Leonel Fernández: Un estadista ante el juicio de su propio legado

Leonel Antonio Fernández Reyna es un abogado, catedrático, escritor y prominente político dominicano que ejerció como presidente de la República Dominicana en tres mandatos (1996–2000, 2004–2008 y 2008–2012). Nacido el 26 de diciembre de 1953 en Santo Domingo, actualmente lidera el partido de oposición Fuerza del Pueblo, organización que fundó en 2019 tras su salida del Partido de la Liberación Dominicana (PLD).

Después de tres períodos en la Presidencia de la República, Leonel Fernández vuelve a gravitar sobre el escenario electoral de 2028. Su experiencia de Estado constituye su principal fortaleza, pero también su mayor desafío: ningún otro aspirante puede ser evaluado con tanta precisión entre lo que promete y lo que ya hizo cuando tuvo el poder.

Redacción Exposición Mediática.- Hay candidatos que llegan a una elección con promesas. Hay otros que llegan con experiencia.

Leonel Fernández pertenece a una categoría diferente: llega, potencialmente, con antecedentes de gobierno suficientes para que el electorado pueda juzgarlo por resultados concretos.

Fue presidente de la República en tres períodos: 1996-2000, 2004-2008 y 2008-2012. Después de abandonar el Palacio Nacional, volvió a competir por la Presidencia en 2016 y 2020, y en 2024 encabezó la boleta presidencial de la Fuerza del Pueblo.

De cara a 2028, su eventual retorno tendría, por tanto, una característica que lo diferencia de cualquier aspirante sin experiencia presidencial: no estaría pidiendo por primera vez la oportunidad de gobernar. Estaría solicitando que el país le entregue nuevamente una responsabilidad que ya ejerció durante doce años.

Y esa circunstancia cambia completamente la naturaleza del debate. La pregunta ya no es simplemente si Leonel Fernández tiene capacidad para gobernar. La pregunta es: ¿Qué haría ahora que no hizo entonces?

La experiencia como fortaleza

Resultaría difícil cuestionar la dimensión política de la trayectoria de Fernández.

Su primer gobierno, iniciado en 1996, representó la llegada del Partido de la Liberación Dominicana al Poder Ejecutivo y estuvo acompañado por una política exterior orientada hacia una mayor integración internacional y apertura económica.

Durante sus gobiernos posteriores se consolidó una estrategia de modernización de infraestructura que dejó obras de gran impacto, entre ellas el Metro de Santo Domingo, además de carreteras, elevados, hospitales, escuelas y otras infraestructuras públicas.

Su política exterior también amplió la presencia dominicana en organismos internacionales y fortaleció la imagen del país como actor regional. CIDOB destaca precisamente su elevado perfil internacional y su identificación como uno de los primeros presidentes dominicanos con una concepción moderna de la política exterior.

En materia económica, sus administraciones registraron períodos de crecimiento importante y estabilidad macroeconómica.

Estos elementos forman parte legítima de su legado. Un análisis objetivo no puede eliminarlos porque existan cuestionamientos posteriores. No obstante, tampoco puede detenerse ahí.

Porque la experiencia de gobierno tiene una característica particular: **los logros y las limitaciones pertenecen al mismo balance.**

El país que encontró y el país que dejó

El segundo período presidencial de Fernández comenzó en 2004, después de una profunda crisis económica y financiera que había afectado al país durante el gobierno de Hipólito Mejía.

Su administración consiguió recuperar estabilidad macroeconómica y registrar importantes tasas de crecimiento.

La tasa de desempleo, por ejemplo, descendió de 19.7 % en 2004 a aproximadamente 14 % en abril de 2008, de acuerdo con datos citados en estudios sobre su gestión.

Posteriormente, durante 2008-2012, República Dominicana atravesó la crisis financiera internacional manteniendo niveles de crecimiento económico y estabilidad monetaria.

La construcción de infraestructura se convirtió en una de las marcas de esa etapa.

Pero precisamente aquí aparece una de las principales discusiones sobre el modelo de Fernández:

¿Hasta qué punto el crecimiento económico y la modernización física se tradujeron en una transformación equivalente de los servicios públicos y de la calidad de vida?

Ese interrogante continúa siendo pertinente, ya que construir infraestructura y transformar institucionalmente un país son procesos relacionados, pero no idénticos.

El Metro y el símbolo de una época

El Metro de Santo Domingo es probablemente la obra que mejor sintetiza la filosofía de gobierno de Fernández.

Representó una apuesta por la modernización urbana, la movilidad y la infraestructura de gran escala. Pero también generó críticas desde su concepción.

Sectores de la sociedad cuestionaron el costo de la obra y plantearon si los recursos destinados al sistema de transporte podían haberse utilizado parcialmente en áreas como salud, educación o electricidad.

Con el paso del tiempo, el Metro terminó convirtiéndose en una infraestructura permanente del país y posteriormente fue ampliado.

La discusión, sin embargo, conserva valor político. No se trata de determinar si el Metro fue “bueno” o “malo”. La pregunta es qué modelo de desarrollo representa.

Y esa pregunta resulta especialmente importante ante un eventual regreso de Fernández: ¿Seguiría apostando prioritariamente por grandes proyectos de infraestructura o colocaría ahora el énfasis en capital humano, institucionalidad y servicios públicos?

El crecimiento que no resolvió todo

Este es probablemente uno de los puntos más importantes del balance.

República Dominicana creció durante los gobiernos de Fernández, pero crecimiento económico no significa automáticamente transformación social.

Uno de los cuestionamientos recurrentes a sus administraciones ha sido precisamente la distancia entre los indicadores macroeconómicos y determinadas condiciones concretas de vida de la población.

La discusión alcanzó particularmente a educación, salud, costo de vida y distribución de los beneficios del crecimiento.

No sería justo atribuir a Fernández la responsabilidad exclusiva por problemas que tienen raíces históricas y que atraviesan sucesivos gobiernos, pero tampoco sería razonable ignorar que tuvo doce años para enfrentarlos.

Y aquí aparece una cuestión que adquiere enorme relevancia para 2028: un candidato que ya gobernó no puede presentar los problemas que permanecieron durante su administración como si acabaran de aparecer.

Tiene que explicar qué aprendió de ellos.

La cuestión fiscal

El final del tercer período presidencial constituye uno de los capítulos más controvertidos de su legado.

Fernández concluyó su última administración en 2012 en medio de un fuerte deterioro fiscal. Fuentes históricas y análisis sobre ese período sitúan el déficit fiscal de ese año alrededor del 8 % del PIB.

La magnitud del desequilibrio provocó un intenso debate sobre el modelo de gasto público aplicado durante la administración.

Al mismo tiempo, la deuda externa dominicana había aumentado significativamente durante sus dos últimos períodos de gobierno.

Este asunto merece una evaluación particularmente cuidadosa porque una eventual candidatura de Fernández tendría que responder una pregunta que no puede ser esquivada:

¿Qué haría diferente en materia fiscal si volviera a gobernar?

La pregunta es todavía más importante porque el escenario económico actual es distinto al de 2004 o 2008.

El país tiene una economía mayor, pero también mayores compromisos financieros, nuevas necesidades sociales y una estructura económica mucho más compleja. La experiencia anterior puede ser una ventaja.

Pero también constituye un antecedente que el electorado tiene derecho a evaluar.

El problema eléctrico: una asignatura que atravesó sus gobiernos

Hay asuntos que permiten medir con especial claridad la capacidad de transformación de una administración. La electricidad es uno de ellos.

Durante los gobiernos de Fernández se intentaron diferentes fórmulas para enfrentar la crisis energética, incluyendo modificaciones en la estructura de propiedad y políticas de subsidios.

Sin embargo, el problema de los apagones, las pérdidas del sistema, el subsidio eléctrico y la sostenibilidad financiera del sector no quedó definitivamente resuelto. La cuestión no es menor.

Si después de tres períodos presidenciales un problema estructural continúa presente, un eventual retorno obliga a preguntar qué nueva estrategia se propone. No basta con señalar que el problema persiste.

El candidato tendría que explicar por qué las estrategias anteriores no produjeron una solución definitiva.

Corrupción e institucionalidad: el otro lado del legado

Cualquier balance serio de los gobiernos de Fernández debe incorporar las denuncias de corrupción y las críticas sobre transparencia institucional que acompañaron especialmente sus últimos períodos.

Aquí también es necesario mantener una distinción fundamental. Una denuncia no equivale a una condena.

No sería profesional convertir acusaciones políticas o mediáticas en hechos judicialmente establecidos.

Pero tampoco sería correcto borrar del análisis que sus gobiernos estuvieron sometidos a importantes cuestionamientos sobre manejo de recursos públicos, contrataciones, transparencia y utilización política del Estado.

La discusión institucional es particularmente relevante porque Fernández no se presenta solamente como un administrador.

Su discurso político se apoya con frecuencia en conceptos como democracia, institucionalidad, modernización y Estado de derecho.

Por eso existe una exigencia lógica: cuanto más elevada sea la concepción institucional que un candidato proclama, mayor debe ser la correspondencia entre esa concepción y su historial de gobierno.

Ese principio debe aplicarse a Fernández igual que a cualquier otro candidato.

La paradoja de su discurso

Aquí aparece una de las fortalezas más evidentes de Fernández.

Tiene probablemente uno de los discursos políticos más elaborados entre los aspirantes presidenciales dominicanos.

Posee formación jurídica, experiencia internacional, capacidad argumentativa y una larga trayectoria intelectual y política.

Su discurso suele desenvolverse con facilidad alrededor de geopolítica, economía, democracia, tecnología, globalización y relaciones internacionales.

Es un político que puede hablar durante largo tiempo sobre una problemática compleja sin quedar limitado a consignas.

Esa es una ventaja real, pero también genera una obligación. Un discurso sofisticado no necesariamente produce políticas públicas eficaces.

La verdadera prueba de la densidad intelectual de un gobernante no consiste solamente en explicar correctamente un problema.

Consiste en resolverlo y ahí el expediente presidencial de Fernández permite formular preguntas incómodas pero legítimas.

Si la educación continuó presentando deficiencias después de sus gobiernos, ¿qué cambiaría?

Si el sistema eléctrico no alcanzó una solución estructural, ¿qué haría diferente?

Si la corrupción y la debilidad institucional fueron señaladas durante sus administraciones, ¿qué mecanismos nuevos aplicaría?

Si el crecimiento no eliminó determinadas desigualdades, ¿qué modelo de desarrollo propone ahora?

Es en esas respuestas donde la capacidad discursiva debe convertirse en capacidad de Estado.

El regreso y la memoria

Existe además un fenómeno político interesante.

Los políticos que regresan después de haber ejercido el poder no compiten solamente contra sus adversarios.

Compiten contra la memoria. Una parte del electorado recuerda las obras. Otra recuerda las dificultades. Algunos recuerdan la estabilidad económica. Otros recuerdan el endeudamiento.

Unos recuerdan el Metro. Otros recuerdan los problemas de transporte que todavía persisten.

Unos recuerdan la proyección internacional. Otros recuerdan las denuncias de corrupción.

La figura de Fernández, por tanto, está construida sobre una memoria política profundamente dividida.

Su desafío no consiste en convencer al país de que tuvo logros. Eso resulta demostrable. Tampoco consiste en negar que existieron problemas. También resulta demostrable.

Su desafío es explicar qué interpretación hace hoy de sus propios gobiernos.

¿Qué aprendió Leonel Fernández?

Esta podría ser la pregunta más importante de toda eventual campaña. Porque doce años en el poder deberían producir algo más que experiencia. Deberían producir aprendizaje.

Un expresidente que busca regresar tiene una ventaja extraordinaria frente a un candidato nuevo: conoce desde dentro las limitaciones del Estado dominicano.

Conoce la burocracia. Conoce el Congreso. Conoce los organismos internacionales. Conoce el sector empresarial. Conoce la oposición. Conoce las Fuerzas Armadas. Conoce el funcionamiento del Poder Ejecutivo.

Conoce, además, el costo político de determinadas decisiones, peto esa ventaja solamente adquiere valor si se transforma en aprendizaje.

¿Qué haría Leonel Fernández en un cuarto período que no hizo en los tres anteriores?

La respuesta será determinante.

El factor Fuerza del Pueblo

La eventual candidatura también debe analizarse desde la perspectiva partidaria.

Fernández ya no sería el candidato del PLD que gobernó entre 1996 y 2012. Ahora encabeza la Fuerza del Pueblo, organización política que nació de la ruptura con el antiguo partido oficialista y que ha intentado consolidarse como una alternativa de poder.

Su posición actual presenta una paradoja. Por una parte, posee el activo electoral de su liderazgo personal. Por otra, la Fuerza del Pueblo todavía tiene que demostrar que puede trascender la figura de Fernández y consolidarse como una estructura política capaz de gobernar por sí misma y existe otra interrogante.

Fernández ha evitado hasta ahora definir públicamente si será él quien encabece la candidatura presidencial de Fuerza del Pueblo en 2028 o si permitirá que Omar Fernández ocupe ese espacio. La decisión tendrá consecuencias importantes. Una candidatura de Leonel representaría el regreso de un expresidente con doce años de experiencia.

Una candidatura de Omar representaría una renovación generacional. Para la organización, ambas opciones tienen ventajas y riesgos.

El factor generacional

La política dominicana está entrando progresivamente en una etapa distinta.

Una generación que conoció a Leonel Fernández como presidente ya no es la misma que acudirá a las urnas en 2028.

Hay votantes jóvenes para quienes sus primeros gobiernos forman parte de la historia política reciente, no de su experiencia adulta.

Eso plantea otro desafío. Fernández debe convencer no solamente a quienes recuerdan su gestión. Debe explicar su propuesta a ciudadanos que no necesariamente tienen memoria directa de 1996, 2004 o 2008.

Para ellos, el argumento de la experiencia puede ser insuficiente. Querrán saber qué tiene que decir sobre inteligencia artificial, transformación digital, empleos del futuro, cambio climático, movilidad urbana, educación tecnológica, seguridad ciudadana y nuevas formas de participación política.

La experiencia del pasado solamente será una ventaja si puede traducirse en respuestas para el futuro.

El estadista ante su propio espejo

Leonel Fernández tiene una condición que puede ser simultáneamente su mayor fortaleza y su mayor vulnerabilidad. Es un político probado.

Ya no necesita demostrar que puede ganar una elección presidencial. Ya lo hizo. No necesita demostrar que puede gobernar. Gobernó.

No necesita demostrar que puede proyectarse internacionalmente. También lo hizo.

Lo que debe demostrar, en caso de buscar nuevamente la Presidencia, es algo mucho más exigente: que la experiencia acumulada durante esos doce años lo convirtió en un gobernante distinto del que abandonó el poder en 2012.

Porque si el argumento principal de su regreso es la experiencia, entonces el electorado tiene derecho a preguntar qué produjo esa experiencia.

¿Mayor capacidad para reformar el Estado?

¿Una concepción diferente de la política social?

¿Una nueva política fiscal?

¿Una estrategia definitiva para el sector eléctrico?

¿Mayor énfasis en institucionalidad?

¿Una política anticorrupción más robusta?

¿Una nueva relación entre crecimiento económico y bienestar social?

Esas respuestas serían mucho más importantes que cualquier consigna electoral.

La pregunta de 2028

Leonel Fernández tiene razones objetivas para aspirar nuevamente a la Presidencia.

Tiene experiencia.

Tiene estructura política.

Tiene reconocimiento nacional.

Tiene capacidad discursiva.

Tiene una trayectoria internacional consolidada.

Tiene un legado de obras y políticas públicas que puede defender.

Pero también carga con algo que ningún candidato nuevo puede cargar: el peso completo de sus propios antecedentes.

Por eso su eventual candidatura debería ser evaluada con un estándar distinto.

No solamente:¿Puede Leonel Fernández volver a ganar? sino ¿Por qué debería República Dominicana confiarle nuevamente el poder?

La respuesta no puede descansar únicamente en aquello que hizo bien.

Tampoco debería construirse exclusivamente sobre aquello que sus adversarios consideran negativo. Tiene que surgir de un balance.

De una comparación entre resultados y pendientes.

Entre crecimiento y bienestar.

Entre modernización e institucionalidad.

Entre experiencia y renovación.

Entre lo que prometió entonces y lo que propone ahora.

Porque doce años de Presidencia constituyen un patrimonio político extraordinario. Pero también constituyen una responsabilidad histórica extraordinaria y  ahí está el verdadero desafío de Leonel Fernández frente a 2028:

no demostrar que puede regresar al Palacio Nacional, sino convencer al país de que su regreso tiene un propósito histórico diferente al de repetir su pasado.

Esa es la prueba que deberá superar y  esa prueba, a diferencia de una encuesta, no puede responderla un porcentaje. Solo pueden responderla los hechos.

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