. Y si, en la Babilonia controlada por el imperio de los partos, no solo ya había iglesias cristianas establecidas en el siglo I, d.c. sino una poderosa escuela de pensamiento filosófico-teológico-espiritual judía desde hacía siglos, la que rivalizaba en importancia con las escuelas de Jerusalén y Alejandría, pero eso será tema de otro trabajo de opinión.

Otra de las razones según los escritores eclesiásticos y parcialmente atestiguado por el judío romanizado Flavio Josefo que provocaron el desplazamiento y reducción de la influencia de la iglesia de Jerusalén en el cristianismo primitivo sobre las demás iglesias o asambleas en ciudades importantes en el imperio romano, fue que antes de iniciar la guerra de los judíos contra Roma desde el año 66 al 70 d.c. (más la caída de la fortaleza de Masada como último reducto de guerra en el 73 d.c.), dicha iglesia recibió diferentes señales como forma de revelación profética de parte del Espíritu Santo de la Verdad de que debían irse lo más pronto posible todos los cristianos judíos y no judíos habitantes de Jerusalén hacia la ciudad de Pella, cerca de las Decápolis, al norte de la ciudad de Filadelfia (hoy Amán, capital del reino de Jordania) provincia de Perea, la región más allá del río Jordán, protegiéndose y dejando la ciudad santa a merced de la próxima lucha sangrienta entre los judíos inconversos y las imbatibles legiones romanas.

Cuando se produce la terrible y sangrienta ejecución del obispo Santiago Justo en Jerusalén (ya Pablo de Tarso estaba preso en Roma procedente de la ciudad santa), cuya fecha se estima ocurrió en el año 62 d.c. Pedro al parecer tenía un buen tiempo alejado de Sión y de hecho el historiador judío Flavio Josefo, no menciona en su conmovedor relato del martirio de Santiago Justo, la presencia de Pedro ni de ningún otro de los apóstoles principales. Para ser más exactos, Josefo en sus libros sobre los judíos, su historia y sus guerras, solo menciona a Juan el Bautista, Jesús el Cristo y a Santiago Justo como personajes relacionados al cristianismo incipiente, lo que hace suponer e inferir que Pedro no era un personaje conocido ni importante para su generación (Flavio Josefo habría nacido alrededor del año 37 d.c. es decir, de 3 a 7 años después de la resurrección) y por ende, su trabajo itinerante, lo había llevado lejos de Israel y después de consolidada su carrera apostólica, ya era bastante famoso, primero en Antioquia y luego en Roma, como co-líder de esas iglesias, cuando inician los grandes acontecimientos mundiales de la vida adulta de Josefo. Solo podemos especular que su obispado sobre Roma, aceptando de forma total la tradición oral eclesial, se cimentó alrededor de estos años en que tanto Santiago Justo como Pablo de Tarso estuvieron siendo sacudidos por fuertes tribulaciones y tragedias personales en anticipo a la primera gran persecución global contra los cristianos y el trágico asedio romano a Jerusalén, como podría inferirse de forma sucinta, en la primera epístola de Pedro.

Pablo en su carta a los Romanos (la más extensa y doctrinaria de todas las dictadas o escritas por él) en las salutaciones finales no menciona a Pedro ni a ningún otro apóstol como señal de hermandad, autoridad y respeto por la investidura obispal de la iglesia de la ciudad, sino a dirigentes nuevos de la cristiandad excepto a Andrónico y Junias, quienes eran cristianos antes que Pablo y muy respetados por los apóstoles y en cuanto a Pedro, es como si no existiera y no estuviera allí, a pesar de que dicha epístola es casi seguro que se escribió en la década de los 50 del siglo I d.c. según estimaciones de decenas de escritores a lo largo de los siglos. En la carta pastoral, solo se indica así como de pasada que una iglesia, al parecer muy pequeña, se reunía en casa de la pareja de judíos helenistas de Priscila y Aquila, viejos conocidos y cercanos colaboradores de Pablo desde su primer viaje misionero.

En Hechos de los Apóstoles, libro que se atribuye a Lucas, médico, historiador y asistente de Pablo, el cual intenta narrar los primeros 30-34 años de los dirigentes cristianos después de la ascensión del Señor Jesús, el capítulo final que describe la llegada de Pablo a Roma, no menciona por ninguna parte a Pedro ni a ningún jerarca eclesiástico como dirigente máximo en esa gran ciudad todavía. Puede que Lucas, al haber publicado de manera posterior a la muerte de Pablo, la historia que ya tenía escrita como bitácora o diario desde sus primeros tiempos al lado de su maestro, tuviera el interés de elevar la estatura moral y apuntalar la importancia capital que tuvo éste en la cimentación del exitoso binomio Cristianismo-Roma para los fieles seguidores de finales del primer siglo de la era cristiana. Sin embargo, llama la atención esa omisión o silencio acerca del ministerio romano de Pedro, lo que fortalece el planteamiento de que Jerusalén todavía conservaba una leve importancia como origen y fundamento de la fé cristiana, al momento en que Pablo espera audiencia de apelación ante el César.

El obispado de Roma, devenido luego en la sagrada institución del Papado que todos conocemos, probablemente se instituyó de manera retroactiva tomando en cuenta su centralidad geográfica en el Mediterráneo y por igual, en la medida en que crecía en tamaño, fuerza e influencia como sede del cristianismo y en cuya sucesión apostólica parece ser que tuvo mayor importancia y fue determinante el rol de liderazgo, de pensamiento teológico en conjunto que ejercieron tanto Pablo de Tarso en primer lugar, como Simón Pedro, en ese orden. Y el inicio de ese camino que tomó bastante tiempo, parece haber sucedido en el interregno ubicado hacia el final del reinado de Nerón (año 67) e inicios del imperio de Vespasiano (año 69).

Pablo y Pedro encabezaron una especie de proceso de transición conjunta entre la desaparición de Santiago Justo también conocido como “Santiago el Mayor”, jefe de la sede principal del cristianismo primitivo y el nuevo escenario internacional con el surgimiento del obispado de la ciudad de las siete colinas y el río Tíber, adquiriendo mayor importancia gradual a los fines de extender el reino de Dios a los cuatro puntos cardinales del imperio. Incluso Jerusalén dejó de ser importante también para las castas sacerdotales, quienes después del año 70 d.c., movieron su sede para la ciudad de Yamnia o Jamnia, al suroeste de la ciudad santa, en la antigua región de los filisteos, lugar que se convirtió en el nuevo centro de pensamiento rabínico y espiritual del pueblo judío en territorio palestino.

Se podría ponderar la posibilidad que los altos dirigentes de la iglesia primitiva, hayan decidido elevar a la metrópoli romana en rango de principalía, además de lo ya explicado, para proteger la progenie de la familia del Señor Jesús, descendientes judíos davídicos y por tanto, linaje real sagrado israelita (al igual que la descendencia benjaminita del rey Saúl como Pablo de Tarso), cuya existencia intranquilizaba políticamente a los emperadores romanos y que éstos persiguieron a través de los siglos, empezando por Vespasiano, triunfador junto a su hijo Tito en la primera guerra contra los judíos y que después siguió con Domiciano, Trajano, Adriano, Diocleciano y hasta la época de Constantino, cuando el cristianismo pasó a ser formalmente religión de Estado. Las diferentes ramas del linaje davídico por las líneas de las familias de José y María, tuvo que esconderse y huir a diferentes partes del mundo para eludir la recurrente y feroz persecución romana, que extinguió una buena parte de ellos, bajo diferentes formas de martirio. Lo mismo pasó con el pueblo judío no converso a lo largo de los siglos. Incluso, bajo el imperio de Domiciano, hijo del emperador Vespasiano y hermano menor del emperador Tito, se ordenó traer a su presencia a los nietos de Judas, hermano menor de Santiago Justo y de Jesús de Nazaret para interrogarlos personalmente acerca del cristianismo y de lo que él consideraba una amenaza a la seguridad de su imperio. Éstos que fueron localizados, declararon que se dedicaban a la agricultura y una vez ante el emperador, atestiguaron con valentía ser efectivamente parientes del Señor, pero que su reino era un dominio espiritual situado en otro mundo diferente a éste. El emperador les creyó y respiró tranquilo, ordenando cesar la persecución en el último tramo de su reinado. Ya para esta época, año 95 d.c. aproximadamente, Roma como ciudad, tenía un obispado que tenía creciente importancia, no obstante, la mayoría de los cristianos preferían como atestigua la arqueología, reunirse en las llamadas catacumbas, construcciones subterráneas consideradas seguras para evitar persecución o infiltración en sus reuniones.

En cuanto a la iglesia de Jerusalén, después de la muerte de su primer obispo Santiago Justo, le sucedió como jefe de la iglesia Simón hijo de Cleopás o Cleofas (este último mencionado en los evangelios indirectamente a través de su mujer María quien estuvo entre las asistentes al calvario de Jesús de Nazaret en la cruz) por decisión de los ancianos y dirigentes principales. Este Simón, vivió más de cien años y de acuerdo a Eusebio de Cesarea y otros escritores bien documentados, era primo hermano de Santiago Justo y por tanto del maestro Jesús, hijo de un hermano de José el carpintero de Nazaret. Durante los primeros cien años del cristianismo, los directores de la iglesia de Jerusalén eran escogidos entre los miembros carnales de la familia de Jesucristo y se les llamaba «Desposyni» (en griego significa pertenecientes al Señor). A Simón Bar Cleopás le siguió a principios del siglo II d.c. como obispo Judas Kyriacos, hasta que terminada la segunda guerra o revuelta de los judíos encabezados por otro descendiente de David, el guerrero Simón Bar Kokhbá (Simón, el hijo de la estrella) contra los romanos del año 132 al 135 d.c., el emperador Adriano terminó por causas políticas y de seguridad, con la centenaria tradición de designar como jefes de la iglesia cristiana de la vieja ciudad de Jerusalén totalmente destruida por segunda vez y luego rebautizada como «Aelia Capitolina» a personas emparentadas con Jesucristo y descendientes directos del linaje de David. Los griegos o extranjeros pasaron no solo a ser los nuevos habitantes exclusivos de la ciudad reconstruida –prohibiendo de manera humillante, la presencia de los nativos judíos allí-, sino que además serian gentiles, los obispos cristianos de la nueva ciudad grecorromana que se construyó sobre las ruinas de la histórica ciudad del judaísmo, el cristianismo y el islamismo.

Antioquia de Siria, segunda gran sede eclesial cristiana y segunda ciudad en importancia del imperio, se estima que oscilaba entre 500 mil a 1 millón de habitantes en los primeros siglos de la era cristiana. Alejandría de Egipto por su parte, centro del pensamiento judío helenista, rival de la ciudad de Babilonia (en donde existía un centro de pensamiento judío oriental de enorme prestigio), poseía una demografía superior al millón de habitantes en esos tiempos, siendo la tercera ciudad en importancia para el extenso imperio romano. Sin embargo, Jerusalén nunca fue una ciudad cosmopolita como Antioquia, Alejandría, Damasco, Tiro, Éfeso o Corinto y además de que se estima que nunca sobrepasó los 200 mil habitantes o residentes fijos antes de su primera caída, excepto en las temporadas de fiestas religiosas que con la llegada de judíos de la diáspora y habitantes del interior de Palestina, podía sobrepasar el millón de almas trasegando durante unos cuantos días para ir a adorar al Sagrado Templo. Para el cristianismo posterior a la caída definitiva de Jerusalén como sede principal, un proceso que se tomó unos 65 años, Roma debía ser el nuevo centro, el nuevo comienzo, el nuevo punto de partida para los propósitos de evangelización universal y en ese sentido, queda claro que técnicamente Santiago Justo fue el primer jefe formal de la naciente iglesia, antes que Pedro y Pablo o sus sucesores y desde que eran conocidos como la secta o partido de los nazarenos, formando parte de un mando consensuado, unificado y colegiado sobre todas las asambleas y comunidades de seguidores en donde Pablo, Pedro, Juan, Santiago el Menor, Felipe y Bernabé eran sin lugar a dudas, líderes principales.

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